ANTECEDENTES Y ORÍGENES DEL PÁNICO FINANCIERO
No sé si las crisis económicas y financieras se remontan al principio de la civilización, pero si sé que tienen ya una larga y distinguida historia. La caída del Imperio Romano no solamente fue el resultado de haber convertido el cristianismo en religión única y absoluta del estado (Edward Gibson dixit) sino también de una larga crisis económica y financiera durante todo el siglo V. En los primeros 6 siglos del Medievo las crisis fueron más bien agrícolas ya que el desarrollo político y económico era fundamentalmente local y el comercio regular desapareció casi por completo, mientras que en el Medievo alto fueron el resultado de epidemias, especialmente la de la Peste negra que devastó Europa a mediados del siglo XIV con una mortandad de más del 40% de la población. Hubo más brotes devastadores, a intervalos irregulares, entre los siglos XV y XVI.
Las verdaderas crisis financieras aparecieron casi a la par con la creación de las actuales bolsas de valores en los Países Bajos, Francia y Inglaterra en el siglo XVI. La primera importante fue la de la "tulipomanía" en la Bolsa de Amsterdam. El cultivo del tulipán, importado de Turquía, había arraigado con gran fuerza en Holanda e dio lugar a una especulación loca, resultando en la ruina de muchos, hasta que el gobierno interviniera regulando el comercio de tulipanes. Esto fue probablemente la primera intervención gubernamental en la Bolsa. A partir de aquélla crisis ha habido muchos pánicos financieros, los más destacados son el "South Sea Bubble" ( la especulación ocasionada por los nuevos privilegios comerciales de Gran Bretaña en las colonias españolas de América) en Londres en 1720, el Viernes Negro de Estados Unidos en 1869, la caída de Wall Street en 1929 que desencadenó la Gran Depresión, el Lunes Negro en 1987 (una mini-crisis pasajera, no obstante la caída del Dow Jones en más del 22% en un día, ya que al final del '87 la cotización superaba - en muy poco - la del año anterior) y el estallido de la burbuja Puntocom en 2000.
La teoría de la economía del mercado, o capitalismo (bautizado así por Karl Marx) empezó su camino en el siglo XVIII con la obra de Adam Smith, (Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) en franca competición con otras dos, el mercantilismo y la fisiocracía que terminaban por desaparecer. Podemos resumir su teoría con una frase del propio Smith que se ha hecho famoso: "La combinación del interés personal, la propiedad y la competencia entre vendedores en el mercada llevará a los productores -gracias a una mano invisible-, a alcanzar un objetivo no buscado de manera consciente: el bienestar de la sociedad". El capitalismo se implantó definitivamente a mitades del siglo XIX. La confianza de Smith en "la mano invisible" era un poco ingenua. El soñaba en un capitalismo de pequeños productores y una competencia perfecta, una ilusión que pronto se convirtió en humo con la industrialización. Podía haber pensado en las grandes compañías coloniales como la VOC (la Compañía Holandesa de las Indias Orientales) y la EIC (la Compañía Inglesa de las Indias Orientales) - las primeras compañías "multinacionales" (en el sentido de los territorios que controlaban) que tuvieron auténticos monopolios sobre los productos tropicales y que para proteger sus intereses y eliminar a la competencia contaba no solamente con multitud de buques mercantes sino también con decenas de buques de guerra y hasta con su propios ejercitos -, para haberse dado cuenta de lo que iba a pasar en el futuro. Con la industrialización los artesanos y las pequeñas tiendas del siglo XVIII no desaparecieron pero fueron relegados como actividades marginales mientras que surgió una nueva clase trabajadora que no era propietaria de los medios de producción por lo que ofrecían trabajo a cambio de un salario monetario; la aplicación de máquinas de vapor al proceso productivo provocó un espectacular aumento de la producción con menos costes. La consecuencia última fue el aumento del nivel de vida en todos los países en los que se produjo este proceso a lo largo del siglo XIX.
