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ESPAÑA: ¿UNA ENTELEQUIA?

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    Habrá que analizar la pregunta en sus dos vertientes; entelequia en su sentido literal de "algo que tiende por sí mismo a su propio fin" o en su sentido irónico de "algo irreal". Ha habido a través de la Historia de España - y sigue habiéndolos- muchos movimientos centrífugos dedicados a convertir en realidad el sentido literal del concepto y, por otro lado, muchos pensadores españoles han usado el sentido irónico del mismo para negar la existencia de España como un sentimiento arraigado en la conciencia del pueblo y, por lo tanto, como algo arbitrariamente impuesto.

    La primera referencia se remonta 3000 años en la forma del vocablo fenicio "Spanija" o "Span" (literalmente "tierra de conejos"), los romanos lo latinizaron a Hispania (o Ispania), con el tiempo se convirtió en Spania (volviendo casi a la ortografía fenicia) para terminar - con el cambio de la pronunciación de la ese en el norte y la introducción de la ñ - finalmente en España. No hay duda que en su origen y durante siglos, y hasta milenios, la palabra Span-Hispania-Spania-España era un concepto puramente geográfico comparable a Iberia (del griego Iberia ó Hiberia) o, en la actualidad, la Península Ibérica.

    Los primeros pueblos que aparecen en la historia de la Península fueron los iberos, que, en sucesivas oleadas, entraron desde África a partir del Paleolítico Superior hasta la Edad de Bronce, extendiéndose al principio por el Levante hasta el Noreste, terminando en el Sur de Francia, y, mucho más lento hacia el interior y el Norte de la Península. Considerando que esta migración ocupó un periodo de más de cinco mil años, no es sorprendente que desde tartesios/turdetanos, en el Sur (de España) hasta airenosios en el sur de Francia, se han contado no menos de 20 pueblos/tribus iberos diferentes. Una de las muchas ironías de la Historia de España - seguramente muy molesta para el Honorable Pujol, que nunca se ha distinguido por su sentido del humor - es el hecho que uno de estas tribus, conocido por "castellanos" se asentó durante muchos siglos en la actual comarca de Olot (de lo más catalán imaginable!). Aparte de estos pueblos hubo otros 8, asentados en Asturias, Cantabria, Vascongadas, Navarra y la Rioja, que han sido clasificadas como "no identificados" o sea de origen supuestamente "desconocido". No obstante me parece lógico considerar estos pueblos tentativamente como iberos, considerando que una vez llegado a la Delta del Ebro, el valle del Ebro no era solamente la vía de penetración más obvia hacia el Noroeste sino además una ruta muy atractiva comparado con seguir una costa cada vez más accidentada.

    Terminadas las oleadas migratorias iberas, comienzan, a principios del último milenio a. C., las indoeuropeas, llevadas a cabo por pueblos célticos. Estos no vienen del Sur como los iberos sino del Norte, penetrando a través del Pirineo oriental. Con iberos a ambos lados de su vía de penetración están forzados a cruzar el Ebro y aprovechan las valles del Duero y, en posteriores oleadas durante varios siglos, los del Tajo y Guadalquivir para ocupar todo la parte occidental de la Península. Se han contado no menos de 16 tribus celtas, desde galaicos en el Noroeste hasta lusitanos y oretanos en el Sudoeste.

    Los celtíberos ocuparon un extenso territorio situado a ambos lados de la diagonal Ávila-Soria (más o menos Castilla la Vieja). No sabemos si se trataba de iberos celtizados o de celtas iberizados. Poco importa: para ser estos tendrían que haber tenido forzosamente vecinos iberos lo que parece confirmar que los llamados "pueblos no identificados" al Norte de su región habría que considerarles como iberos; y por otro lado, si hubieron sido aquellos, la supuesta teoría de que los iberos no hubieron penetrado ni el Centro ni el Norte de la Península, quedaría igualmente desmentida.

    Los primeros iberos que penetraron en la Península no se encontraron, lógicamente, con un territorio vacío. Hubo ya una población autóctona de unos 50.000 individuos (una densidad, típica de aquellos tiempos, de un habitante por cada 10 Km. cuadrados) repartidos entre las valles y cuencas más protegidas. Esta población tenía probablemente también remotos orígenes africanos, y a través de los milenios fue totalmente absorbida por los "migrantes" iberos, menos los grupos en Galicia y Asturias de origen étnico desconocido que mucho más tarde fueron celtizados.

    Si añadimos a estas tribus los colonos púnicos (fenicios y cartaginenses) y griegos, numéricamente no muy importantes, pero sí de punto de vista cultural y comercial, tenemos globalmente la población que los Romanos encontraron cuando, una vez terminada la 2ª Guerra Púnica, decidieron hacerse definitivamente con la Península. Una población en su mayoría poco civilizada, divida en multitud de tribus y dura como la roca. Su dureza y beligerancia queda fácilmente demostrada: mientras que en su momento Roma tardó poco más que una década en conquistar la Galia Transalpina ( Francia), en España tardaban casi dos siglos en reducir los últimos reductos de resistencia con la subyugación de astures y cántabros (19 a.C.). Es una de las ironías históricas que antes de la ocupación de Hispania por parte de los romanos, los iberos casi lograron destruir a la República Romana. No hay que olvidar que cuando Aníbal cruzó los Alpes en 218 a.C. al mando de un ejercito de 60.000 hombres, el 90% de esta tropa fueron infantes iberos. Durante 16 años arrasaron la Italia meridional, expulsando a los pequeños campesinos independientes (la verdadera columna dorsal de la República) de sus, hasta entonces, fértiles tierras, y sembrando así la semilla del futuro ocaso de Roma. Una vez derrotado y expulsado Aníbal, estas tierras se convirtieron en latifundios y, para trabajarlas, sus nuevos propietarios empezaron la importación masiva de esclavos. A la larga, este cambio social convirtió Roma de una república democrática en una autoritaria e "imperial", y, con el tiempo, el Mediodía en la región más pobre y atrasada de Italia.

