LA TRANSICIÓN Y LA REPÚBLICA
Es verdaderamente sorprendente como casi todos los partidos occidentales de la izquierda siguen haciendo distinción entre dictaduras de derecha, generalmente militares, y las dictaduras (más bien totalitarismos) de izquierda, en un auténtico ejercicio de esquizofrenia conceptual. Aquellas son - o fueron- todas uniformemente nefastas; estas fueron (todavía hay algunas que lo siguen siendo) malogrados - pero "nobles" - intentos de mejorar la "condición humana". Si esto fuese verdad y no una evidente manipulación para no admitir el origen dogmático y autoritario del marxismo/leninismo (por cierto, Karl Marx fue una de las primeras personas que se declaró "no marxista"), el fracaso es todavía más evidente ya que en vez de mejorar la condición de sus países los totalitarismos comunistas lograron hundirlos en el más absoluto abismo. Con su desmesurado afán de re-escribir la historia la izquierda occidental no solamente nunca han condenado suficientemente las dictaduras de izquierda sino tampoco han admitido nunca su parte de culpa en el surgir de muchas de las dictaduras militares. Nunca se ha visto surgir una dictadura en un estado con un sistema democrático razonablemente asentado y con una sociedad aceptablemente sana; al contrario un golpe de estado militar o revolucionario es, casi siempre, un tiro de gracia a un enfermo en estado terminal. Por lo tanto, tan culpables del surgir de las dictaduras fueron los políticos ineptos, manipuladores y revolucionarios - que llevaron a sus países al caos- que los dictadores que les reemplazaron. (Vea:
dictadores).Algo parecido ocurrió en España en 1936. El 14 de abril de 1931 todas las grandes ciudades y capitales de provincia (menos Cádiz) en donde los candidatos antimonárquicos habían ganado las elecciones municipales (sic), proclamaron, como si estas elecciones de índole mas bien administrativo hubieran sido un plebiscito, la República. Esta proclamación a todas luces ilegal, o por lo menos muy precipitada, resultó en la abdicación, igualmente precipitada, de Alfonso XIII y su exilio. La llamada "victoria republicana" distaba mucho de serlo. Los concejales monárquicos elegidos fueron: 41.244; los antimonárquicos: 39.248 (republicanos, socialistas y comunistas). Un auténtico empate técnico. Esto no fue lo peor sino el hecho de que el bando republicano, y hasta el voto obrero, estaba dividido en multitud de facciones hostiles entre ellas. Por ejemplo, los anarco-sindicalistas no votaron a los socialistas sino a los republicanos liberales "con cuyas opiniones se sentían, como libertarios (sic), en más armonía que con las ideas dogmáticas y autoritarias del marxismo (de Madariaga dixit). Los socialistas por su parte estaban hondamente divididos. Prieto y Besteiro lideraban la facción evolutiva, mientras que Largo Caballero orientaba las juventudes socialistas hacía la revolución proletaria.
La fase izquierdista de la República duró del 9 de diciembre de 1931 (día de la ratificación de la constitución republicana) hasta el 3 de diciembre del 33. Este periodo se caracterizó por una actitud legislativa altamente destructiva; más que pensar en el futuro y reformar el estado heredado, el Gobierno y las Cortes se dedicaron a la demolición de todo lo que había; en vez de aprovecharse del Concordato vigente que daba enormes privilegios al estado español, aplicaron un punzante, estrecho y vengativo anticlericalismo que terminó por alienar a la mayoría de la población. Hasta tal punto que en las elecciones del 10 de noviembre y 3 de diciembre de 1933 el panorama político cambio 180º con una derrota total de la izquierda. La coalición que había gobernado desde el 31 cayó de 282 escaños a 96 y el centro/derecha subió de 150 escaños a 321. La derecha lo hizo igualmente mal que la izquierda pero, lógicamente, al revés. La izquierda como responsable de la proclamación de la República se consideraba como propietario del "copyright" y había digerido muy mal la derrota; hasta tal punto que Largo Caballero- que había llevado, en la década anterior, al PSOE a una activa colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera - declaraba abiertamente su propósito de dirigir al pueblo a un ataque contra la República que, siempre según él, le había traicionado. Al mismo tiempo el país se estaba polarizando cada vez más, como demostraban el uso cada vez más extendido de los símbolos: camisas rojas y azules, puño cerrado y mano en alto. Durante todo el año 1934 la izquierda estuvo conspirando y preparando su asalto revolucionario al poder. En el principio de octubre la izquierda se lanzó a la calle con una huelga general, antesala del alzamiento largamente preparado. La rebelión izquierdista solamente tuvo éxito en Asturias (hubo una rebelión catalanista simultáneamente en Barcelona liderado por Companys quien proclamó "l'Estat Català de la Repùblica Federal Espanyola') donde los mineros luchaban con ametralladoras y carros de asalto (demostrando que el alzamiento no fue exactamente improvisado); una auténtica mini-guerra civil. "Con la rebelión de 1934, la izquierda perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936" (de Madariaga).
