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MEMORIA HISTÓRICA: FALSIFICACIÓN E HIPOCRESÍA I

El conocimiento de la historia es importante no solamente como bagaje cultural fascinante sino también por ser la principal forma de aprendizaje que tenemos para no repetir los errores del pasado. Por esta razón hay que estudiar e investigar los hechos históricos desapasionadamente, de forma objetiva y con todo rigor posible. Durante la Transición parecía que todos los partidos políticos, incluido nacionalistas, comunistas y socialistas, habían aprendido esta lección básica y hubo un consenso, por lo menos mínimo, de dejarse de acusaciones mutuas y mirar hacia el futuro. Lo malo era que socialistas y comunistas nunca aceptaron verdaderamente que ellos eran tan culpables como los militares de la Guerra Civil. 

Todo el consenso para dejarse de batallitas, aceptar el pasado como un mal sueño, aprender de los errores cometidos y forjar hombro a hombro un futura mejor, quedó de repente olvidado con la llegada de Zapatero a la Presidencia del Gobierno. Al principio la introducción del rencor y resentimiento se quedó limitado a la introducción del "abuelismo", con la continua mención del abuelo Lozano como víctima del franquismo. Un elemento peligroso no solamente porqué el abuelo de Aznar fue condenado a muerte por los dos bandos - esto si es distinción - pero además por el hecho de que todavía hay bastantes españoles con dos abuelos que lucharon en bandos opuestos y perdieron la vida durante la Guerra Civil a manos del enemigo, o, peor todavía, a manos de su propio bando como ocurrió con muchos anarquistas y militantes del POUM.   ¡Cuidado con la memoria y con los abuelos!

También hay que tener mucho cuidado con los padres propios y los padres de los demás. Una de las cosas más asombrosas de los últimos treinta años ha sido la demostración de hasta que punto muchos de los políticos izquierdistas y nacionalistas son simbólicamente "nietos de Franco" o, mucho peor, de José Antonio Primo de Rivera. Tanto Felipe González y su mujer Carmen Romero como Alfonso Guerra y Arzalluz son hijos de franquistas convencidos. Barrionuevo es de una familia ultracarlista. Polanco era un sumiso editor del Movimiento y su brazo derecho, Cebrián, director de los informativos de TVE durante la última etapa del franquismo. De igual forma nos sorprende que también el padre del terrorista de Juana Chaos era un conocido médico falangista y el padre de nuestro reciente Ministro de Justicia marxista, Fernández Bermejo, un devoto franquista. Cuando Bermejo dice: "Antes tuvimos que luchar contra los padres y ahora nos toca luchar contra los hijos",¿ a que padres e hijos se está refiriendo? ¿ Y el cambio de bando de todos los personajes aludidos ha sido simplemente el resultado de rebeldías generacionales o de un cambio táctico de etiquetas, para que cambiando aparentemente todo, todo siga siendo igual?

Para hablar de memoria histórica no nos podemos limitar a la República, la Guerra Civil y la dictadura franquista sino que tenemos que ampliar el panorama a todo el siglo anterior. En España el Siglo XIX empezó, después de una larga crisis del Antiguo Régimen - no en sentido cronológico sino en el sentido de un profundo cambio de actitudes, de un cambio de una era absolutista a otra más o menos liberal democrático -, con la muerte de Fernando VII en 1833 y terminó en 1936 con el comienzo de la Guerra Civil, de igual forma, pero con 20 años de retraso, como el Siglo XIX en Europa había terminado con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. La nueva era lo tuvo crudo desde su inicio. La sucesión isabelina era legal según la ley española vigente (la Pragmática Sanción) pero ilícita según la tradición dinástica Borbón, discrepancia que daba lugar a más de 40 años de guerras carlistas o más bien de una larga guerra civil intermitente (vea: Carlismo). 

Con el cambio de era el carácter español, que bajo el absolutismo no había sido ningún inconveniente ya que el sistema permitía que el español era tan rey absoluto en su casa como el Rey lo fue en el país, demostraba sus inconveniencias para un régimen más o menos democrático. El español ha sido siempre ultraindividualista, dado por considerar al individuo el criterio principal, si no único, de todo. Nunca se ha considerado ni súbdito, ni ciudadano, sino por encima de todo un hombre. Su personalidad alterna entre dos polos extremos, lo individual y lo universal, olvidándose de todo la zona intermedia donde justamente se sitúa la sociedad cívica y política. Por instinto el español es contrario a todo lo que limita su propia libertad y por lo tanto es anti-coperativo por esencia.  