    En la Hispania prerromana, con tantos pueblos y tribus, sus habitantes tienen que haber hablado una multitud de lenguas y dialectos, pertenecientes, probablemente, a 3 o 4 familias lingüísticas. Como ocurre siempre en estas situaciones - para poder mantener un mínimo nivel de comunicación entre tantas gentes - una de estas lenguas, sin duda una lengua ibera, se habrá convertido en lengua franca. Es curioso, que hace ya décadas se lograron hacer traducciones de inscripciones ibéricas usando raíces vascos. Hasta entonces existía la convicción que el vasco (euskara) fue un idioma caucásico no indoeuropeo - o sea aglutinante y no flexionado - pero a partir de las traducciones mencionadas, se desarrolló una teoría nueva según la cual, supuestamente, el vasco fue una síntesis entre una sintaxis (estructura) caucásico y una morfología (léxico) ibero. Posteriores investigaciones parecen desmentir esta teoría y, muy al contrario, han demostrado un origen común entre el vasco, el bereber y el guanche. Y recientemente, los profesores Alonso García y Arnaiz Villena han extendido este origen lejano compartido al egipcio antiguo. Todo esto tiene una cierta lógica si tomamos en cuenta la dispersión de la población del Norte de Africa en los milenios posteriores al cambio climatológico al terminar el último periodo glaciar (para los efectos de este cambio vea: Clima). Si estas teorías demuestran ser verdaderas, no solamente quedaría demostrado que el vasco es una lengua ibero (o bereber), pero también quedaría desmentida la curiosa mítica según la cual los vascos son un pueblo misterioso y de origen desconocido que supuestamente se hubiera instalada primero al Noroeste del Pirineo para pasar después a la Península Ibérica, y que además no tuvieron nada en común con los pueblos lindantes, ni al Norte, Sur, Este y Oeste. Muy al contrario, demostraría que los vascos son un pueblo ibero que remontó en tiempos remotos el valle del Ebro, instalándose en su territorio actual y penetrando en "Francia", igual que otros pueblos iberos hicieron al otro extremo del Pirineo. En este caso la supervivencia de su idioma se debería a su feroz resistencia a la romanización, y los abertzales, en vez de considerarse como "no-españoles", debieron proclamarse como más auténticamente español (o por lo menos Ibero) que nadie.

    La época romana en Hispania duró, según los territorios, entre 4 y 6 siglos, y nunca fue total ya que Asturias, Cantabria y las Vascongadas en la práctica no formaban parte de la provincia (colonia, en su aceptación moderna) sino fueron más bien protectorados (¡ dominados pero no ocupados!).Para mantener estos tres territorios a rayo, Roma aplicó su vieja estratagema de reclutar forzosamente la flor y nata de los jóvenes guerreros de aquellos para las tropas auxiliares de sus legiones, y destinarles a partes lejanas del Imperio. (Para ilustrar esta política podemos tomar como ejemplo la Britania en tiempos de la rebelión de los Ícenos bajo su Reina Boadicea (61 d.C.); entre los tropas auxiliares (auxilias) que sirvieron con las cuatro legiones por entonces destinadas en Inglaterra, encontramos las siguientes cohortes hispanos: 1ºAsturiano, 2ºAsturiano, 1ºVettoniano, 1ºVerdulli, 1ºCeltibérico, 3ºBracarii y 2ºVascones). En este largo periodo, la romanización- apoyado por cuatro siglos de paz y el sistema de vías romanas que llegó a tener una extensión de casi 12.000 Km- se impuso por casi toda la península menos en las vascongadas, que por su resistencia a ultranza, ni siquiera se cristianizaron hasta finales de la época visigoda posterior. El latín empezó por desplazar la lengua franca existente y terminó por imponerse y eliminar casi todas las lenguas existentes en la península hasta tal punto que no ha quedado rastro de ellas. Ya que la inmensa mayoría de la población solamente tuvo contacto con soldados y comerciantes (estos en general ni siquiera de origen romano) se divulgó el latín en su variante más vulgar e inculto, como también ocurrió en la misma Italia después de la caída del Imperio.

    Una de las fantasías más curiosas sobre el periodo romano es la supuesta influencia política y cultural de los hispanos (hispanorromanos) en el Imperio; como prueba se mencionan emperadores desde Trajano a Teodosio y escritores desde Séneca a Pomponio Mela. No solamente esto, además se usan hasta gentilicios modernos como: bilbaíno, riojano, gaditano, andaluz, valenciano etc. No se trata solamente de una fantasía sino, mucho peor, de un autentico timo histórico. La verdad es que todos los personajes in cuestión fueron hijos de padres romanos (del orden senatorial o ecuestre) y habían nacido en Hispania por puro azar y gracias al hecho de que sus padres estuvieron destinados allí como parte de su carrera militar o administrativa. Esta, y no otra, es la razón porque todos estos supuestos "hispanos" fueron educados desde la más temprana edad en Roma. Es verdad que todos ocasionalmente fueron llamados "hispanos", pero no en un sentido étnico sino con el mismo sentido de descalificación en que ahora usamos "provinciano" o "paleto". De hispanos nada, sino romanos de la más pura cepa.

