Imprimir

FRANCIA: ESQUIZOFRENIA ELECTORAL

Los resultados de la primera vuelta de las presidenciales del 21 de abril han dado lugar a un sinfín de lamentaciones, descalificaciones y catastrofismos exageradas y casi esquizofrénicas.  En la Libération, Serge July se dedica al "horribilísimo" y Jean-Michel Thenard al "cataclismo" lo que confirma las dudas existentes sobre sus capacidades de análisis. Después de toda esta flagelación "político-masoquista" lo sorprendente es que  poco ha cambiado, en términos generales, en comparación con las elecciones del año'95. Es obvio que Le Pen le ha quitado el segundo puesto a Jospin, pero debería ser igualmente obvio  que esto solamente ha podido ocurrir por haberse presentado tres listas socialistas diferentes gracias a la soberbia egocentrista de Chevenement y Christiane Taubira que entre los dos le quitaron a Jospin el 7,6% de los votos. Si no hubiera sido por esto, Jospin hubiera ganado la primera vuelta confortablemente, con casi el mismo porcentaje  que obtuvo en 1995.  

Ni siquiera el equilibrio de fuerzas ha cambiado sustancialmente. La izquierda global (dividido en 8 listas)  obtuvo en la primera vuelta del '95 el 40.56 de los votos, y en el año presente, el 42,3%. El centro- derecho (dividido en 7 listas) por su parte, obtuvo en el '95, el 39.42% y  este año, el 37,76%. Le Pen obtuvo en 1995 el 15%  y si a este añadimos el 4.74% obtenido por de Villiers (oficialmente disfrazado de liberal), el resultado total de la "ultraderecha" fue un 19,74%, ligeramente superior al 19,2% de este año (la suma del 16,86% de Le Pen y el 2,34% de Megret). 

Si antes he entrecomillada la palabra ultraderecha no lo hize a la ligera, sino a propósito ya que el término es altamente sospechoso. Por sentido común la ultraderecha debería ser un movimiento derechista antidemocrático prepotente, de estos que han sido tan predominantes en Hispanoamérica, algo así cómo  un partido de terratenientes apoyado por el ejército, o a nivel europeo el partido de Berlusconi en Italia . La supuesta ultraderecha europea no tiene nada que ver con esto, muy al contrario, partidos como el fascista italiano, el nazi alemán, la falange española,  el populaire francés (de entreguerras), y otras en la Europa oriental de los años treinta, fueron todos derivados totalitarios del socialismo, y su única diferencia aparente con el comunismo fue su rabioso ultranacionalismo y "patrioterismo". Si la mayoría de estos partidos fueron primos y, en algunos casos, hasta primos hermanos del comunismo - hubo antes de la Guerra Civil un constante transvase entre el PCE y la Falange - el Parti Populaire francés era hermano gemelo, ya que nació en 1934 de una escisión del Partido Comunista Francés (PCF) y era por lo tanto un partido obrerista con liderazgo pequeñoburgués. El poujadismo de los años 50 fue un clono del Parti Populaire como lo fue después  Tixier-Vignancourt (1965) y ahora el FP. Fueron los comunistas que, con el apoyo de todo la progresía, pusieron la etiqueta de "ultraderecha" a todos estos partidos con la esperanza de quitarles el voto obrero. Pero no solamente esto, el alto nivel de violencia de la otra ultraizquierda, la comunista, la trotskista y la anarquista es sistemáticamente silenciada y atribuida a grupos incontrolados, radicales o jóvenes inmaduros.

El crecimiento del FP no es obra de Le Pen sino del maquiavélico Mitterrand que cuando llegó al poder empezaba, poco a poco, a promover al FP dándoles todas las facilidades mediáticas imaginables y haciéndoles el impagable favor de cambiar el sistema electoral, de mayoritario a proporcional, asegurándoles de esta forma su entrada en el Parlamento. La idea de Mitterrand - manipulando los conceptos ya que él mismo empezó su militancia en un partido protofascista en los años treinta - era  dividir la "derecha":"Tenemos el mayor interés en promover al FN, porque hace inelegible a la derecha. Cuanto más fuerte sea el Frente, más invencibles seremos. Es la oportunidad histórica de los socialistas"(sic). A los socialistas, o por lo menos a Mitterrand, no les importaba  entonces  crear un monstruo, si de esta forma se aseguraron el poder. Como es sabido el experimento fue un fracaso. El FN logró quitar muy pocos votos a la derecha democrática, pero tuvo un enorme éxito en los barrios obreros donde hasta entonces el PCF tenia su feudo. El monstruo creado por Mitterrand no mermaba a la derecha sino a los comunistas, los socios de coalición del Partido Socialista (la manipulación se convierte en muchos casos en una auténtica bomba de relojería). En las elecciones presidenciales de 1974, Le Pen había obtenido un miserable 0.75% de los votos y el comunista Marcháis el 15,35%; 28 años más tarde la relación se ha prácticamente invertida, y el brillante invento de Mitterrand ha ayudado mucho a apartar a su sucesor de la carrera presidencial y a terminar con su futuro político.