"En lo político el español tiende a juzgar los acontecimientos con criterio dramático, libre de toda consideración práctica, y de aquí resulta que conceptos políticos, económicos y sociales, y hasta la libertad y la justicia, pesan mucho menos que el Pérez o el Martínez que ha de encarnarlos" (de Madariaga).

Por las mismas razones el patriotismo español también es fruto de su individualismo. El español no pertenece a su país sino su país le pertenece a él. Mientras que para él la existencia de España es un hecho obvio y por lo tanto él es español por definición, su verdadero "patriotismo", su verdadero amor, se relaciona más con su pueblo y su región que con su patria. Por otra parte, en su extremo afán de libertad, el individuo español se niega a aceptar restricciones e influencias ajenas y como resultado tiende tanto al autoritarismo como al anarquismo. Son las dos caras de la misma moneda e íntimamente entrelazadas. Como el anarquista es tan autoritario como el que más en su propio círculo familiar y al mismo tiempo el autoritario exalta su propia libertad en detrimento de la de los demás, habrá que adjetivar los dos conceptos y hablar de anarquismo autoritario y de autoritarismo anárquico. Los dos conceptos han impedido durante todo el siglo XIX y parte del siglo XX la formación de un tejido social coherente y han llevado inevitablemente a los dos cánceres que España ha padecido durante el periodo en cuestión: dictadura y separatismo. 
Mientras que todos los españoles comparten en cierta medida estas dos pasiones, la inmensa mayoría tienen también un marcado sentido común que bien encausado podía haber evitado el descarrío de la sociedad. Desgraciadamente la minoría que representaba el carácter español en su más pura y más extrema esencia, probablemente no más de un 15%, divida por igual entre los dos polos opuestos, se impuso sobre los demás. Aquí tenemos el verdadero sentido de las dos Españas: una minoría de exaltados - muy representativa entre los políticos - fastidiando la vida de los cuerdos; una mayoría atrapada entre libertarios y liberticidas. 

 En la nueva Era estos dos sentimientos nacidos del mismo tronco florecieron vigorosamente. En el periodo entre la sucesión isabelina y el fin del Sexenio Democrático, o sea el periodo de una revolución burguesa imperfecta, los poderes militar y civil se alternaban en el gobierno del país y "militares políticos" - Espartero, O´Donell, Narváez, Serrano, Prim - tomaban el liderazgo político al frente de los principales corrientes políticos, el liberalismo progresista (moderado) y el moderado (conservador). El periodo cuenta con nada menos que 5 constituciones si incluiamos el Estatuto Real de 1834 (1845,56,69 y el nonato del ´74).Los primeros tres coincidían en establecer un sufragio censitario o restringido - que prácticamente limitaba la participación popular en la vida pública a un escaso 20% de los varones - y menos que constituciones fueron panfletos ideológicos y  programas políticos de los partidos en el poder en el momento de su proclamación; de ahí su casi nula vigencia al arbitrio de la coyuntura política.
Hay dos hechos principales que a la larga ayudaron a envenenar el ambiente político del futuro: la desamortización de Mendizábal y
el centralismo asumido en la estructuración territorial del Estado.
 Con el primero
se procedió al sistemático despojo patrimonial de la Iglesia y pretendía la formación de la propiedad libre, plena e individual, coherente con el sistema liberal que permitiera maximizar los rendimientos y el desarrollo del capitalismo en el campo. La venta de los bienes confiscados se efectuó, en general, a través de la subasta al mejor postor. Sus objetivos fueron de una parte obtener de esta forma el apoyo de los nuevos propietarios a la causa liberal y al mismo tiempo debilitar el poder económico de sus enemigos, mientras que de otra parte se aseguraba los fondos necesarios para financiar la guerra contra los carlistas. Para cumplir el objetivo político de consolidar la causa liberal, la venta - un 25% del territorio nacional - se restringía a los miembros de la burguesía (comerciantes, hombres de negocios y miembros de las profesiones liberales) quienes capitalizaron las fincas más preciadas y de mayor extensión. Por el contrario, tanto el campesino pobre como el colono no tuvieron acceso. Se creó por lo tanto una clase nueva de propietarios agrícolas (ausentes), no vinculados al campo, la cual, contrario a lo que había pasado con la Iglesia, estaba más interesada en la explotación del campo que en el bienestar del campesinado conque los futuros conflictos agrícolas estaban servidos.  
El segundo, el centralismo a ultranza, era contrario al hecho diferencial español y partidario del modelo uniforme francés tan ajeno a la experiencia española. Equiparar y confundir unidad con uniformidad fue un rasgo típico del liberalismo doctrinario español decimonónico, responsable de futuros conflictos separatistas. 