No quiero aquí entrar en todas los vaivenes sociales que surgieron como resultado de la industrialización sino referirme a la apariencia de los ciclos económicos. Periodos de expansión y prosperidad seguidos de recesiones y depresiones económicas que se caracterizaban por la discriminación de la actividad productiva y el aumento del desempleo. Los economistas clásicos que siguieron las ideas de Adam Smith no podían explicar estos altibajos de la actividad económica y consideraban que eran el precio inevitable que había que pagar por el progreso que permitía el desarrollo capitalista. Parte de la culpa la tenían las grandes sociedades anónimas que empezaron a aparecer durante las últimas décadas del siglo XIX y que tenían un enorme poder financiero hasta entonces desconocido. Este poder financiero sin el más mínimo control llevó a la creación de monopolios o trusts que permitían el control de toda una industria, resultando en importantes restricciones al libre comercio y a la competencia, Durante las primeras décadas del siglo pasado se promulgaron tanto en Estados Unidos como en todos los demás países capitalistas leyes antitrusts que impidieron la creación de estos grandes monopolios. De todas formas el capitalismo siguió creciendo y prosperando, como había hecho durante el siglo XIX, con pocas restricciones hasta el año 1929 y el Gran Crack.
El Gran Crack de 1929 era la caída vertiginosa del índice general de la Bolsa de Nueva York en aquel año. A partir de 1927, con una economía creciente, aumentó fuertemente la demanda de valores nacionales en EE.UU. dando lugar a un alza de los precios de las acciones y cuanto más subían los precios más inversores se apuntaban - tonto el último-, creando una espiral alcista incontrolada. A mediadas de 1929 un tercio de las familias habían invertido sus ahorros en la Bolsa animadas por asesores financieros y brokers cuya incompetencia y fe ciega e irracional en la capacidad del mercado para crear rendimientos cada vez superiores, rivalizaba con la de sus clientes. Calvin Coolidge afirmaba en el principio de 1929, antes de terminar su presidencia, que la cotización bursátil era todavía muy baja. Como la mayoría de los tenedores de acciones no tenían intención de vender, esperando beneficios cada vez mayores, y por otra parte la demanda creció sin parar, el índice general del Dow Jones subía casi en vertical. Parece que pocos se daban cuenta que los alzas diarios eran completamente virtuales y no eran nada más que ganancias sobre papel completamente irrealizables. Cuando estos pocos empezaban a vender, la oferta empezó rápidamente a superar la demanda y la burbuja bursátil explotó casi instantáneamente. El 23 de octubre se vendieron seis millones de acciones. Al día siguiente, el denominado ‘jueves negro’, se vendió el doble. El lunes se vendieron nueve millones y el día después, el famoso "martes negro", la Bolsa se hundió con la venta de más de 16 millones. Lo ocurrido en Wall Street se reprodujo en las demás bolsas de Estados Unidos y Europa. Como ahora, la crisis fue en gran parte culpa de los bancos que habían extendidos indiscriminadamente préstamos para la compra de acciones y de esta forma ayudaban al sobrecalentamiento de los mercados. El nuevo presidente, Herbert Hoover no logró enfocar políticas nuevas para paliar los efectos colaterales para la economía, pero peor fue que la Reserva Federal, el banco central de los EE.UU. que solamente había sido creado en 1914, no tenía ni los conocimientos ni la experiencia para intervenir eficazmente en el sistema bancario y no hizo nada para salvarlo.
"A partir de esta crisis desapareció la confianza en la banca, los banqueros, la Bolsa y los agentes financieros. Se generalizaron las dimisiones y las quiebras. El impago y la morosidad en las hipotecas se dispararon. La clase media se redujo. Muchas personas quedaron sin trabajo; aumentó el desempleo en más de dos millones de personas en menos de seis meses". ¿Suena familiar?
Aunque muchos analistas ilusos pensaron al principio que se trataba de un ajuste pasajero del mercado, el crack de Wall Street marcó el inicio de la Gran Depresión de la década de 1930. Finalmente, bajo la presidencia de Roosevelt, se empezaron a tomar medidas que cristalizaron en el programa del "New Deal". Hubo una Ley de Emergencia Bancaria que establecía inspecciones federales en los bancos para contribuir a restablecer la confianza de la población en las instituciones financieras tras la quiebra generalizada de estas entidades; normas bancarias mucho más rigurosas y un seguro a los depositantes a través de la Sociedad de Seguros de Depósitos Federales. Dos leyes, una de 1933 y otra de 1934, establecían reglamentos detallados para el mercado bursátil, controlados por una nueva Comisión de Bolsa y Valores. El problema de la vivienda se trató en varios proyectos de ley que suministraban ayudas hipotecarias a los agricultores y propietarios de inmuebles y ofrecían garantías de préstamo a los compradores de casas a través del Instituto Federal de la Vivienda. Hubo leyes para estimular la agricultura y para la recuperación industrial incluyendo un gran programa de obras públicas y otro destinado a garantizar una competencia leal. Todo esto fue seguido en 1935 por una Ley de Relaciones Laborales que establecía protección federal al proceso de negociación sindical junto a normas laborales como el número máximo de horas de trabajo y el salario mínimo de la mayoría de las categorías profesionales. Todas estas políticas podemos considerarlas como prekeynesianas.