    Hay dos hechos importantes a destacar como resultado de la romanización. El primero, la estancia de cuatro legiones en Hispania, con, originalmente, el fin de mantener la provincia subyugada y, más tarde, defenderla contra posibles invasores. Por una parte, estos legionarios, terminado su enrolamiento después de 20 años de servicio, optaron por quedarse en Hispania - en Roma solamente les esperaba la indigencia - aceptando la concesión de una extensión de tierras en las nuevas colonias (ciudades de Derecho Romano), añadiendo de esta forma un otro ingrediente a la mezcla étnica de la península. Como la legión romana consistía de 5600 hombres, podemos calcular que durante los 4 siglos que estas legiones fueron verdaderamente romanas - a partir del siglo III se llenaron poco a poco de hispanos localmente reclutados - se instalaron más de 400.000 veteranos romanos en el país (4x5600x5x4). Por otra parte, el largo periodo de paz y la presencia de las legiones convirtieron los antaño feroces guerreros hispánicos en mansos agricultores y ganaderos, lo que a la larga - las legiones fueron replegadas a la Metrópoli a finales del siglo IV- dejo Hispania inerme e indefensa frente a las tribus bárbaras que la invadieron a principios del siglo V.

    El segundo hecho importante fue la cristianización. No fue muy importante hasta principios del siglo IV, como en ninguna parte del Imperio. En el año 300 d.C. el número de cristianos en todo el Imperio no fue superior a unos pocos millones de entre una población de más o menos 50 millones (una quinta parte de la población mundial de entonces), y divididos en más de 200 sectas diferentes. Extrapolando estas cifras habrá que concluir que en Hispania no hubo probablemente más de 100mil cristianos en una población de 5,5 millones. Por mucho que se ha pretendido que la Iglesia cristiana ya estuvo organizado en los primeros dos siglos y medio del cristianismo, la verdad es bien diferente; el cristianismo en aquellos tiempos no fue tanto una iglesia como un movimiento religioso difuso con muchas diferencias de credo y dogma entre las múltiples sectas. La Iglesia católica también propagó el bulo de la cronología papal, empezando la lista con Pedro como obispo de Roma y primer Papa de la iglesia. El problema en crear este tipo de cosas a posteriori consiste en la inconsistencia de sus argumentos: por una parte, el termino "obispo" en sentido eclesiástico (la voz viene del Griego y significa superintendente) no fue usado hasta más o menos la mitad del siglo II, y por otra parte la palabra "papa" fue usado hasta el siglo VI como apelativo cariñoso para todos los obispos y solamente a partir de este siglo se empezaba a aplicar paulatinamente como título exclusivo al obispo de Roma dándole de esta forma su preeminencia como Jefe Supremo (espiritual) del Cristianismo. El primer Papa en el sentido actual del término fue probablemente (San) Dámaso I (366-384), hispano por cierto. Esta opinión podemos basarlo en los siguientes hechos: impuso el latín como lengua litúrgica de la Iglesia, logró la primacía eclesiástica de Roma por encima de Constantinopla, aplicó por primera vez el término "sede apostólica" a Roma, y publicó la Vulgata. Vemos que solamente a partir de Dámaso I, la secta de Roma se convierte verdaderamente en Iglesia Católica Apostólica Romana. Compárese la situación de su antecesor como obispo de Roma (el supuesto antipapa) Félix II (355-365), que coincidió con el emperador arriano Constancio II y después con Juliano el Apóstata abiertamente anticristiano y mitríano . Dámaso tuve la suerte que los emperadores Joviano y Valentiniano I fueron cristianos muy ortodoxos. De todas formas la Iglesia Católica debe su existencia a la supuesta conversión de Constantino I (el Grande), cuando este (con su co-emperador Licinio Liciniano) proclamó en 313 el Edicto de Milano, ordenando la tolerancia del cristianismo en el Imperio. En este momento de entre los centenares de religiones que había, destacaron principalmente dos: el Mitraísmo y Sol Invictus, dos religiones henoteístas solares, que además de aceptar otros dioses menores creyeron en un Dios Superior invisible (Summum Deus). El Mitraísmo era por mucho la religión mayoritaria entre los legionarios y la burocracia del Imperio. El Edicto de Milano fue mucho más de lo que parecía a primera vista. Si Constantino simplemente hubiera pretendido poner definitivamente fin a la persecución de los cristianos (más fuerte en los últimos años de Diocleciano que nunca antes) una simple orden administrativo hubiera bastado, y, como consecuencia, el edicto fue interpretado como una auténtica presentación en sociedad, como una señal que el cristianismo o por lo menos su secta romana contaba con el favor del Emperador. A partir de ahí los patricios, los militares, los burócratas, los mitraínos en general, entraban en la Iglesia a mansalva. Como el mitraísmo era un ramal del zoroastrismo,y este y el judaísmo se habían mutuamente influenciado durante el exilio judío en Babilonia, y como el cristianismo era a su vez un ramal del judaísmo, no era muy sorprendente el parecido, en muchos aspectos, entre el mitraísmo y el cristianismo. Compartieron conceptos como la humildad, el amor fraternal, el bautismo, la comunión, el uso del agua bendita, la adoración de los pastores en el nacimiento de Mitras y de Jesús, la inmortalidad del alma, el juicio final y la resurrección. El mitraísmo difería del cristianismo en la exclusión de las mujeres de sus ceremonias y en su disposición a transigir con el politeísmo. Sus numerosas similitudes, sin embargo, facilitaron la conversión de sus seguidores a la doctrina cristiana. Es un decir, porque no está muy claro quien convirtió a quien, tampoco está muy claro si el cristianismo absorbió el mitraísmo o si este "parasitó" aquel. El resultado fue una fusión y la creación de una nueva religión sincrética que mantuvo el apelativo de cristiano pero que poco tenía en común con el cristianismo primitivo. De una religión, supuestamente, de pobres, esclavos y mujeres, de una religión supuestamente perseguida, se convirtió en una religión penetrada por la alta sociedad romana y por los militares,esclavista y abiertamente misógina, y, cuando el emperador Teodosio I prohibió todas las demás religiones y convirtió el catolicismo en religión de Estado, en religión perseguidora, militante, violenta y totalitaria. Tal fue la influencia del mitraísmo que por ejemplo toda la indumentaria del catolicismo fue copiada de aquel (incluyendo la "mitra"), que los símbolos del cristianismo que hasta entonces habían sido la imagen del "Buen Pastor" (un adolescente con un cordero sobre los hombros) y el Pez desaparecieron, poco a poco, en favor del crucifijo y que la fecha del nacimiento de Cristo se cambió al día del solsticio de invierno ( en nuestro calendario actual el 25 de Diciembre) para coincidir con el nacimiento del Díos Mitra. Tal fue la influencia del Imperio que la organización actual de la Iglesia refleja a la perfección -por lo menos en su nomenclatura -la reforma administrativa del Imperio hecho por Diocleciano (sic!) con términos cómo provincia, diócesis, convento, vicario etc. Hubo tantos y tantos cambios en el "cristianismo" que desde luego ni Pablo, que lo parió, lo hubiera reconocido. Bien es verdad que el primitivo cristianismo, más que así, debería haberse llamado "Paulismo", ya qué - igual cómo le ocurrió a Carlos Marx con el marxismo- Cristo probablemente se hubiera proclamado cómo el primer no-cristiano.