La sublevación militar de 1868 llevo en pocos días a la reina al exilio en medio de una gran expectación. Era el resultado del desprestigio de la clase política y de la propia Isabel II, la cual siendo psicológica y emocionalmente una eterna adolescente malcriada, había intervenido demasiado en la vida política- gracias a una serie de constituciones que daban demasiado poder de intervención al monarca - dando ora su favores - en todos los sentidos-, a unos, ora a otros. Las expectativas generadas se convirtieron rápidamente en incertidumbre ya que "la Gloriosa" había juntado personajes con ideas muy diferentes sobre como solucionar los ancestrales males de la patria. Prim defendió una monarquía democrática siguiendo el modelo inglés mientras que Pi i Margall optase por el republicanismo francés.       

No es de sorprender entonces que el Sexenio Revolucionario (1868-1874) presentó una política zigzageante; regencia del General Serrano, monarquía democrática de Amadeo de Saboya, y al fin una república de tinte federal, unitario y presidencialista. Las tres etapas fracasaron por el viejo vicio español; la imposibilidad de los políticos de colaborar entre sí explica el fracaso de este primer intento por consolidar un estado democrático y de derecho en España. Teóricamente sabían ponerse de acuerdo como demostró la Constitución de 1869 - la primera en proclamar el sufragio universal masculino, la libertad pública y privada de culto, y otros derechos fundamentales como los de reunión y asociación - pero en la práctica la política seguía siendo una merienda de negros (con perdón para los subsaharianos).   

La renuncia  al trono de Amadeo en febrero de 1873 supuso la paradoja de que unas Cortes mayoritariamente monárquicas votaran, en un alarde de pragmatismo, la instauración de un régimen republicano. No obstante este pragmatismo coyuntural, no se logró una estabilidad parlamentaria, ni traspasar el umbral de una revolución teórica. Por el contrario, la radicalización y el mesianismo revolucionario de los más exaltados cristalizaron en la revolución cantonal, fruto de frustraciones  regionales, sociales y políticas. En menos de un año la joven república gastó y desgastó cuatro presidentes y el último, Castelar, fue depuesto por un pronunciamiento militar que devolvió al poder a Serrano no como padrino de la libertad democrático como en el ´68, sino como dictador militar para socorrer al país de si mismo. Como dijo Castelar, exasperado, años después: "Que bonita es la república bajo un régimen monárquico".  