El keynesianismo es la teoría económica postulada por el economista inglés John Maynard Keynes. Su obra más conocida, "La teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero" (1936), se publicó para hacer frente a la depresión que no parecía tener fin. Según Keynes los principios smithianos (modificados por Ricardo, Stuart Mill, Walras y Marshall) se habían quedado caducos y ya no daban una respuesta adecuada para la economía y, por lo tanto, era necesario diseñar nuevas políticas. Su teoría profundizó en la interacción de la oferta (la capacidad productiva del país) y la demanda (la total efectiva en toda la economía). Cuando la segunda se sitúa por debajo de la primera habrá desempleo y una depresión económica, cuando es al revés aumentará la inflación. El punto central del keynesianismo es el análisis de los determinantes de la demanda efectiva. Excluyendo la existencia del comercio exterior, la demanda efectiva se compone de tres elementos: el gasto en consumo, el gasto en inversión y el gasto público (es decir, el del gobierno o, en términos más generales, el sector público). El nivel de cada uno de estos gastos se determina de forma independiente de los otros dos. Keynes intentó demostrar que el nivel de demanda efectiva, sumando estos tres elementos, puede ser inferior, superior o igual a la capacidad física que tiene cada país para producir bienes y servicios y, sobre todo, que no existe ninguna tendencia que iguale de forma automática esta demanda a la oferta potencial del país. Esta conclusión era fundamental por ser contraria a la economía clásica y neoclásica, ya que éstas defendían que los sistemas económicos tendían de forma instantánea al pleno empleo de los recursos.
Según Keynes la economía no tendía de manera automática hacia el pleno empleo y que no se podía esperar que las fuerzas del mercado fueran suficientes para salir de la recesión. Por ejemplo, cualquier reducción en la inversión en nueva maquinaría en una industria provoca la pérdida de puestos de trabajo en la industria de maquinas lo que incida a su vez sobra la compra de bienes de consuma y la pérdida de empleo en las industrias afectados. Hay por lo tanto un efecto multiplicador que lleva a un equilibrio deprimido de menor empleo, producción e ingresos y una retracción del PIB. Según él, no existe ninguna fuerza automática que evite este proceso. Por lo tanto, la alta tasa de desempleo se debe a que la demanda (y por tanto el gasto) es muy reducida. Sólo la actuación del Gobierno, al reducir los impuestos o aumentar el gasto público, podrá conseguir que la economía vuelva a una posición de pleno empleo. En definitiva, los gobernantes tienen que garantizar una demanda suficiente en la economía para crear y mantener el pleno empleo, pero no debe ser excesiva para evitar que aumente la inflación.
A partir de 1945 las políticas keynesianas se empezaron a aplicar progresivamente en Occidente y estas resistieron hasta finales de la década de los 70. En caso de insuficiente demanda los gobiernos aumentaban el gasto público, reducía los impuestos o los tipos de interés. En caso de demanda excesiva se hacía lo contrario. El problema del keynesianismo era que, una vez logrado algo cercano al pleno empleo, la falta de mano de obra provocó altos aumentos salariales con como resultado una aceleración alarmante de la inflación. Este ocurrió en los años 70.