Las elecciones del 15 de febrero de 1936 fueron ganadas por el Frente Popular una alianza electoral bastante sui generis ya que lo único en que sus componentes estuvieron de acuerdo era su afán de quitar el poder a la derecha. El resultado era de 258 escaños para el Frente Popular contra 214 para el centro/derecha. Un resultado muy engañoso ya que por culpa del sistema electoral los escaños de la derecha fueron un 50% más caros (en votos populares) que los de la izquierda; el centro/derecha obtuvo en realidad 150.000 votos más que la izquierda (grosso modo 4.464.000 contra 4.305.000).
Más engañoso todavía fue que el Frente Popular ni siquiera era "popular" en el sentido marxista de la palabra; el 60% de sus escaños y de sus votos correspondían a partidos burgueses liberales republicanos pero no marxistas. Hubo, además, una abstención de 2 millones de votos que no se podía explicar como una abstención "técnica", considerando lo que el país se estaba jugando, sino la prueba de que una parte importante de la población (casi un 20%) no se sentía identificada con ninguno de los partidos. Parafraseando a de Madariaga podemos decir que España era en aquel momento simultáneamente antirracista, anticlerical, antimilitar, y antirrevolucionario. La historia de España ha sido siempre la lucha de supervivencia del "centro" (desde la derecha democrática hasta la izquierda no marxista y/o no revolucionaria) moderado, muy mayoritario, y pacífica, contra los grupos extremistas y violentos. Siempre, o casi siempre, ha perdido el envite. El principio del año 36 no fue ninguna excepción. Desde las elecciones de febrero hasta el alzamiento militar del 18 de julio se aumentaron en proporción geométrica los desórdenes y violencias, la quema de iglesias y conventos, las invasiones del campo, la destrucción del ganado, los incendios de cosechas, las huelgas, asesinatos de políticos locales (de la izquierda y de la derecha), la inseguridad total para la vida y los bienes etc. etc. Si todo esta violencia hubiera sido perpetrada solamente, o principalmente, por los falangistas (un grupo por cierto muy minoritario) el Gobierno no hubiera tenido el más mínimo problema para controlarlo. Pero la violencia provenía principalmente de la extrema izquierda (las juventudes comunistas y socialistas ya unificadas, anarquistas y otras) y contra esto el gobierno fue incapaz de reaccionar.
Lo que más que ninguna otra circunstancia hizo inevitable la posterior guerra civil fue la feroz lucha interna en el PSOE. Largo Caballero llevó una parte minoritario del partido a una posición cada vez más revolucionario, tratando de adelantarse al peligro comunista, llevando sus seguidores hacia una forma de comunismo nacional (dictadura del proletariado incluido); la ambición intima del hombre fue convertirse en el "Lenin" español (tuvo una trayectoria personal de lo más curioso; siendo moderado en su juventud se hizo en su madurez cada vez más radical, todo lo contrario de lo que le pasó por ejemplo a Santiago Carrillo que, por mor de la moderación, se ha convertido con los años, y ya en su vejez, en una especie de abuelo favorito para las señoras bien). Las diferencias entre los seguidores de Largo Caballero y los (mayoritarios) de Prieto, enemigo declarado de aventuras revolucionarias y partidario de un proceso evolutivo, fueron resueltas en general por los primeros a punta de pistola.
