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 ESPERANZA DE VIDA

Hace poco tuvo ocasión de leer el último libro de Eduardo Punset, "El viaje a la Felicidad", y ya al principio me llamó la atención no tanto el criterio de que la felicidad fuese un gasto de mantenimiento biológico sino la premisa de que hasta relativamente poco las inversiones del organismo de la especie humana estaban volcadas principalmente en las tareas de reproducción y que resultaba biológicamente contraproducente invertir en exceso en el mantenimiento de un organismo que no iba a superar los treinta años de vida. Esta última afirmación estaba basada supuestamente en el hecho de que hace menos de siglo y medio la esperanza de vida era inferior a los mencionados treinta años. Me parece sorprendente que un divulgador científico como Punset claramente no distingue entre dos conceptos tan diferentes como la esperanza de vida y la longevidad. Es un error tan común que vale la pena reflexionar sobre ello.

La esperanza de vida es la media o promedio de años de vida que una persona puede vivir según su año de nacimiento y es una proyección al futuro de datos recientes. Se basa en calcular al principio de cada año la edad media del conjunto de los fallecidos el año anterior. El resultado actual en España, recientemente publicado, es de 79,7 años (83 para mujeres y 76 para hombres). Como para llegar a esta edad media el conjunto de los fallecimientos a edades superiores tienen que equilibrar al conjunto de los fallecimientos a edades inferiores ( o sea la edad media de los fallecidos entre 0 y 80 años, multiplicado por su número, tiene que ser igual a la edad media de los fallecidos superiores a 80 años también multiplicado por su número) el resultado nos indica que tiene que haber muchísimos nonagenarios en el país. Como la esperanza de vida constituye un importante indicador del nivel de vida y se tiene muy en cuenta para determinar el índice de desarrollo humano (IDH) de la ONU, podemos deducir que la esperanza de vida es un concepto aleatorio y arbitrario ya que la futura longevidad de los recién nacidos en Occidente depende por una parte de los avances médicos y por la otra de los cambios climatológicos con su influencia sobre el medioambiente, de la escasez energética, de un más que probable depresión económica etc. todos factores que pueden tener efectos muy negativos sobre nuestro nivel de vida y por lo tanto sobre la esperanza de vida. No hay duda que por el momento la esperanza de vida en Occidente es muy superior a la de los países más pobres del tercer mundo en donde ésta se sitúa entre los 40 y 50 años, un dato puramente estimativo ya que la falta de contrastados registros civiles impide la elaboración de estadísticas fiables.

Volvemos ahora a la premisa de Punset expuesta al principio. Parece claro que equivaler  "una esperanza de vida inferior a los treinta años" con "no superar los treinta años de vida" es un craso error. Especialmente si tomamos en consideración que hace poco más de cien años la mitad de los niños murieron antes de cumplir los cinco años. O sea, en España la diferencia principal entre la esperanza de vida de entonces y la de ahora  es en gran parte el resultado de la bajada de la mortalidad infantil desde 500(‰) en 1900 a 7(‰) en 2000. Mientras que en la actualidad calcular la esperanza de vida a partir de los 5 años de edad  no daría un resultado muy diferente al cálculo actual desde el año de nacimiento (excepto por la lógica diferencia de 5 años), en el año 1900 la diferencia hubiera sido dramática. Podemos calcular la esperanza de vida en 1900 de los niños que lograron sobrevivir los primeros 5 años de vida, si damos a los niños victimas de la mortalidad infantil (neonatal, posneonatal, e infantil) una edad media de 2,5 años:

(30x100)-(2,5x50)

=50EV

EV

=(3000-125)/50

EV (Esperanza de vida)

=57,5

O sea, las personas que sobrevivieron a la más temprana niñez tenían plena conciencia de que podían tener una vida relativamente larga por delante (una esperanza de vida de 57,5 años implica la presencia de bastantes septuagenarios) y tenían por lo tanto el mismo interés que nosotros en gastar en el mantenimiento de la salud para alcanzar el bienestar biológico y psicológico conocido por felicidad. Otro cantar era cómo lograrlo si faltaban tanto los conocimientos como los medios. Que no obstante lo lograron fue gracias a su fuerza biológica y genética.

La alta mortalidad infantil - por culpa de muchos factores pero principalmente las enfermedades infecciosas, la pobreza, la falta de alimentación adecuada y una medicina todavía en los inicios de su despegue,  etc.-, tenía, en términos generales, como resultado directo la eliminación de los más débiles y la supervivencia de individuos con perfiles genéticas muy fuertes y, una vez pasado la niñez, sistemas inmunitarios muy resistentes y muy superiores a las nuestras. La inmensa mayoría de la población actual tendría graves problemas para sobrevivir en las condiciones de vida de hace solamente un siglo sin la ayuda de la medicina y la farmacología modernas.

 

 

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ã 4/2006