Como resultado apareció una nueva teoría económica, el monetarismo. Esta era una adaptación de la economía clásica. La idea básica de la economía monetarista consiste en analizar en conjunto la demanda total de dinero, la oferta monetaria y la velocidad de circulación del dinero. Las autoridades económicas tienen capacidad y poder para fijar la oferta de dinero nominal (sin tener en cuenta los efectos de los precios) ya que controlan la cantidad que se imprime o acuña así como la creación de dinero bancario. La cantidad de dinero disponible influye el ajuste entre oferta y demanda. Si se crea demasiado dinero, la población intentará eliminar el exceso comprando bienes o activos. Si la economía está en una situación de pleno empleo, el aumento del gasto o bien incrementará los precios de los productos nacionales o bien provocará un incremento de las importaciones dando un déficit de balanza de pagos que hará que el tipo de cambio se deprecie, aumentando así el precio de los bienes importados. En ambos casos, esta subida provocará una reducción de la cantidad de dinero real disponible. A medida que se compran activos financieros como los bonos, el aumento del precio de éstos reduce el tipo de interés que, a su vez, estimula la inversión, y por tanto el nivel de actividad económica. El aumento de ésta, y por tanto de los ingresos, incrementa la petición de dinero. Así, la demanda total de dinero real se igualará con el exceso de oferta gracias al aumento de los precios (que reduce el dinero real en circulación) y de los ingresos (que potencia la demanda de saldos monetarios). El principal defensor del monetarismo en las últimas décadas ha sido Friedman que postuló que las fuerzas del libre mercado son más eficientes que la intervención gubernamental de fomentar un crecimiento económico estable sin tensiones inflacionistas. Para él la actividad principal del banco central debiera ser aumentar la oferta monetaria a un ritmo constante en vez de desarrollar políticas que implican grandes expansiones o contracciones en la oferta monetaria.
No obstante, la gravedad de las recesiones a escala mundial de principios de los años 80,90, de 2001 y el pánico financiero actual, reflejan la validez parcial de las políticas keynesianas. El monetarismo falló por no haber anticipado el enorme aumento de la velocidad de circulación del dinero por la vertiginosa multiplicación del uso de las tarjetas de crédito, ni la globalización de la economía con el descomunal crecimiento de muchas economías emergentes, ni los movimientos internacionales de grandes flujos de capital, desproporcionadamente dirigidas a EE.UU, y por ni siquiera haber sido fiel a sus propios principios.
Hemos visto entonces que las dos teorías fallaron por su propios excesos o sea por haber sido llevado a extremos imprudentes. En Estados Unidos hay una tendencia de identificar el keynesianismo con los demócratas y el monetarismo con los republicanos, pero nada más lejos de la verdad. El periodo más fructífero del keynesianismo coincide con la época de los años 50 bajo las presidencias republicanos de Eisenhower y su ocaso con las presidencias demócratas de Kennedy y Johnson y la época de la guerra de Vietnam (!), mientras que lo mejor del monetarismo coincide con la época Clinton y su ocaso con la de Bush y la época de la guerra de Irak. O sea, no mezclamos ideologías políticas con teorías económicas. Esta politización ha creado la impresión errónea que las dos teorías son doctrinas antagónicas cuando en realidad hay que considerarlas como complementarias. Son dos herramientas que debieran usarse alternativamente en periodos de tiempo relativamente cortos para afinar y equilibrar continuamente el tejido económico. Más o menos de la misma forma de que un volatinero sobre la cuerda, floja o no, usa ligeros movimientos, ora a un lado ora al otro, de su balancín para mantenerse erguido y no caerse al abismo. El gran error ha sido en cada época a confiar en demasía en la certeza absoluta de cada teoría y continuarla hasta su extenuación sin someterla a ningún chequeo. Es sorprendente que tratamos la salud económica, que es el bien de todos, mucho peor que nuestra salud física ya que estemos habituados a chequeos médicos, sin necesariamente padecer ninguna sintomática, simplemente para asegurarnos que todo va bien o, en caso contrario, tomar las medidas oportunas a tiempo. Esta claro que para los políticos