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REPUBLICANOS Y BODAS REALES
Todo el follón que se ha armado sobre la relación entre el Príncipe Felipe y la modelo noruega Eva Sannum ha dado nuevos vuelos a la vieja controversia entre monarquismo y republicanismo. Ya es harto conocida la tesis republicana sobre la supuesta superioridad de su sistema; más democrático, más igualitario, más justo y hasta, supuestamente, más barato. Ya veremos más adelante lo falaz de estos argumentos. Por el momento vamos a sugerir que todo depende del tiempo histórico y del lugar.
Cuando los países balcánicos se liberaron - durante el Siglo XIX y principios del XX - del yugo Otomano, la opción republicana hubiera sido la más lógica. No había, después de muchos siglos de ocupación, no ya una tradición monárquica sino ni siquiera un príncipe autóctono como pretendiente al trono, en ninguna de los países en cuestión. Que estos países al final optaron por el sistema monárquico fue gracias al descarado intervencionismo de las grandes potencias europeas. Lo malo fue que los únicos candidatos disponibles eran todos cadetes de dinastías reinantes en el Norte de Europea (casi todos alemanes), sin ninguna coincidencia étnica y religiosa con los países donde fueron impuestos, y desconocedores totales de sus culturas, historias y lenguas. En Grecia las potencias "nombraron" primero (1832) a Otón de Baviera, que impuso un sistema autoritario y absolutista hasta que fue forzado a abdicar (1862), y después a Jorge de Dinamarca, fundador de una dinastía que logró seguir adelante, de referéndum en referéndum, durante unos 80 años. En Bulgaria fueron respectivamente Alejandro de Battenberg (1879, forzado a abdicar 6 meses después) y Fernando de Sajonia-Coburg-Gotha (1887). En Rumania, Karl von Hohenzollern-Sigmaringen (Carol I) y en Albania, Wilhelm von Wied, que duró 6 meses en 1914.
Con estos ejemplos es obvio que el concepto monárquico solamente tenga sentido si la monarquía tiene una larga tradición en un país.
La supuesta superioridad democrática del concepto republicano es también bastante evidente en los regímenes llamadas "constitucionales". Antes de seguir adelante quiero aclarar que uso aquí el termino "régimen constitucional" en su viejo acepción -aparentemente caído en desuso- de aquel en el cual hay una separación total de poderes, con un ejecutivo totalmente independiente del legislativo; igual al régimen presidencialista pero también aplicado a las monarquías. No hay duda que en un régimen en donde el ejecutivo no puede disolver el legislativo pero éste tampoco puede destituir el gobierno (ejecutivo), el concepto republicano es muy superior al monárquico, ya que en aquel ambos poderes tienen que someterse a la voluntad del electorado, mientras que en este el ejecutivo es vitalicio y hereditario y por lo tanto tiene un poder en principio mucho más arbitrario. El ejemplo por excelencia de una república constitucional (presidencialista) son Estados Unidos y un ejemplo de una monarquía constitucional podía ser Kuwait. ( Allí el soberano introdujo hace poco un proyecto de ley para extender el sufragio universal a las mujeres, para verlo rechazado por un legislativo muy influido por el fundamentalismo islámico. Parece que el emir es bastante más demócrata que el legislativo elegido por el pueblo).
Hasta aquí todo muy bien. Pero los argumentos republicanos dejan de tener sentido cuando se aplican a las democracias europeas, todas- salvo el extraño híbrido francés, una mezcla presidencialista/parlamentaria, o sea ni fu ni fa - son regímenes parlamentarias, en donde el jefe de Estado, sea monarca o presidente, cumple una función esencialmente representativa, simbólica y, en contadas ocasiones, arbitral. No entiendo muy bien por qué para estas funciones un presidente sería preferible a un Rey. Si por lo menos para presidente fuese elegido uno de los grandes personajes culturales o intelectuales del país, el argumento pudiera tener cierta validez; un Cela, un Delibes, sí darían prestigio al puesto, pero esto no ocurre nunca. El candidato elegido para el puesto- poco importa si en elecciones directos o indirectos - es siempre un representante del partido en el Poder, como pago para sus servicios al partido (
¡casi nunca al país!), o como una especie de retiro dorado para un político perdedor en la lucha por el poder. Se ha criticado mucho cómo los escándalos sexuales y matrimoniales han desprestigiado la monarquía británica, pero solamente para auténticos puritanos pueden estos escándalos ser más importantes que los antecedentes criminales (Waldheim, Austria), corrupción y abuso de poder (Mitterand, Francia), manipulación política (Italia) que a la postre son el legado de tantos y tantos presidentes "democráticamente" (sic) elegidos. Imaginemos solamente la posibilidad de que si España hubiera sido una república, durante los 13 años de mayoría socialista pudieron haber sido elegidos como Presidentes personajes como Corcuera, Barrionuevo, o, por qué no decirlo, el mismísimo Felipe González. No es de sorprender entonces que Don Juan Carlos sea, no sólo infinitamente más popular que ningún político, sino que como Rey esté por encima de la política partidista, representando la totalidad de los españoles mucho mejor de lo que lo pudiera hacer ningún Presidente de la Nación, que en esencia representa una opción política.Otro de los argumentos esgrimidos por los republicanos es el coste; puede que sea verdad en el Reino Unido, pero desde luego ni en España, ni en Holanda, ni en los países escandinavos. En estos países el 90% de los presupuestos de las casas reales se dedican a gastos de representación - exactamente como en la mayoría de las repúblicas- y bastante más modestas que la parafernalia montado por las presidencias "regias" de Giscard d’Estaing, Mitterrand y Chirac. Además, cuando las elecciones presidenciales son directas -cada 4 años - hay que incluir el coste de las campañas electorales y el coste administrativo de las elecciones, que por sí solos son muy superiores a los presupuestos reales de 4 años.