En términos generales la derecha parlamentaria se portó durante este periodo mejor que la izquierda. Su partido principal, y mayoritario, la CEDA. liderado por Gil Robles, se comportó en la mejor tradición parlamentario occidental y, siendo ideológicamente antirrepublicano, fue leal a la constitución y su puso incondicionalmente a disposición del gobierno para el mantenimiento del orden público. El problema no fueron los partidos de derecha, ni de la llamada "ultraderecha" o sea, la Falange (un partido con tantas coincidencias con sus primos hermanos, las juventudes socialistas/comunistas, que en esencia fue un partido de extrema izquierda que solamente fue considerado de derechas por su enemistad mortal con aquellos) sino el Ejercito. El Ejercito no era conservador (ni monárquico, algunos de sus prohombres fueron abiertamente republicanos, el más "pintoresco" sin duda el general Queipo de Llano) en el sentido político de la palabra sino "conservador de sus privilegios de casta". El conjunto de oficiales - por que este es lo que se quiere decir hablando del Ejército - formaban, ya desde el siglo XIX, un "partido" político (o si se quiere una masonería o mafia) con sus representantes extraoficiales en el Congreso y hasta su portavoz en el Gobierno, más conocido como Ministro de la Guerra. No vamos aquí enumerar todos sus prerrogativas, basta decir que de todos los puntos de vista formaban la casta más privilegiada del país. Su enemigo declarado fue Azaña que como Ministro de Guerra civil y republicano (ya no tenían los militares su portavoz en el Consejo de Ministros) abolió todos sus privilegios a marchas forzadas. Allí rayó su imprudencia; lo que se podía haber hecho poco a poco en una década, él lo hizo en poco más de un año, asegurándose así la enemistad eterna de la casta militar.
Así estaba el patio de la República durante los 5 meses que medían entre las elecciones y el levantamiento militar. Por un lado la extrema izquierda preparando su asalto al poder para instaurar la dictadura del proletariado (las últimas investigaciones han demostrado que el golpe estaba previsto para el mes de agosto con algunos implicados de los que nadie pudiera haber sospechado) y por el otro lado los militares conspirando para apoderarse del poder, más para restaurar sus privilegios que por verdaderas ansías de poder.
Cuando el 18 de julio los militares se alzaron contra el gobierno no se podían ni imaginar que hubieron dado comienzo a una Guerra Civil; no tuvieron intención, de entrada, de cargarse a la República. Más bien estuvieron convencidos que iban a ocupar el poder en cuestión de días, recuperar sus privilegios y a partir de allí tutelar al régimen político. Contaron con la complicidad de los falangistas, no porque tuvieran mucho (casi nada) en común pero basándose las dos partes en el adagio de "los enemigos de mis enemigos son mis amigos". Del otro lado, Largo Caballero y sus secuaces estaban encantados con el alzamiento militar ya que les ahorraba la necesidad de hacer el suyo, convirtiéndoles por arte de magia de rebeldes potenciales en "firmes defensores" de la legalidad vigente. Lo irónico de todo esto es que si los militares hubieran sido más pacientes y no se hubieran precipitado, la situación hubiese sido la inversa; los socialistas revolucionarios: los rebeldes; los militares: los defensores de la constitución.
De cierta forma el alzamiento militar fue un fracaso porque no tuvo éxito en la inmensa mayoría de la geografía nacional. No fue el paseo militar que los generales habían anticipado. A partir de allí fue verdaderamente sorprendente que el gobierno no logró aplastar la rebelión en las primeras dos semanas. Es verdad que los militares (todavía no conocidos como "nacionales") contaron con buen número de oficiales - no todos, hubo bastante oficiales fieles al gobierno, y otros muchos fueron arrestados en los primeros días- pero el gobierno contó con la inmensa mayoría tanto de soldados rasos como de material de guerra. La explicación del lento pero constante avance de los rebeldes fue la orgía de separatismo en que los revolucionarios hundieron la República. Cada partido o grupo tenía sus propios "fuerzas armadas" sin la más mínima coordinación entre sí.
Se ha hablado mucho de las dos Españas y es verdad, como hemos visto antes, que en las elecciones de la República la población se dividió, grosso modo, en un 40% a favor de partidos de izquierda, otro 40% a favor de la derecha, y un 20% que no quería saber ni de unos ni de otros. Pero había otra división más real y verdadera: la España violenta - escasamente un 20% de la población dividido más o menos igual entre los dos extremos - y la España moderada y pacífica, el 80% restante. Una vez comenzada la Guerra Civil los no-violentos se encontraban completamente indefensos y no tenían más remedio, si querían salvar el pellejo, de respaldar a uno de los dos bandos. Muchas veces la elección fue impuesta por razones puramente geográficas; los "neutrales" se incorporaron al bando que controlaba el territorio donde vivían.