la economía no se merece la misma atención y además no pueden evitar en muchas ocasiones de empeorar las cosas aplicando ingenierías sociales de la manera más tonta. Los subprimes tienen una justificación legal que se remonta a la presidencia de Jimmy Carter cuando se pasó una ley que amenazaba a los bancos con multas si se podía demostrar que no concedieron bastantes hipotecas a los pobres. ¡Una auténtica discriminación hipotecaria positiva!. No tengo constancia de que se haya aplicada alguna vez pero dará a los banqueros locos de los últimos años un argumento perfecto para curarse en salud: "Simplemente hemos cumplido la Ley". Otro ejemplo de lo mismo viene del año ´87, durante la segunda presidencia de Reagan, cuando el Congreso dominado por los demócratas prohibió tajantemente más exploraciones petroleras en aguas costeras y, al mismo tiempo, se estableció una moratorio sobre la construcción de plantas nucleares. Parece que nadie se daba cuenta que las medidas implicaban una auténtica estupidez geoestratégica condenando EE.UU. a una dependencia cada vez mayor de petróleo importado de países de dudosa fiabilidad política. Con la importante subida del precio del crudo a partir de 1999 se empezó una cada vez mayor transferencia de riqueza desde los países occidentales a los países productoras, muchos de ellos demasiado pequeños para poder invertir más que una pequeña parte de este flujo de dinero en sus propios países y el sobrante se convirtió en una enorme masa de liquidez que terminaba por inundar EE.UU. por tratarse principalmente de dólares. Según la teoría monetarista, la Reserva Federal (y otros bancos centrales) tenían que haber restringido fuertemente la oferta monetaria interior y haber aumentado la tasa de interés. Como el problema coincidía con la crisis del 2000 provocado por los puntocoms, se hizo todo lo contrario. Greenspan bajo la tasa de interés al 1% para estimular la economía lo que era comprensible si lo hubiera limitado a un plazo corto. Dejarlo continuar durante demasiado tiempo combinado con un exceso de liquidez, y con la excusa de la ley de Carter sobre hipotecas, creó rápidamente una burbuja hipotecaria subprime y una espiral alcista del precio de las viviendas.
La depresión de los años 30 fue mucho peor de lo que hubiera sido si la administración Hoover y la Fed hubieron reaccionado a tiempo. Hoover trataba de convencer a los americanos que con un poco de optimismo el país se recuperaría rápidamente. Un conservador republicano americano tan iluso como lo fue un socialista español como Zapatero hasta hace solamente un mes. Por lo menos ahora ha habido una gran intervención para salvar el sistema financiero internacional - gracias a al presidente de la Fed, Bernanke, muy versado en la historia de la depresión-, pero hubiera sido mucho mejor si se hubiera hecho hace 15 meses cuando ya existían todas las señales de lo que iba a ocurrir. Como he dicho en otras ocasiones, los primeros indicios se remontan a principios del 2003. En EE.UU. el senador McCain y otros republicanos presentaron a principios de 2005 un proyecto de Ley para aumentar la supervisión de Fannie Mae y Freddie Mac, las dos entidades hipotecarios semipúblicas que con sus compras y avales de las "subprimes" a los bancos ayudaron a calentar el mercado y a crear el desastre bancario. El proyecto no fue tomado en consideración por la oposición frontal de los senadores demócratas bien ayudados por el congresista Barney Frank, presidente del Comité de Servicio Financieros encargado de la supervisión legislativo del sistema bancario, que en un artículo dijo que no había ningún peligro de crisis financiero. Éste es el mismo Barney Frank que después de la aprobación del paquete de salvación, originalmente propuesto por Bush y Paulson, se puso las medallitas de salvador del sistema. Como vemos, la culpabilidad de la crisis está muy repartida. Hay que aclarar que los subprime no eran solamente las hipotecas otorgadas a los "pobres" sino también a compradores de clase media bastante afluentes que pensando que el valor de las casas iba a doblar en pocos años compraban las suyas a precios muy infladas y muy por encima de sus posibilidades financieras. Los subprime no se limitan a hipotecas sobre viviendas de 200-300.000 dólares sino incluyen también otras de 2 o 3 millones. Hubo una locura generalizada. Había que comprar hoy porque mañana la misma casa estaría más cara.