Creo que queda bastante clara la superioridad de la Monarquía democrático y parlamentario sobre la República de igual signo. No obstante, si los defensores españoles del republicanismo defienden, no una República parlamentario, sino una constitucional (presidencialista), por eso de la separación de poderes (Montesquieu), estoy grosso modo de acuerdo con su preocupación, pero veo una solución más sencilla y eficaz para ella. Estaremos todos de acuerdo en que la separación de poderes en las democracias parlamentarias deja mucho que desear; un primer ministro, que base su poder en una mayoría parlamentario de la cual el mismo, además de ser su máximo líder, ha sido la persona que ha tenido una influencia decisiva sobre las listas electorales de su partido, no solamente controla el Gobierno (ejecutivo) sino también el Parlamento (legislativo). En España, a partir del año 1985,el felipísmo rizó el rizo, politizando la elección del Consejo del Poder Judicial y subyugando de esta forma también - de forma indirecta - el control judicial a la voluntad del ejecutivo. Ya he hablado anteriormente (vea:
Reforma del poder judicial ) de la forma más lógica y sencilla de asegurar, en lo posible, la independencia de la Judicatura, y ahora quiero sugerir una forma para asegurar la separación de los otros dos poderes. Ya que el Primer Ministro en España se denomina Presidente del Gobierno, y siendo, hasta en el ámbito de la empresa, el puesto de Presidente normalmente un cargo electivo, ¿por qué no convertir la denominación en realidad, haciendo elecciones parlamentarios (legislativo) y presidenciales (para Presidente del Gobierno, o sea ejecutivo) simultáneas pero por separado?. Sería un sistema novedoso, una Monarquía parlamentaria/presidencialista, incorporando lo mejor de los dos sistemas. Para hacer lo más eficaz, al introducir esta novedad habría que reformar, a la par, el sistema electoral (vea: Reforma del sistema electoral.).Uno de los aspectos típicos del republicanismo moderno es su actitud de aprovechamiento. Su intención de apoderarse de un Estado ya hecho, en cuya formación no ha tenido - como filosofía al menos - ninguna participación. Si el concepto republicano es válido ahora, también lo debiera haber sido en el pasado, y los republicanos - si fuesen consecuentes - debían hacerse la pregunta de lo que hubiera pasado si Pelayo, allá por la tercera década del Siglo VIII, en vez de ser elegido Rey hubiera sido elegido Presidente. En este caso la palabra España no hubiera pasado nunca de un término puramente geográfico - como en el medievo - y la Península Ibérica hubiera sido - y probablemente seguiría siendo - un mosaico de pequeñas repúblicas. No hay que olvidar que la fusión de los pequeños Reinos, a la larga, fue el resultado de un sinfín de bodas dinásticas y que un auténtico Reino español unificado no existió hasta la llegada de los Borbones.