    El lector puede preguntarse lo que todo esto tiene que ver con España como concepto. Pero sí tiene que ver, porque las consecuencias de esta revolución (o ¿contrarrevolución?) religiosa tuvieron una influencia decisiva sobre la historia de la Península en los mil años siguientes. No hay duda que el nuevo sincretismo católico del siglo IV ya estaba sembrando las semillas que siglos más tarde llevó primeramente al cisma oriental ( diferencias dogmáticas aparte, una tardía venganza griega contra Roma) y después a la reforma protestante (parcialmente un movimiento para volver a un cristianismo más sencillo y humilde, y, en el caso del calvinismo, una vuelta a los origines más judaicos del cristianismo y un dios vengativo y justiciero). Pero en el mismo siglo IV la resistencia a la Roma católica surgió por doquier. Roma tuvo que enfrentarse a un considerable número de supuestas "herejías" y digo supuestas porqué todas consideraban herejías a todas las demás y en especial a la Iglesia católica ( ya sabemos que el ganador tiene siempre la última palabra y termina por re-escribir la historia a su gusto). Grosso modo, aparte del catolicismo, hubo tres grandes movimientos (cada una dividido en varios submovimientos) según la posición que atribuían a Jesús; desde los que consideraban Jesús solamente Dios (hecho pero no creado por Dios Padre), a los que le consideraban un Dios (o ¿semidiós?) de segundo orden (creado por Dios padre) y, por último los que solamente le consideraban humano( el hijo del Hombre). Los únicos de estos "herejías" que nos interesan del punto de vista español son el priscilianismo y el arrianismo. El primero fue un movimiento ascético que, muy laudable, buscaba una vuelta al cristianismo primitivo y a la imitación total de Cristo. Prisciliano fue condenado a muerte por un tribunal civil (!) en el año 385,y fue la primera, pero no la última, víctima del "brazo secular al servicio de la Iglesia". Mucho más importante fue el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, heredero directo de muchas sectas similares de siglos anteriores como el donatismo. Esto había manifestado su rechazo al dios hijo con toda crudeza:" si Jesús fuese Dios todo su calvario, su sufrimiento en la Cruz, su muerte y su Resurrección, hubiera sido un auténtico timo, ya que por mucho que Dios hubiera asumida una apariencia humana no hubiera podido perder su propia esencia de inmortal, indivisible y todopoderoso". A Jesús lo consideraban el más importante de los hombros, inspirado por Dios, el hijo del Hombre, hijo de Dios como todos los seres humanos; pero no el Dios Hijo. Vemos entonces que, como el donatismo, el arrianismo fue un movimiento cristiano auténticamente monoteísta, y como tal rechazaba el catolicismo como una herejía pagana (!). Mientras que el donatismo seguía siendo la corriente cristiana mayoritaria en el Norte de África, el arrianismo había convertido las tribus bárbaras, que empezaban a invadir el Imperio desde el Norte, al cristianismo. (Es curioso que gran parte de la conversión de los bárbaros fue el resultado del trabajo evangelizador de las llamadas herejías; el arrianismo en el Norte, los monofisitas en Oriente Medio, los Nestorianos en Asia Central y la Iglesia Gaélica (Irlanda) en Occidente).