El paquete de rescate está destinado no solamente a reestablecer la confianza en el sistema bancario por parte del público sino también por parte de los bancos entre si. La desconfianza entre bancos - no sabían cuales de sus colegas estaban tocados por activos tóxicos -, secaba totalmente el tejido de préstamos interbancarios esencial para darles en cada momento liquidez suficiente para poder hacer frente a sus obligaciones diarias. Al fin y al cabo los bancos son entidades muy frágiles ya que gran parte de su pasivo tiene plazos mucho más cortos que los vencimientos de sus activos. Mantienen un cierto porcentaje de liquidez que la experiencia y las obligaciones legales han establecidos como necesario para hacer frente a sus pagos diarios, semanales y hasta mensuales, y mantener un equilibrio constante. Como es lógico no funciona a la perfección y el resultado es que algunos días un banco tiene un exceso de liquidez, y lo presta a muy corto plazo a otros bancos, y otras días una escasez de liquidez y entra en el mercado interbancario para tomar préstamos. El equilibrio entonces existe en el sistema bancario como tal en cada momento y no en cada banco de forma individual. La tasa de interés a que los bancos prestan entre sí es el famoso Libor (London Interbank Oficial Rate). Para recuperar este sistema y reestablecer la confianza interbancaria no hubo más remedio que aprobar el paquete de medidas destinadas a absorber los activos tóxicos con dinero público o sea el dinero de los contribuyentes. Muchos se han opuestos a esto no dándose cuenta que el colapso del sistema bancario tendría un precio infinitamente mayor. El problema de los activos tóxicos es que están mezclados con los demás y que no es fácil separarlas. Una vez logrado la separación el impacto de los activos tóxicos puede ser menos grave de lo que se ha pensado ya que en este momento solamente el 4% de todas las hipotecas en EE.UU. son morosas y estos valdrán por lo menos la mitad del valor de sus hipotecas. Por otra parte el fuerte aumento del importe por cuenta bancaria cubierta por los seguros nacionales de depósitos en los distintos países ha prevenido un pánico bancario evitando retiradas precipitadas y masivas de fondos.
Varias semanas antes del pánico bursátil, cuando tanto el índice del Dow Jones como el Ibex 35 estaban en los 11.000, pronostiqué que las cotizaciones iban a bajar mucho más y que se iban a estabilizar alrededor de los 9000. Este ha ocurrido más rápido de lo que había anticipado con bajadas muy por debajo de esta cifra antes de la aprobación de las medidas de rescate, para gracias a éstas, y una vez curado el pánico bancario, subir de nuevo por encima para bajar otra vez por miedo a la recesión, y a partir de allí demostrar cierta volatilidad alrededor de los 8500. Las bolsas están todavía casi un 40% por encima de su nivel de arranque del 2002 pero ya hay muchas valores apetecibles con PER´s inferiore a 6, y, mientras que los miedosos siguen vendiendo, los profesionales ya empiezan a comprar. Lo que siempre me ha divertido es como los mercados exageran las pérdidas monetarias de las bajadas bursátiles día a día. Hablan de miles o hasta decenas de miles de millones de pérdidas a base de multiplicar todas las acciones en el mercado por el índice general en cada momento o, en el caso de un valor en particular, por su cotización. Olvidan decir que se trata de pérdidas virtuales ya que para poder calcular las verdaderas pérdidas sufridas hay que saber el precio medio pagado por los tenedores, un precio muchísimo más bajo que las cotizaciones máximas del mercado. Probablemente hay pérdidas en términos reales y globales - la situación de cada inversor individual es otra cosa y que puede variar entre todavía estar ganando un 40% por encima de la cotización del 2002, o haber perdido un 35% desde los 14.000 puntos de hace 15 meses -, solamente por debajo de los 10.000 puntos. Igualmente engañosas son las ¿capitalizaciones? bursátiles - que tienen poco que ver con el valor real de las entidades -, de las que se vanaglorian los presidentes de las grandes compañías cuando las cotizaciones son exageradamente altas y, por lo tanto, las compañías sean supervaloradas, para dejar de mencionarlas cuando la caída de la bolsa las conviertan en igualmente infravaloradas. Quizás habrá que cuestionar una de las vacas más sagradas de nuestra economía del mercado: la ley de la oferta y la demanda. Según esta ley los precios de mercado de los bienes y servicios se determinan por la intersección de la oferta y la demanda. En teoría, cuando la oferta supera la demanda los productores deben reducir los precios para estimular las ventas; de forma análoga, cuando la demanda es superior a la oferta, los compradores presionan al alza el precio de los bienes. En la economía real, con ciertas excepciones, esta ley es traicionada con sorpresiva frecuencia. Por ejemplo los agricultores han tenido a través de los siglos una defensa contra las malas cosechas por el aumento del precio de sus productos por la menor oferta y de esta forma tuvieron año tras año unos ingresos más o menos estables. Hoy en día, en nuestra sociedad moderna y cada vez más globalizada, la repuesta a una mala cosecha es interferir en la oferta local con una importación masiva que deja a los granjeros con el culo al aire sin que la importación en cuestión ni siquiera beneficie a los consumidores sino solamente a la intermediarios. Podemos multiplicar el ejemplo por miles. Donde sí la ley de la oferta y de la demanda reina de forma casi totalitaria es en los combustibles y en la bolsa con, en muchas ocasiones, resultados nefastas. Hemos visto que con una demanda solamente un 2% superior a la oferta, el precio del crudo se disparó hace pocos meses hasta los 147 dólares/barril, mientras ahora, con una pequeña retracción de la demanda en no más de un 5%, el precia ha bajado a menos de la mitad y sigue bajando. De igual forma en momentos de euforia el alza de la bolsa es totalmente desproporcionada con el crecimiento de la económico real, mientras que en momentos de una ligera depresión las bajadas son igualmente exageradamente asimétricas. Me pregunto si no se debiera considerar algunas medidas correctoras - por ejemplo limitando las tendencias especulativas -, para evitar estas oscilaciones extremas que tienen un efecto negativo y son, por lo menos en parte, culpables de los ciclos económicos.