¿Que conclusiones podemos sacar de todo esto? Primero, que contrario a lo que los socialistas han propagado durante décadas después de la conclusión de la Guerra Civil, y siguen propagando, la derecha parlamentaria de la República, principalmente la CEDA, acató siempre escrupulosamente la constitución, por mucho que hubieran votado en contra de la misma. Segundo, que la Guerra Civil fue tan culpa del ala más radical y revolucionario del PSOE que del estancamiento militar.
Se hubiera podido evitar mucha manipulación popular y mucha lucha dialéctica innecesaria, si en el año 75 el PSOE se hubiera declarado heredero no de Largo Caballero, sino de Prieto y Besteiro y hasta de la izquierda no-marxista, o sea, de Azaña. Pero no, el PSOE hizo justamente lo contrario; aprovechándose del desconocimiento general sobre la Guerra Civil por parte de las generaciones más jóvenes, elevó a Largo Caballero a los altares (sic) especialmente a partir del 82. Mientras que retiraban de una parte las estatuas de Franco (con toda razón) cometieron, por otra parte, el despropósito de inaugurar monumentos a la memoria de Largo Caballero; o sea, quitaban monumentos a un dictador para poner otros a un aspirante a dictador (el "Lenin" español) fracasado. (Los mismos rusos que le pusieron originalmente la etiqueta - sarcásticamente sin duda - conspiraron para que en mayo del 37 fuese sustituido como Presidente del Gobierno por el más doblegable Negrín) Todo esto, como siempre, tenía su explicación; solamente convirtiendo los líderes socialistas de la República en santos varones, pudieron culpar a la derecha de todos los males de España. (Estas actitudes son muy frecuentes en la historia, una de las más divertidas es la tan habitual entre los hispanoamericanos- no las indígenas sino los criollos- de culpar a "los españoles" de todos los problemas del continente-
¡ya llevan 2 siglos de independencia!- olvidándose olímpicamente que los tan criticados conquistadores y los otros españoles que colonizaron el continente son sus propios antepasados y no los de los españoles actuales).Los, más o menos, 80 jóvenes socialistas del interior que se presentaron en octubre del 74 en Suresnes para participar en el Congreso del PSOE, "supuestamente" en representación de los escasamente 2000 militantes en España ("supuestamente", porque nadie les había elegido para tal cometido), fueron todos universitarios (no hubo ningún obrero, excepto Redondo) con bastantes antecedentes franquistas y conversos recientes al socialismo. Felipe González había sido en los años 60 centurión de las juventudes falangistas; Alfonso Guerra, profesor de una Universidad Laboral, puesto para el cual se exigiría casi "limpieza de sangre" y "ser cristiano viejo"; Carmen Romero, que en los últimos años ha vituperado a tanta gente por antecedentes franquistas, es, ella misma, hija de un médico militar conocido por su adulación hacia Franco.
( No hay nada en contra de una rebelión generacional y de rechazar la ideología paterna, pero lo que no es de recibo es negar, por un lado, la posibilidad de que otros hayan podido recorrer el mismo camino y, por otro lado, tirar la piedra y esconder la mano).