    La importancia del arrianismo para la Historia de España resida en el hecho que todas las tribus invasoras a partir del principio del siglo V profesaban esta corriente cristiana. Los suevos se instalaron en España en su Reino Gallego y alternaron entre abrazar el catolicismo y abjurarlo, pero los alanos y especialmente los vándalos terminaron, después de una estancia relativamente corta en la península, por pasar el estrecho de Gibraltar y crear en el actual Magreb un Imperio que perduró hasta mitades del siglo VI. Como el Norte de África ya era por entonces sólidamente "donatista", la llegada de los vándalos arrianos (tan monoteístas como aquellos, y con un credo diferente solamente en el nombre) creó en estas tierras el único estado cristiano monoteísta de la Historia. El emperador de Oriente, Justiniano, puso alrededor de 530 en práctica su viejo sueño de reunificar el viejo Imperio romano, y ocupó el Norte de África derrotando al Reino Vándalo. La ocupación bizantino del Magreb tuvo el mismo resultado que en Siria, la persecución religiosa de las "herejías". En Siria la del monofisismo ( "naturaleza única"; para sus partidarios Cristo solamente tuvo naturaleza divina, por lo tanto una creencia exactamente opuesta a la del arrianismo), en el Norte de África la del arrianismo. Como es lógico, las dos "Iglesias" se convirtieron en subterráneas, escondiéndose del "nuevo imperio". Cuando un siglo después surgió desde el interior de Arabia una nueva religión rabiosamente monoteísta los arrianos y monofisitas, hartos de la persecución por parte de la Iglesia Católica y del Imperio, se convirtieron en masa ( los arrianos casi en su totalidad - el arrianismo desapareció como por arte de magia - los monofisitas en su mayoría-el monofisismo sigue teniendo buena salud, y entre coptos, jacobitos, sirios ortodoxos y armenios, cuenta con unos 50 millones de creyentes) al Islam. El increíble y rapidísimo éxito del Islam a partir de la muerte de Mahoma (632) no tenía ningún secreto, no fue por sus dotes de persuasión o por una imposición a la fuerza ( el Corán prohíbe explícitamente la conversión forzosa de la gente del Libro, judíos, cristianos, zoroastristas e hindúes), sino fue el resultado de una conversión voluntaria y espontánea, resultado directo del sectarismo totalitario de la Iglesia católica, del Concilio de Nicea (325),del de Constantinopla (381) y del de Calcedonia (451). En conjunto hicieron posible que la cristiandad se dividiese en dos partes irreconciliables y que se perdió al Islam hasta la cuna misma del cristianismo y los territorios más cristianos de los primeros 3 siglos de su historia. En resumen, antes de finales del siglo VII, el Norte de África ya era musulmán hasta las cejas y dispuesta a saltar el estrecho a la menor oportunidad.

    Al otro lado del estrecho, entre tanto, los visigodos que habían sometidos la Península en 469, como parte de un reino que tuve su núcleo en el sur de Francia, fueron forzados a abandonar estas tierras (menos el territorio de Septimania) por los francos en 510 y a partir de este momento establecieron el reino visigodo hispano. La historia de este reino es de sobra conocida ( o, mejor dicho, hay todavía generaciones que se conocen los nombres de todos sus reyes al dedillo), y aquí solamente quiero hacer hincapié en algunos hechos que tuvieron, a la larga, una influencia decisiva sobre acontecimientos futuros. Por un lado los visigodos eran entre todas las tribus bárbaras los más civilizados o romanizados - por su largo contacto con Roma- y, por lo tanto, cuando ocuparon Hispania no hube ningún choque cultural y se asimilaron culturalmente con gran rapidez, y, por otro lado, introdujeron elementos totalmente novedosos: la monarquía electiva y el arrianismo. Aquella es un sistema ya conflictiva por esencia, pero la antigua tradición germánica que un hombre calvo, o mejor dicho sin pelo ( una auténtica obsesión "Sansoniana"), no pude ser guerrero y menos rey, lo debilitó todavía más, ya que para deshacerse de un rey o de un competidor, muchas veces no hacia ni falta matarle, afeitarle la cabeza bastaba. Los 250.000 visigodos formaban escasamente un 6% de la población total de casi 4 millones ( la península había perdido un tercio de su población desde el siglo III) y funcionaban como una auténtica casta militar dominante sustituyendo a las legiones romanos y los grandes terratenientes de la época hispanorromano, formando ya entonces una sociedad prefeudal. El arrianismo de los invasores, por otra parte, imposibilitó la fusión étnica por impedimentos religiosos a ambos lados. Durante gran parte de su existencia este reino visigodo estuvo en guerra, tanto contra enemigos exteriores como interiores. Guerras con los francos, los bizantinos (que a mitades del siglo VI ocuparon gran parte del sur y se quedaron casi 70 años), los astures y los vascones, el reino suevo en Galicia, y rebeliones hispanorromanos en las costas mediterráneas. Como tanto las invasiones exteriores como las rebeliones interiores se justificaron en parte por razones religiosas - catolicismo versus arrianismo - Recaredo cortó por lo sano convirtiéndose al catolicismo e imponiéndolo a sus seguidores (589).Se terminaron las invasiones extranjeras pero la paz fue regularmente turbada por brotes proarrianos y por la lucha por el poder real. Suíntila fue el primer monarca que reino sobre toda la península, y también el primero que recibió el mando "por la gracia de Dios", mientras su sucesor Sisenando (que le echó del trono!) fue ungido como un "cristo" (Mesías) y se le declaró "sagrado", como todos sus sucesores. No obstante, esto no cambió que con gran regularidad se trataba de echar el rey "sagrado" mediante la intriga, el asesinato o la tonsura. Si la historia visigodo se significó en gran parte por las divisiones y rencillas de sus jefes, no es de sorprender que el fin del reino visigodo hispano ocurrió por culpa de ellas. La muerte de Vitiza (710), una guerra civil por la sucesión, una petición de ayuda a los beréberes por parte de los hijos de Vitizia, la invasión de unos 20.000 norteafricanos, la batalla de Guadalete (711) en donde estos derrotaron al ejercito visigodo del Rey Rodrigo (debidamente "ungido") gracias a la traición en plena batalla de parte de sus hombres que estaban a favor de la familia de Vitiza, y, después de exactamente 200 años de existencia, el reino visigodo sucumbió trágicamente en cuestión de horas.