 El abucheo con que el Parlamento Europeo recibió a Le Pen demuestra hasta qué punto los partidos clásicos han perdido los papeles. Por desagradable que sea el personaje, la culpa de su ascensión, y de otros de su calaña en casi todos los países europeos, es exclusivamente de ellos por haber sido corruptos manipuladores del sistema democrático que solamente han defendido de boquilla. Son como Boabdil; también ellos están llorando por la pérdida de valores que no han sabido o ,mejor dicho, no han querido defender. Lo preocupante de las lecciones francesas no es la moderada ascensión de Le Pen sino la eclosión de la otra ultraizquierda, lo trotskista que ha literalmente barrido al PCF. Si a los votos de los 3 partidos trotskistas - el 11,56% - añadimos los de Le Pen, Megret y algunos otros, vemos que más de la tercera parte de los votantes se han inclinado por partidos autoritarios, antidemocráticos y antisistema. El resto está divido más o menos a partes iguales entre la izquierda plural  que sostenía al gobierno (socialistas, radicales, comunistas y verdes) y la derecha ( neogaullistas, centristas, neoliberales, etcétera), los dos movimientos que conjuntamente forman el sistema francés supuestamente no-autoritario y democrático. Lo de no-autoritario es un decir, ya que los dos tienen en su historia reciente personajes tan emblemáticamente autoritarios como de Gaulle y Mitterand. También hay que poner en duda su esencia democrática si consideramos que el origen de la democracia occidental fue la lucha por el control de la capacidad de imponer impuestos - y por lo tanto administrar el dinero público - entre los reyes absolutistas y los "representantes" del pueblo. Por lo tanto la corrupción política financiera (desmesurada bajo Mitterand, y algo menos con Chirac) habría que considerarlo, por definición, cómo el hecho más antidemocrático imaginable. Esta corrupción existe a dos niveles, por una parte el enriquecimiento personal y por otra parte la financiación de los partidos con vistas a las campañas electorales convertidas cada vez más en circos mediáticos, en puras manifestaciones teatrales, populistas y demagógicas. 

La fuerza electoral de la izquierda plural reside básicamente en  los funcionarios de estado y en los obreros semi-funcionarios de las empresas públicas (y sus familias), y casi todos los que viven del erario público. No es de sorprender entonces que "las 35 horas" llevaron a Jospin a la victoria en las legislativas del '97. Y menos sorprendente todavía  que la principal plataforma de los trotskistas es la toma de las fábricas, la nacionalización de la economía y la salida de la Unión Europea. Alors, ¡todos a vivir del presupuesto del Estado!, algo que tuvo tan "buenos" resultados en la USSR y lo sigue teniendo en  Castrolandia. Claro que la burocratización tiene una larga tradición en Francia, hasta el extremo que casi todos sus principales políticos son graduados de la Alta Escuela de la Administración (ENA) supuestamente el sumo de la educación francesa. 

El descontento bastante generalizado con los partidos principales de la izquierda y de la derecha  ha sido hábilmente explotado en parte por los trotskistas pero especialmente por Le Pen. La crisis del sistema tradicional ha tenido como resultado que el 38% de los parados, el 30% de los obreros, el 20% de los agricultores y el 19% de los artesanos y pequeños comerciantes han votado por él. Le Pen es un personaje bastante singular; por un lado es un borracho pendenciero, violento, machista y xenófobo  y por otra parte un hombre posgraduado muy inteligente considerado el mejor orador parlamentario del país. De allí que su programa electoral es un compendio de promesas para todos los gustos;
Preferencia de empleo para los franceses para captar los parados,
Subsidios y ayudas para el pequeño agricultor,
Aumento de sueldos para el obrero,
Abolición de la Comisión Europea para los euro-escépticos y los chauvinistas,
Reforzar la defensa y mejorar las condiciones del ejercito para contentar a militaristas y militares,
La Gloire de la France y el antiamericanismo, conceptos tan queridos por gran parte de los franceses,
Lucha contra la inseguridad callejera para aprovecharse de la preocupación principal de la población,
Posicionamiento frontal contra la inmigración ilegal, etcétera. 

