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LOS CONCILIOS VATICANOS Y LA INFALIBILIDAD PAPAL 

 

  Cuando Juan XXIII convocó el 25 de enero de 1959 el Concilio Vaticano II, lo hizo contra la cerrada oposición de la Curia que consideraba que un Papa "infalible" no necesitaba de estos artilugios "democráticos" que solamente podían quitarle autoridad. Si entre el Concilio de Trento y el Vaticano I habían pasado más de tres siglos, el Vaticano II bien podía esperar un par de siglos más o, mejor todavía, eternamente. Además, una reunión de este tipo pudiera favorecer la teoría tradicional (reafirmado explícitamente por última vez  en el  Concilio de Constanza) que afirmaba que la autoridad suprema de la Iglesia recaía en los concilios y no en el pontífice. El Papa que no se sentía muy infalible y al que le disgustaban los legalismos de la Curia que habían convertido, a través de los siglos, la religión de un mensaje de amor en un compendio de prohibiciones, no se dejaba torcer el brazo. La Curia no se rindió tan fácilmente y, una vez abierto el concilio en octubre de 1962, trataba de controlar los comités e imponer sus criterios. Solamente una abierta rebelión de la mayoría de los casi 2500 participantes logró derrotar esta conspiración y gracias a este hecho el concilio se convirtió en el primer forum cristiano verdaderamente abierto desde el cristianismo primitivo. Desgraciadamente malogró sus objetivos por la inoportuna muerte de Juan XXIII el 30 de Junio de 1963. Si éste al llegar al papado hubiera tenido 10 años menos probablemente hubiera podido cambiar el curso de la Iglesia y convertir esta en un instrumento vivo y participativo de la comunidad cristiana dándola relevancia para los tiempos actuales y sacándola de su estancamiento. Su sucesor, Pablo VI, era un hombre de buena fe pero muy dubitativo - sufría del síndrome de Hamlet y su dilema fue: "cambiar o no cambiar"- y cayó poco a poco bajo la influencia de la vieja guardia inmovilista de la Curia. Hubo cambios como la sustitución del latín, antigua lengua del culto religioso (el arameo y griego fueron bastante anteriores y no se entiende muy bien la obsesión por el uso del latín como si la única forma de adorar a Cristo fuese en el idioma de sus verdugos) por lenguas vernáculas, y otros que han sobrevivido los últimos cuarenta años pero que no cambiaban el fondo opresivo de la Iglesia y quedaban en puro maquillaje para la galería. Solamente salió un documento verdaderamente importante (Lumen Gentium, 11 de noviembre de 1964) - ya completamente olvidado - relativo a la Iglesia. Este recalcaba la idea bíblica de la organización de la comunidad cristiana, más que el modelo jurídico que había dominado hasta entonces. Denominar a la Iglesia pueblo de Dios enfatizaba la naturaleza del servicio de cargos tales como los del sacerdote y obispo, la responsabilidad colegial, o compartida, de todos los obispos con respecto a la globalidad de la Iglesia.  Una vez terminado el Concilio la vieja guardia de la Curia  (según las palabras del Cardenal Bellarmine -el primer gran historiador del papado:"De Romano Pontífice",siglo XVII - la Curia era un "concilio en perpetua reunión") tomó otra vez el mando. En gran parte era culpa del propio concilio por dejar intacto los resultados del Vaticano I. Éste concilio había sido convocado por Pío IX en 1869 con dos propósitos; por una parte garantizar al papado una supremacía espiritual total en el momento en que estaba a punto de perder el poco poder terrenal que le quedaba ( había perdido los Estados Pontificios en 1860 y perdió Roma, el último baluarte ,en 1870) y por otra para legitimar un hecho absolutamente insólito, la publicación unilateral por parte de Pío IX (1854) de un solemne decreto declarando que la Inmaculada Concepción era un dogma esencial para la fe de la Iglesia universal (vea: Inmaculada Concepción) El hecho era insólito porque hasta entonces todas los dogmas habían sido declarados por los 8 concilios ecuménicos anteriores al cisma de 1054 y los posteriores 11 concilios generales. No es sorprendente entonces que lo único importante promulgado por el concilio fue la constitución "Pastor aeternus"  donde se afirmaba como principio esencial de la doctrina católica romana que el Papa tiene primacía jurisdiccional sobre toda la Iglesia, y que en condiciones particulares Dios le otorga la infalibilidad (libre de error) en materias de fe y moral que Dios desea que la Iglesia conozca. Hasta entonces ningún Papa se había atrevido a tanto. Es verdad que a través de la historia - y especialmente desde los papas absolutistas como Gregorio VII y Inocencio III - muchas papas se habían comportado como si lo fuesen, pero del comportamiento al dogma había un trecho infranqueable. La infalibilidad inventado por Pío IX ("soy infalible porque así me siento") - e impuesto por mayoría en un concilio dominado por la Curia y prelados italianos - es conocido por ex cátedra, o sea cuando el Papa habla desde la cátedra de San Pedro para definir verdades universales de la Iglesia. En el último siglo y medio solamente hay dos hechos considerables y considerados como tales; el dogma de la Inmaculada Concepción, un ejercicio de infalibilidad a priori, y la Asunción de la Virgen definido como artículo de fe por Pío XII en 1950. Los dos conceptos venían ya de antiguo pero la oposición a dogmatizarlos fue siempre muy mayoritario. 