    Antes de continuar con la era islámica, valdrá la pena reflexionar si hasta este momento hubo el más mínimo sentido de identidad hispánica. En la época prerromana, con su sistema tribal localista, los habitantes ni siquiera sabían que vivían en una península. Esto puede parecernos ahora sorprendente cuando los niños de 7 u 8 años lo saben ya gracias a la enseñanza y la existencia de mapas, pero las tribus primitivas, hasta en sus tiempos migratorios, no conocían los limites geográficas de la tierra que pisaban. Todo esto cambió en tiempos romanos que, gracias a sus cartógrafos, si sabían a final de la conquista la configuración más o menos exacto de su nuevo territorio. A final de la época romano, por mucho que los habitantes fueron conocidos en el imperio como hispani, ellos mismos se consideraban probablemente en primer lugar gallaecos, tarraconenses, cartaginenses, lusitanos o baeticos (según las divisiones de Diocleciano) y en segundo lugar como romanos. Los visigodos mantuvieron la administración romana (incluido la división territorial) y su sistema jurídico para sus nuevos súbditos, instalando al mismo tiempo un sistema paralelo con sus propios códigos visigodos para su gente, y sus propios obispos arrianos. Con la conversión de Recaredo, estos se incorporaron a la Iglesia católica, pero no hubo otros cambios. Había que esperar casi 70 años (654) hasta que Recesvinto promulgó su Código que fusionó los dos sistemas jurídicos, consumando finalmente la unión entre los dos pueblos. Igual que en la época romana anterior, tampoco en el reino visigodo encontramos una conciencia de "hispanidad". No solamente por que el reino ni siquiera fuese exclusivamente peninsular ya que incluía también el territorio de Septimania al Norte del Pirineo, sino por la división de la población en conquistadores y conquistados. Aquellos se consideraban por encima de todo, visigodos, y estos no se consideraban ya romanos sino católicos (romanos), habiéndose convertido la Iglesia en auténtico espectro del Imperio.

    La ocupación de toda la península por parte de los moros tardó unos 3 años, siendo, paradójicamente, Granada la última ciudad en rendirse. La conquista fue facilitada por la conversión espontánea de muchos visigodos que no se habían olvidado de sus creencias arrianas anteriores, por los vitizanos que, cuando se dieron cuenta que sus supuestos aliados pretendieron quedarse, se contentaban, sin todavía cambiar de religión, con ocupar altos cargos en el nuevo estado musulmana (un hijo de Vitizano acepto el titulo de " conde de todos los cristianos"), y por el hecho de que al pueblo hispanorromano le importaba un bledo a qué amo pagaba tributos mientras que  este no interfería con su religión. Los nuevos amos tenían todavía más razones que los visigodos de mantener la administración del estado que encontraron ya que mientras estos  al menos numeraban 250.000 personas, aquellos no llegaban ni a los 50.000. No solamente eran pocos, sino además estaban desde el principio tan dividido como lo hubieron estado los visigodos en sus peores tiempos. Las rivalidades y odios ancestrales entre beréberes, árabes, sirios, medinenses, quelbíes y qaisíes, fue tal que una mínima resistencia organizado por parte de la población hubiera terminado con la conquista con la misma celeridad con que había ocurrido. La total ausencia de tal resistencia demostraba de sobra que no existía el más mínimo sentido de identidad nacional.

    La historia de la reconquista es demasiado conocida para elaborar sobre ella, pero en relación con el tenor de este ensayo vale la pena hacer algunas observaciones. Mientras que los moros ( que no es un término denigratorio como se pretende hoy en día, sino un simple apelativo derivado de "mauro", habitante de Mauritania, el nombre romano para el territorio actualmente conocido como el Magreb) - un término más adecuado para los musulmanes ibéricos que árabes ya que estos formaban solamente una pequeña minoría- ocupaban la verdadera Hispania romana/visigodo, el pequeño grupo de cristianos visigodos que lograron mantener una precaria independencia y a partir de ahí empezar, poco a poco, la "reconquista", lo hicieron desde los territorios más salvajes de la península, nunca romanizados, y solamente cristianizados en tiempos muy recientes. Esta diferencia cultural tuvo consecuencias importantes sobre la larga lucha entre las dos partes.