Como vemos una potente mezcla de ultra izquierdismo, ruralismo, chauvinismo y ¿xenofobia? Su antisemitismo lo es en su sentido verdadero ya que aparentemente es tan anti-judío como anti-árabe, si a los beréberes argelinos se les podemos llamar árabes. El lo niega tajantemente y sostiene que no es tanto anti-judío como anti-israelí, no tanto anti-árabe como anti-árabe "malo" (sic). Su posición ha tenido un sorprendente éxito y ya hay muchos inmigrantes magrebíes que han empezado a darle su voto. Estos árabes integrados de segunda generación (beurs) se consideran franceses por encima de todo y se quejan de que, aparte de Le Pen, nadie está dispuesto a echar al "árabe malo", el ladrón, el violento y fundamentalista. No solamente cosecha votos magrebíes, sino los argelinos han entrada hasta en la estructura del FN; ¡el secretario provincial en Marsella es de origen argelino!  Más sorprendente es que Le Pen también tiene defensores y votantes judíos. Según éstos, los hechos antisemitas que están ocurriendo en Francia son obra de fundamentalistas islámicos y que Le Pen es el único dispuesto a meterse con ellos.

Además de los puntos del programa electoral de Le Pen antes mencionados hay dos otros que demuestran la astucia del personaje. El primero es su pretensión de despolitizar los libros de texto en los colegios, un deseo compartido por la derecha clásica, harto de que la progresía se ha apoderado desde tiempos de Mitterrand de la enseñanza pública y ha manejado los libros de texto a su antojo. Claro, nos quedaremos con la sospecha de que si Le Pen llegase al poder, despolitizaría estos textos hasta el extremo de prohibir cualquiera mención de nuestros valores democráticos más básicos, con lo cual la educación francesa habría caída desde la sartén directamente al fuego. El segundo punto es la proposición de crear un tipo de democracia directa con el uso de referendos para ratificar todas las temas de interés nacional, algo que toque las sensibilidades del electorado y  de que los partidos del sistema siempre han huída espantados. La proposición es totalmente maquiavélica y una auténtica bomba de relojería ya que hay fundadas sospechas de que si los referendos tipo suizo hubieron sido la norma, Francia no hubiera aprobado "Schengen", ni "Maastricht", ni hubiera aceptado el Euro.

Como hemos visto el éxito de Le Pen es el resultado de ofrecer algo para todo el mundo, de ser la fusión de todas las marginalidades, de todas las protestas. Definirle simplemente como otra fascista es demasiado fácil, y  más que una explicación de un fenómeno preocupante es una excusa para ocultar las propias culpas. Acusar a Le Pen de los malos de Francia es tan insensato como confundir sintomática y patología. Le Pen es nada menos que la prueba de que el sistema político francés está gravemente enfermo, una enfermedad que comparte con otros países europeos y que es producto directo de la corrupción, el nepotismo y la inmoralidad de las cúpulas dirigentes de los grandes partidos. No hay que sorprenderse de que en un país cuyo héroe nacional sigue siendo el tal Napoleón - uno de los tiranos más nefastos de la Historia - mucha gente, especialmente la menos preparada, se apunta a remedios autoritarios. 

¿Ha hecho la clase política francesa alguna autocrítica de sus errores? ¿ Ha prometido alguna enmienda de sus desastrosas políticas que han llevado a uno de cada tres franceses a votar a partidos extremos? ¿ Ha hecho algún propósito público de regeneración ética y moral, algún  compromiso de luchar contra la corrupción, algún plan contra la inseguridad ciudadana y la inmigración ilegal? Nada de esto, izquierda y derecha se han limitado, como si fuesen  clones del mismísimo Le Pen, a izar la bandera del patriotismo, el último refugio de los bribones, limitándose a juntarse en una falsa unanimidad para defender sus buenos puestos y sus buenos sueldos. Y a lamentarse de nuevo si en las elecciones legislativas de junio - a la vuelta de la esquina - Le Pen y los trotskistas aumenten todavía más sus votos. Claro que para la izquierda votar a Chirac es más sencilla de lo que parece, la política de este supuesto conservador siempre ha sido más neosocialista que liberal.