Es interesante que hace más de diez años economistas keynesianos consideraban que para que el keynesianismo volviera a estar en boga habría que aplicarlo a escala internacional. Consideraban que la globalización de la economía mundial y sobre todo la desaparición de los controles a los movimientos internacionales de capital, limitarán la aplicación de políticas keynesianas en un solo país. Éstas tendrían que aplicarse de forma coordinada en las ocho o diez mayores economías mundiales. O sea, lo que actualmente está de cierta forma ocurriendo cuando los paquetes de ayuda acordados en Europa son ya más extensos que los en EE.UU. Se está comentando mucho que la intervención actual significa el fin del capitalismo y del mercado libre. Una auténtica tontería ya que el capitalismo puro y clásico murió durante la Depresión y desde entonces hemos vivido en un sistema de economía mixta con más o menos intervención pública según la época.
Ahora que los políticos han dejado escapar al caballo del establo quieren cerrar la puerta con mil candados en forma de más agencias reguladores y más intervención gubernamental. La cuestión es que ya hay más que suficientes o hasta demasiadas. En todos los países occidentales tanto el mercado, los bancos, las bolsas y las compañías son supervisadas por lo menos por 6 o 7 agencias reguladoras que, lógicamente, solamente supervisan o regulan su cometido y por lo tanto tienen una visión muy limitada de la realidad financiera. Lo que hace falta es mucho más integración entre ellas para que en cada momento las autoridades puedan tener una visión global de la situación. Pero ni siquiera la visión parcial de las agencias ha sido decisiva. Lo que ha creado la situación actual ha sido que las agencias en cuestión no ha cumplido ni remotamente sus obligaciones legales y reglamentarias. No se saben muy bien si esta falta de funcionamiento ha sido por corrupción, por desidia, por vagancia, o simplemente por estar dormido, pero está claro que este defecto no se resuelva creando más agencias sino con una supervisora de las supervisoras, o sea un guardián que nos protege de los guardianes. Hay suficiente legislación lo que falta es aplicarla concienzudamente de forma neutral y sin ninguna politización.
Parece que si Obama ganase la presidencia en EE.UU., vamos a entrar en una falsa época keynesiana, o sea una época de más intervención pública sin aplicar el verdadero remedio contra la recesión que el keynesianismo define como una fuerte reducción en los impuestos para estimular la demanda. Obviando la retórica y las promesas, hay muchas indicaciones que una administración demócrata haría justamente lo contrario o sea un fuerte aumento fiscal, tanto individual como corporativo, conjunto a un igualmente fuerte aumento del gasto público. Esta política puede llegar a ser mucho más radical de lo deseado por el propio Obama si los demócratas lograsen una mayoría muy holgada en el Congreso y el Senado por culpa de la crisis económica, algo verdaderamente irónico considerando que ésta es mucho más atribuible a los demócratas que a los republicanos. Históricamente el país ha funcionado mucho mejor cuando el ejecutivo y el legislativo han sido de distinto color político y se ha ido por los cerros de Úbeda cuando los dos han coincidido en manos del mismo partido con consecuencias negativas para la economía. No veo a Obama vetar leyes aprobadas por un legislativo dominado por demócratas.
Volver a Þ POLÉMICA
ã 10/2008