    Los invasores que en su inmensa mayoría fueron parcialmente beréberes y parcialmente descendientes de vándalos y suevos, tenían mucho en común con los peninsulares. Sus antecedentes romanos también se remontaron a la segunda guerra púnica, también habían sido cristianos hasta hace poco, y, como parte de Andalucía, también Mauritania habían estado ocupado por Bizancio durante casi un siglo. No es sorprendente entonces que sus culturas fueron casi idénticas. Durante los últimos siglos del Imperio la cultura hispana rivalizaba con la de Roma misma y a partir de la caída de esta la superaba ampliamente gracias a que los Visigodos fueron una tribu infinitamente más romanizado que los bárbaros que invadieron Roma [el rey Sisebuto (612-621) era uno de los hombres más cultos de su época, cuyos escritos en latín tenían una calidad muy superior a lo que entonces era la norma en Roma]. Los invasores se encontraban por lo tanto como Pedro en su casa. La posteriormente tan alabada (y con razón) cultura hispanoárabe (mejor hispano islámica) tuve sus origines en la cultura hispanorromano compartido por los conquistados y la mayoría de los conquistadores. A este sustrato cultural no solamente se añadieron a partir de Abderrahmán y sus seguidores ingredientes persas, sino además creó a partir de allí su propio desarrollo de la cultura grecorromana. El Islam facilitó este desarrollo mucho más que el cristianismo ya que admitió la especulación de todo lo divino y humano que no estaba explícitamente contenido en, y regulado por, el Corán. Los intelectuales del Al-Andalus incluían, además de árabes y beréberes, una mayoría de muladíes ( hispanos conversos y sus descendientes) pero también mozárabes y judíos, que separados de sus correligionarios, encontraban una inesperada libertad intelectual bajo el "yugo" islámico.

    Todo esto era un contraste total no solamente con los reinos cristianos que se empezaban a formar, poco a poco, en el Norte de España, sino con todos los países cristianos del Norte de Europa. Una obra como Etimologías escrito a principios del siglo VII por San Isidoro - una enciclopedia de la sabiduría antigua - fue uno de los principales "libros de texto" en Europa occidental hasta finales del siglo XIII, lo que de cierta forma implica un atraso cultural de 5 o 6 siglos. Por otra parte esta diferencia también se demostraba en los niveles educativos mismos de las respectivas culturas. De un lado el Al-Andalus en donde por lo menos todo la clase alta, y hasta la media, tuvo un importante bagaje cultural, y del otro, unos reinos cristianos en donde hasta los reyes y la alta aristocracia eran básicamente analfabetos, resultando en que la administración misma del estado estuvo excesivamente en manos de los clérigos. Por esta razón los estados cristianos de la época fueron en esencia más teocráticos que el estado islámico que, siéndolo en teoría (sharia), en la práctica fue regido por una administración puramente laica.

    La mal llamada Reconquista - mejor hubiera sido llamarla Conquista a secas, ya que los pequeños reinos que empezaban a formarse (en territorios que nunca habían sido ni romanos ni visigodos) no podían ser considerados como herederos de la Hispania romano o de la visigoda, por mucho que sus primeros caudillos fueron visigodos- tomó a través de los 8 siglos que duró la forma típica, tantas veces repetido en la Historia, de la invasión de un país de gran nivel cultural (lo que a largo plazo debilitaba su capacidad guerrera) por parte de otros casi bárbaros pero, por esto hecho, mucho más violentos. Fue un proceso muy lento, en donde campañas de varios años de duración se alternaban con muchos años, y hasta décadas, de paz. Territorios que se habían ganado con mucho esfuerzo y sacrificios durante varias generaciones podían perderse de nuevo en pocas semanas. El panorama se complicaba todavía más; al lado musulmán por sus regulares guerras civiles y la división del califato, en dos ocasiones, en una treintena de reinos de taifas, mientras que al lado cristiano la adopción por parte de Navarra de la costumbre germánica de considerar el reino como patrimonio divisible y heredable, tuvo como resultado, a partir del principio del siglo XI, que cada vez que un rey lograba reunir Galicia, León y Castilla en un reino único, a su muerte este reino se dividió otra vez entre sus hijos, y el largo proceso de integración (con guerras fratricidas por medio) empezaba de nuevo. Si a todo este añadimos que en muchas ocasiones reyes cristianos y musulmanes se aliaron para luchar contra los suyos, y que muchos caballeros cristianos, luchasen al servicio de reyes musulmanes contra otros cristianos (como auténticos mercenarios), podemos definitivamente quitar la bandera religiosa a la llamada "Reconquista". El más famoso de los caballeros mercenarios fue sin duda el Cid Campeador, cuyo mismo apodo ya indicaba su íntima relación con el mundo islámico ( Cid de Sidi =Señor), y que fue menos paladín del rey de Castilla y del cristianismo de lo que cuenta la leyenda.