Si en los años veinte los diferentes fascismos surgieron como respuesta demagógica y populista a las condiciones de hiperinflación de la  posguerra, su versión moderna se basan en el euro-escepticismo, la guerra a la inmigración, la seguridad y el nacionalismo. Le Pen  está momentáneamente en el centro de la atención, pero hay bastantes más  países occidentales prósperos en donde el neofascismo no solamente está ganando terreno sino hasta se ha instalado en el gobierno. En Italia la derecha/ultraderecha de Berlusconi se ha juntado en un doble matrimonio diabólico con la Liga Norte de Bossi (en italiano las palabras liga y fascio fueron sinónimas al principio del siglo pasado) y la neofascista Alianza Nacional de Fini (¡viceprimer ministro!). En Austria tenemos los "liberales" de Haider como parte de la coalición gubernamental. En Alemania los neonazis también ganan adeptos y en la parte flamenca de Bélgica, el Bloque Flamenco (Vlaamse Bloc) ya es la segunda fuerza política y hasta la primera en algunas localidades incluyendo Amberes. Más sorprendente todavía es el protagonismo que las alternativas fascistas están tomando en Holanda y Dinamarca. En el primero, Pim Fortuyn, un epígono de Le Pen, está subiendo como la espuma (lo que demuestra que la política ultra-tolerante con los inmigrantes de los últimos treinta años en Holanda empieza a crear grandes resentimientos, vea: Inmigración en Holanda). En Dinamarca, un partido antieuropeo y racista, el PPD, ya ha logrado instalarse en la coalición gubernamental. 

En la segunda vuelta de las presidenciales de Francia, el 5 de mayo, vamos a poder analizar si el voto de Le Pen se basa en gran parte en una simple protesta, una llamada de atención, o si es verdaderamente un voto cautivo. Si logra obtener más de cinco millones y medio de votos ( combinando los suyos con los de Megret) podemos hablar sin ninguna duda de un voto real. Uno de las razones de la subida de personajes como Le Pen es la pérdida, cada vez más acentuada, de las diferencias ideológicas entre los grandes partidos. La cohabitación en Francia de un presidente supuestamente conservador y un primer ministro supuestamente socialista ha dado a muchos votantes la impresión de que son tal para cual. Como el resultado de los actuales elecciones presidenciales y los previstos para los legislativos de junio van a prolongar la cohabitación durante los próximos 4 años, dando probablemente lugar a una subida desenfrenada de los partidos antisistema. La subida de Pim Fortuyn (un ex catedrático de sociología y ¡ex marxista!) en Holanda corresponde en gran parte al hastío a la coalición gubernamental durante las últimas dos legislaturas de  derecha y  izquierda, dando lugar al llamado gobierno "morado" (mezcla del rojo socialista y el azul conservador) lo que en gran parte ha eliminado la oposición parlamentaria.  

Nos podemos plantear  la cuestión de si un fenómeno como el lepenismo pudiera ocurrir en España. No solamente puede ocurrir sino ya existe a nivel autonómico. HB ( o los otros nombres que este corriente ha adoptados, o adoptará en el futuro) es un partido fascista en estado puro (vea: HB y el fascismo), de esto están convencidos hasta los socialistas. Lo sorprendente es que estos no están dispuestos a llevar su análisis a sus últimos consecuencias y aceptar que si un partido ultra-izquierdista maoísta como HB (¡su ideal para su "Euskadi" es la Albania de Hoxa!) es fascista, entonces ultra-izquierdisma nacionalista y xenófoba equivale a fascismo. Muy al contrario, los socialistas han considerado como un auténtico insulto el hecho de que el grupo parlamentario batasuna en el Parlamento Navarro se haya rebautizado como "Grupo Socialista Abertzale". Parece que no se hayan enterado todavía de que HB en sus estatutos se proclama socialista marxista (sic). 
A nivel nacional hemos tenido- aparte de minúsculos partiditos falangistas -varios intentos de promover partidos ultras personalistas. Por una parte el fallido intento por parte de José Maria Ruiz-Mateos de crear un partido ultraderecha autoritario típico (nada que ver con el fascismo) y por otra parte el indescriptible GIL (
¡Grupo Independiente Liberal!), no tanto un partido político como un grupo mafioso disfrazado de fascista, sin militancia y cuyos concejales fueron todos empleados del Don (Jesús, un hombre tan honrado cómo bien parecido, culto, elegante y educado), varios de ellos probablemente ex-convictos con que se había encontrado en la cárcel.
No obstante no hay ninguna razón de que un partido fascista no pueda surgir en España. Entre todos los grupos violentos relacionados con el fútbol, tipo "ultrasur", hay todo un caldo de cultivo esperando a ser germinado por un líder carismático, un número uno, y no sería demasiado sorprendente si de entre los nietos socialistas de Franco, saliera algún rencoroso dispuesta a crear algo así como un Frente Nacional Socialista.         

  

 

©    4/2002 

Volver a  POLÉMICA