  Poco después del Vaticano I un prelado agudo observó que la restricción "ex cátedra" implicaba que en situaciones normales el Papa era tan falible como cualquier otro creyente. No obstante, poco a poco, y como era de esperar, desapareció el condicionante y en la actualidad la parte más entregado de los creyentes aceptan la infalibilidad papal a secas; el Papa se ha convertido en el portavoz de Díos, por la gracia del Espíritu Santo, supongo. La actitud de Pío IX y sus sucesores - exceptuando Juan XXIII y Juan Pablo I - no era muy diferente a la de sus antecesores absolutistas: "El Papa no comete errores" (Gregorio VII),"El que está en desacuerdo con la Santa Sede es un hereje" (Pascual II),"El que tome las palabras de Jesús de forma literal [sin la debida interpretación papal] es un hereje" (Inocencio III), "Soy la presencia corporal de Cristo" (Inocencio IV),"Todos los seres humanos deben obediencia al Papa" (Bonifacio VIII). Arrogancia, megalomanía y blasfemia. 

Sí la infalibilidad papal a secas es completamente antidogmático, la "ex cátedra" no es menos inaceptable. El dogma del Vaticano I no se limitaba lógicamente a Pío IX y sus sucesores, sino se extendía a todos los papas anteriores. Estos incluían por lo menos 5 papas que durante su vida o después de su muerte fueron condenados como herejes (Honorio I, Formoso, Urbano II, Celestino III, Juan XXII), y a estos hay que añadir esa considerable mayoría de papas entre el siglo VI y XVIII, que eran fornicadores, incestuosos, adúlteros, asesinos, envenenadores, simoniacos,  algunos hijos de papas anteriores y además varios ateos, satánicos y dos adolescentes (en vista de todo esto es un auténtico sarcasmo que el centro de la Piaza de San Pedro esta ocupado por el obelisco de Calígula)

Buenos ejemplos de todo esto fueran tanto Juan XII - por cierto el primer Papa que cambió de nombre a acceder al papado - como Benedicto IX. El primero (955 - 964) solo tenía 16 años cuando fue elegido y era tan vicioso que al parecer monasterios enteros rezaban día y noche implorando su fallecimiento, el segundo (1032-48) era más joven todavía, solamente tenía 11 años a subir al trono de San Pedro. Un contemporáneo dijo de él: "Un demonio del infierno disfrazado de sacerdote ha ocupado la cátedra de San Pedro". Muchos de estos pontífices fueron considerados como "non apostolicos sed apostaticos" ¿Infalibles estos monstruos? Vaya.  

Por viles que todos estos papas fueron - Alejandro VI, Rodrigo Borja, fue un santo comparado con casi todos ellos - sus pecados fueron básicamente mundanos y venales y murieron con ellos. La gran paradoja es que a la larga hicieron mucho menos daño a la fe y a la Iglesia que los llamados papas buenos que no tuvieron vicios mundanos aparentes sino algo mucho peor; vicios espirituales: soberbia, arrogancia, megalomanía. Todos íntimamente de acuerdo con  Esteban V ( "Los papas, como Jesús, son concebidos por sus madres al ser cubiertas por el Espíritu Santo. Todos los papas son una especie de hombres-dioses, con el propósito de ser más capaces de servir las funciones de mediadores entre Dios y la humanidad. Todos los poderes del cielo y de la tierra les son concedidos." ), Inocencio III ("el Papa es el vicario en la tierra, no de un mero hombre, sino del mismo Dios" ) y quizás hasta con Juan XXII que, a principios del siglo XIV, iba al extremo de dejarse llamar "Dominuin Deun nostrum Papam" ("Nuestro Señor Dios el Papa"). No es de sorprender entonces que los creyentes/practicantes más fervientes piensan que su fe les viene no de Cristo y los Evangelios sino del Papa, convirtiendo de esta forma el cristianismo en papismo y a sí mismos literalmente en más papistas que el propio Papa.

Juan XXIII quería terminar con todo esto. Él no quiso ser un semidiós sino un buen cristiano, un buen pastor y guía, un fiel interprete del mensaje de amor, un buen obispo "primero entre pares". Quiso volver la autoridad de la Iglesia a los concilios y los sínodos de los obispos. Fue posiblemente el único verdadero  "santo" entre los 5 papas santos y 9 beatos proclamados por la Iglesia en el último milenio. 

Pablo VI fue una auténtica decepción como heredero de Juan XXIII y por su timidez, sus vacilaciones y sus dudas metafísicas terminó por traicionar el espíritu de su antecesor, dando más cal que arena. A su muerte los cardenales aperturistas hicieron un último esfuerzo para elegir a Juan Pablo (I) un liberal que había destacado más como figura pastoral que como burócrata de la curia. Nunca ha habido una explicación razonable porque un hombre de 66 años y de buena salud - y con todas las atenciones medicas por haber - murió 34 días después de su elección. Considerando la historia del papado hay que temer lo peor.  Después de este "fracaso" los aperturistas se rindieron y aceptaron la elección de Karol Wojtyla, conocido por su activismo anticomunista en su Polonia natal. Juan Pablo II, tan alabado durante su vida y después de su muerte, tan amable, abierto y aparentemente moderno, demostró rápidamente que su talante abierto no era nada más que un guante de seda cubriendo no ya un puño de hierro sino uno de acero ("stalin"), conque ha llevado los conceptos de la infalibilidad "trepante" y de la autoridad papal a extremos no vistos desde Gregorio VII.  Vea: Carolum y Josephum.

 

Para una opinión contemporánea sobre el Vaticano I vea: EL SUPUESTO DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER  

 

 

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 ©8/2005