Con la proclamación de Alfonso XII como rey de España, por parte del general Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874, empezó la Restauración. En verdad, con Alfonso XII, se debiera haber tratado de un cambio dinástico ya que si en el pasado Carlos I (V) fue considerado Habsburgo y no Trastámara no se entiende muy bien por qué Alfonso fue considerado Borbón y no Asis. Con el lógico cambio dinástico la Restauración hubiera sido una Instauración lo que quizás hubiera ayudado a un cambio de mentalidad. Pero no hubo nada de esto. Los dos grandes políticos durante la próxima generación fueron Cánovas y Sagasta, el primero un pesimista de la condición española, el segundo de la condición humana, y entre los dos, con los mejores intenciones, corrompieron la vida política hasta niveles nunca alcanzados antes. Se hizo en 1876 una Constitución moderadamente conservadora en la cual se potenció de forma explícita el papel de la Corona - dando al monarca excesivas atribuciones especialmente como árbitro entre partidos - y la confesionalidad del Estado, al tiempo que se establecía un limitado sumario de derechos y libertades. Fue votado para gobernar "por encima, por debajo, alrededor y a través de ella", creando una ficción que rápidamente se convirtió en una descomunal comedia. Para asegurar la paz interior y evitar tensiones políticas los dos lideres  llegaron a un pacto tácito de turnismo donde los dos partidos principales se convirtieron no en alternativa política sino en alternancia preestablecida. Para este fin Cánovas había organizado el partido Conservador que integró a moderados, unionistas y progresistas desengañados y ayudó a Sagasta a formar un nuevo partido liberal - conglomerado de antiguos partidos revolucionarios (constitucionales, radicales, demócratas) -  el Partido Liberal Fusionista. Fuera de estos partidos quedaban aquellos que no reconocían a la monarquía encabezada por Alfonso XII: carlistas, republicanos, socialistas y anarquistas. Estos tuvieron solamente una cosa en común: su oposición frontal a la monarquía liberal lo que llevó a cierta complicidad entre los movimientos obreros y el carlismo, una complicidad que posteriormente tuvo su continuación en la colaboración entre socialistas y separatistas durante las primeras décadas del siglo XX. 
En el plan internacional el país se encontró involucrado
en la expansión imperialista y la redistribución colonial, y en la guerra hispano-estadounidense del 98 terminó por perder los restos del viejo imperio de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) lo que sumió al pueblo en una profunda depresión de deshonor patria, el ‘Desastre’ por antonomasia. El impacto en la sociedad española, aparte del económico y financiero, provocó una profunda autocrítica sobre las causas del desastre y múltiples reflexiones sobre las medidas para el saneamiento y la erradicación de los problemas estructurales de España. El movimiento regeneracionista que surgió bajo el eslogan: "Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro de El Cid", logró considerables éxitos culturales y económicos pero no tuvo mucho acierto en el campo político. 

Todo esto  coincidió con la desaparición de los profetas del turnismo, el inicio de la crisis de los partidos dinásticos incapaces de conectar los problemas reales del país con los problemas internos de sus propias estructuras partidistas, la mayoría de edad (16 años!) y la coronación de Alfonso XIII en 1902. Este heredó una monarquía en la cual la Corona se reservaba demasiadas prerrogativas incluyendo el control del poder ejecutivo - con el nombramiento y cese del gobierno - y del legislativo con la disolución de las Cámaras y la sanción y promulgación de las leyes. El Rey era una hombre inteligente y un político nato, probablemente el mejor de su generación, y si no hubiera sido Rey no hay duda que hubiera dejado su huella en la política nacional o, por otra parte, si hubiera nacido 150 años antes hubiera podido ser un gran monarca absolutista ilustrado, pero para los tiempos que corrieron lo peor que le pudo pasar a España era un político coronado. Igual que hoy en día muchos presidentes de clubes de fútbol - todos entrenadores frustrados - exigen de un nuevo entrenador resultados inmediatos y si estos tardan en producirse le echan a la primera oportunidad, así el rey también exigía resultados rápidos de regeneración de sus gobiernos y les sustituía por pura impaciencia. La inestabilidad de los gobiernos  contribuyó al agotamiento del juego político de la Restauración por el hundimiento de las principales señas de identidad del sistema. Canalejas, el único político liberal con capacidad de liderazgo que hubiera podido evitar el camino hacia el desastre, fue asesinado en 1912. 

Durante este periodo, que abarca desde la coronación de Alfonso XIII hasta la dictadura de Primo de Rivera en 1923, hubo una serie de acontecimientos que condicionaron fuertemente la historia posterior.    

La crisis de 1917, una compleja revolución militar, burguesa y proletaria que estuvo a punto de hacer saltar por los aires la monarquía alfonsina, concluyó con la cesión del poder civil ante las imposiciones militares. Las presiones de las Juntas de Defensa sobre un ejecutivo impotente, acarrearon una imparable militarización de la vida pública, lo cual produjo la definitiva descomposición del sistema de la Restauración, y desembocó en 1923 en la dictadura de Primo de Rivera. Ésta trajo consigo el final de la vigencia de la Constitución de 1876, que había sido el eje legal de un régimen que desapareció definitivamente en 1931, con la proclamación de la II República.

 

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