Cuando Felipe González fue, sorprendentemente, elegido primer secretario (después secretario-general) al inhibirse Nicolás Redondo - probablemente por considerar que el PSOE iba a ser un mero apéndice de UGT - el PSOE cayó en manos de un grupo de jóvenes ambiciosos, más oportunistas que socialistas, y ávidos de poder. El guión que siguieron a partir de aquel momento era- al mismo tiempo de ser bastante inmoral, dudosamente democrático e indudablemente oportunista- muy eficaz en términos generales. Consistía básicamente en no dar agua al enemigo (y, como muchos verdaderos socialistas se han enterado a través de los años, muchas veces ni al "amigo") ni siquiera estando íntimamente de acuerdo con sus postulados. Todo lo que no hubiera sido propuesto por el PSOE en primer lugar, era automáticamente anatema. Vamos a recordar solamente algunas de las actitudes más típicas. Inmediatamente después de haber sido legalizado el PSOE se alineo con la ultraderecha y los militares más franquistas, oponiéndose fehacientemente a la legalización del PCE; o sea, la izquierda más apática contra el franquismo tratando de censurar a la más combativa, para asegurarse una ventaja desleal ante su principal contrincante en la izquierda. Durante toda la transición González y Guerra (¡también Glez. por parte de madre!) no solamente se ensañaron a gusto con Adolfo Suárez, pero complicaron todo el periodo constitucional hasta tal punto que no solamente la constitución se pudiera haber terminado en un plazo inferior de tiempo, sino que se pudiera haber evitado muchas ambigüedades e imprecisiones en su redacción. (Pudiera ser el tema de una apasionante tesis doctoral comparar minuciosamente los cambios ambiguos forzados por el PSOE, y el aprovechamiento posterior de todas estas ambigüedades por el mismo cuando llegó al poder). La manipulación no se aplicaba solamente al "enemigo" sino también al propio PSOE, porque no se puede llamar de otra forma a la dimisión de Felipe González como secretario general- por no haber logrado eliminar en el XXIX Congreso (mayo 1979) la etiqueta de "marxista" que había sido aprobado, en plena euforia felipista, en el XXVIII Congreso (1976)- y su sospechoso "auto-exilio". Todos sabemos como se terminó el asunto: el partido se rindió frente a su líder "carismático" en un Congreso extraordinario. En este Congreso no solamente se quitó el término "marxista" sino además González logró modificar los estatutos del partido y - quitando cualquier cauce a las minorías - abarcar todo el poder y rodearse exclusivamente con incondicionales acólitos (Francisco Bustelo: "La Izquierda imperfecta"). El resultado más divertido de todo este proceso fue la paradoja que, eliminando el marxismo, el partido terminó por adoptar el culto a la personalidad, una de las más características señas de identidad del leninismo/marxismo.
Otro ejemplo del oportunismo y la manipulación tan típico del PSOE y de su líder en esta época fue la entrada en la OTAN. Cuando el gobierno de Calvo Sotelo negoció el asunto - parcialmente para impedir una futura repetición del 23F- pensó, ingenuamente, que contaría con el apoyo del PSOE. Craso error; González, Guerra y Javier Solana se daban cuenta que oponiéndose virulentamente pudieron - como así fue - aumentar su caudal de votos en las próximas elecciones con, más o menos, 2 millones de pacifistas. Que todo esto era otro ejemplo del engaño con que manipularon al electorado quedó demostrado cuando se convirtieron en abiertos defensores de la OTAN en el surrealista referéndum del año 86 y el todavía más surrealista - si cabe- nombramiento de Javier Solana como secretario general de la OTAN en 1995.
El autoritarismo tan propio del carácter de Felipe González mezclado con el culto a su personalidad por una parte y su consabida falta de interés para los asuntos de despacho por la otra, explica en gran parte las arbitrariedades, la corrupción galopante y el desprecio para el estado de derecho tan típico de sus gobiernos. Cuándo finalmente los trapos sucios salieron a la luz, la reacción automática y visceral del personaje y sus secuaces (algunos en el fondo bastante más nefastos que él, los aduladores oportunistas siempre lo son) fue culpar primeramente a los mensajeros (
¡ el sindicato del crimen!), y después a la oposición (desde Dobberman a ineptos y franquistas). Tomaron muy mal la primera derrota electoral- para no hablar de la segunda cuando el PSOE bajo a los mismos niveles de 1979- como si considerasen la victoria electoral como su derecho natural.La unidad del PSOE fue durante dos décadas - bajo el férreo control, más de Alfonso Guerra que de Felipe González - más aparente que real. Una vez eliminado Guerra en el Congreso del 93 y las perdidas electorales posteriores, las divisiones inherentes se están manifestando cada vez más abiertamente. En este momento hay 4 corrientes importantes que a la larga van a ser incompatibles.
1. Los liberales / libertarios (Zapatero y los suyos en Ferraz)
2. Los felipistas/oportunistas/autoritarios (González, Chaves, Almunia etc.
en Gobelas, un centro propagandístico con reminiscencias a "Goebbels")
3. Los guerristas (Guerra y los suyos en la Fundación Pablo Iglesias)
4. Los catalanistas del PSC (Maragall en Barcelona)
Estos cuatro grupos están en desacuerdo en casi todo menos en su oposición (todos), su resentimiento (muchos) y su odio (bastantes) hacia el Partido Popular. Si estos sentimientos negativos son bastante para aglutinarles esta por ver.
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Þ POLÉMICAã
11/2000