Como la repentina reviviscencia del republicanismo aparentemente está relacionada con la
supuesta posibilidad de una boda entre el Príncipe Felipe y Eva Sannum - probablemente una mera excusa para esconder designios más oscuros - sería de recibo analizar la posición del Príncipe en el conjunto del Estado. Para empezar hay que recordar las barbaridades que se han dicho - muchas por personas que debían saber mejor - sobre la supuesta inconstitucionalidad de la preferencia del varón a la mujer en la sucesión en el trono. Estas criticas se basen en el artículo 14 del Capitulo Segundo del Titulo I (de los derechos y deberes fundamentales) de la Constitución Española, que establece la igualdad de los españoles ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, etc. Hasta aquí muy bien, pero lo que parecen desconocer los críticos es el Titulo II (de la Corona) en donde se trata el hecho singular del Rey, sus sucesores y su familia. El artículo 57, que trata de la sucesión en el trono, establece varias preferencias, entre ellas; "en el mismo grado, el varón a la mujer". Esta preferencia es la única excepción al artículo 14 en lo que se refiere al sexo, aunque, como es lógico, todo lo que se refiere a la familia real es una excepción a dicho artículo: pero por eso el Titulo II no es menos constitucional que el Titulo I. Toda esta tonta polémica se pudiera haber evitada con una redacción diferente del artículo 14, incluyendo una referencia a la familia real en "sensu strictu": "Todos los españoles son iguales ante la ley, con la excepción de la familia real, cuyo estatuto será regularizado en el Titulo siguiente, etc."(Del mismo artículo 14 han querido aprovecharse también las mujeres de las familias aristócratas para cambiar el derecho a la sucesión en los títulos nobiliarios. Al final el Tribunal Constitucional tuvo que pronunciarse en el sentido de cómo los títulos en cuestión no están incluidos en la Constitución, su herencia no puede ser considerado como un derecho fundamental y por lo tanto se regirá exclusivamente por el derecho consuetudinario. Una decisión a todas luces acertada porque los títulos nobiliarios ya no llevan aparejado ningún privilegio. y tienen un "valor" meramente simbólico y social, muchas veces más para los demás, y en especial para los snobs (s.nobs, sine nobilitas! ). Como ejemplo podemos mencionar el caso del recién fallecido Jesús Aguirre, mucho más impresionado por los títulos de su mujer que ella misma, hasta el punto de insistir en el tratamiento de "Señor Duque". Sorprendente vanistorio en un personaje que en los años 60 se vanagloriaba de haber fusionado cristianismo y comunismo (sic).
Después de todo este preámbulo podemos pasar a la cuestión candente de si el Príncipe, como quiere el saber popular, tiene derecho, como cualquier español, a casarse con quien sea, por amor, y sin ningún miramiento para la idoneidad y conveniencia de tal matrimonio. Como hemos visto antes, la posición del Príncipe es singular, tan singular como la del Rey, y no tiene ni los mismos derechos ni las mismas obligaciones que los demás españoles. Sería un total contrasentido que el que ha sido educado y entrenado con total esmero para el papel que en el futuro tendrá que representar, se casase con una mujer que no tuviera ninguna de estas calidades. El papel de una Reina, por subordinado y complementario al del Rey que sea, tiene una enorme importancia institucional (como posible futuro Regente) y representativa, y para cumplir con su futura función necesita un alto nivel intelectual y cultural, un innato sentido de la discreción y de las relaciones humanos a cualquier nivel y, en lo posible, un largo condicionamiento familiar para ocupar posiciones de alta responsabilidad. Como dice el Rey de la Reina: "una gran profesional". ¿Implica esto que sea de sangre real o azul?. No necesariamente, pero por lo menos que sea de la alta burguesía europea con una larga tradición de servicio público y muy consciente de lo que se espera de ella.
¿Cumple la supuesta candidata algunas de estas exigencias?. Aparentemente ninguna. Por un lado se sabe que tiene un nivel educativo y cultural más bien bajo, por otro que el nivel de exhibicionismo necesario para su profesión de modelo es justamente lo contrario al sentido de discreción antes mencionado. Si a esto añadimos una vida familiar aparentemente conflictiva y una exposición bastante prolongada al muy dudoso ambiente de la pasarela, la chica no parece ni idónea ni conveniente. Parece que su calidad principal es de estar muy buena. Pero sabemos todos que por cada Miss elegida, por cada modelo de éxito, hay centenares de chicas tan guapas o más, que ni remotamente piensan presentarse a concursos de misses o dedicarse a la pasarela, por un mínimo sentido de pudor y una ausencia total de exhibicionismo.
El supuesto derecho del Príncipe de casarse por amor básicamente quiere decir que tenga el mismo derecho a equivocarse como todos los demás mortales. Nadie, o casi nadie, se casa por amor sino por "enamoramiento", o sea una fuerte atracción física/erótica con una vida media de 3 a 4 meses si no hay alientos adicionales a los puramente sexuales. La prueba es que en el año 2000 hubo en España más divorcios que matrimonios. Viva el amor y la capacidad de escoger acertadamente la pareja equivocada.
Lo peor que le pudiera ocurrir a la monarquía española es que el Príncipe, gracias a la proverbial libido borbónica, terminase por exponer el país a una especie de Lady Di II, indisciplinada, exhibicionista, histérica y egoísta.
ã 5/2001
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