    Además de la gran diferencia cultural entre el Norte y el Sur, se acentuó también a partir del siglo XII una diferencia substancial en como entender el cristianismo. Hasta entonces todos los cristianos habían compartido el rito godo, el cual por presiones de Roma fue prohibido en los Reinos de Castilla y León en el Concilio de Burgos (1085) y sustituido por el rito romano. A partir de ahí el antiguo rito godo fue conocido como rito mozárabe, y cuando - como resultado del avance territorial - los mozárabes fueron en los dos siglos siguientes paulatinamente incorporados a los estados cristianos, les acompañaba, por su rito antiguo ya olvidado en el Norte, un cierto tufo de herejes. Que las cosas no llegaron a mayores, demostró la tolerancia religiosa de la época, muy superior a la que llegó a ser la norma en tiempos posteriores. Aparte de esto ya en aquellos tiempos "Espanna" era diferente hasta tal punto que mantenía - aparte del islámico en el Al-Andalus - hasta el siglo XV su propio calendario, la "era hispánica" que se remontaba al año 38 a.C.(fecha en que Augusto consideraba terminada la conquista de Hispania)- diferente al cristiano que ya se había impuesto en el resto de la Cristiandad- por esto muchas fechas de la historia española medieval son dudosas por no haber sido debidamente adaptados. Por ejemplo, hay versiones de "El cantar (o poema) del (Mío) Cid", en donde la fecha en la última regla: "Per Abbat le escribió, en el mes de mayo, en era de mil y CC[C]XLV", es interpretada literalmente como 1345 (o 1245, ya que existan dudas sobre la tercera C) y otras en que - sin dar ninguna explicación del porqué del cambio- se da la fecha de 1307 a.C (1207).  

    Otra vez hay que plantear la pregunta de sí en toda esta época medieval hubo un sentimiento de  unidad y nacionalidad española. Y la respuesta tiene que ser claramente negativa.¿ Como podía ser de otra forma si hasta la Cristiandad española estaba regularmente dividida en un sinfín de reinos y condados que, muchas veces aliados con reyes moros, se dedicaban a hacerse la guerra. Es verdad que  Sancho III el Mayor de Navarra, Alfonso VI de León y Castilla y Alfonso VII de Castilla y León lograron reunir buena parte del territorio cristiano occidental, como también es verdad que cada uno de ellos lo dividieron de nuevo entre sus hijos al morir dando lugar cada vez a auténticas guerras fraticidas. El último además creó ingenuamente una nueva división nunca superada (excepto el periodo que va de 1580 a 1640) a dar el entonces condado de Lusitania (Portugal) como dote a su hija Teresa con ocasión de su boda. Los tres monarcas mencionadas se proclamaron como "Constitutis Imperator Super Omnes Hispanie Noationes", como también lo hizo, casi al mismo tiempo que Alfonso VII, Alfonso I de Aragón ("el Batallador"). Todas estas "auto- proclamaciones"  fueron en su tiempo consideradas como patrañas megalómanas, ya que para todo el mundo la palabra "Espanna" tuvo entonces solamente un sentido geográfico y un Imperio "Espanna" tenía que incluir forzosamente toda la península. Tan poco sentido tuvieron estos títulos que siempre se hacen referencia a los monarcas en cuestión como reyes y nunca como emperadores. Por otra parte tampoco la palabra "Espanna" tenía mucha resonancia política. En el "Mío Cid", aparece solamente 5 veces, infinitamente menos que la palabra "Castiella"; igualmente toda referencia a Alfonso VI siempre toma la forma de " el rrey Alffonsso" y nunca la de "Emperador". Fernando III nunca se sentía tentado a seguir el camino imperial y ni siquiera Alfonso X, no obstante su frustrado intento de hacerse con el trono del Sacro Imperio Romano (Germánico) para el cual fue finalmente elegido Rodolfo de Habsburgo (sic). 

     Si definimos un Imperio como un súper-estado (federal o confederal) con como elementos reinos, ducados, condados, Señorías y hasta Obispados autónomos; plurinacional, pluri-étnico y  multilingüe - no necesariamente monárquico, y el Imperio Romano nunca dejo de ser, por lo menos formalmente, República! - entonces el primer candidato en la Península Ibérica a esta distinción fue la Corona de Aragón. Con 2 reinos y un condado en la península, el Reino de Mallorca, reinos en Italia y dos ducados en Grecia ( Atenas y Neopatria), la Corona de Aragón constituyó sin ninguna duda un auténtico Imperio, si no "espannol" por lo menos mediterráneo. El segundo candidato no fue como se podía pensar la bi-monarquía Castellana-Aragonesa de los Reyes Católicos. No hubo bajo la pareja católica ninguna unidad política entre las dos partes, más bien hubo una federación personal. La famosa frase "Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando", además de ser incorrecta - las palabras originales se limitan a "Tanto monta" - no eran tampoco verdad. Mientras que Isabel en la Corona de Aragón era simplemente reina consorte, Fernando en Castilla era co-rey con casi los mismos poderes que Isabel, resultado del indudable talento político maquiavélico de aquel ( no por nada era el Príncipe en que se inspiró Maquiavelo). Cuando en 1474 murió Enrique IV se entabló inmediatamente una guerra civil entre  los partidarios de Isabel (declarada heredera del trono en 1468 en el Tratado de los Toros de Guisando) y la discutida  hija de Enrique (el "Impotente"), Juana, apodada "la Beltraneja", ya que supuestamente Beltrán de la Cueva, valido del rey, había ayudado también al rey en el cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Fernando, que se había casado con Isabel 5 años antes y que todavía no había heredado el trono Aragonés, se aprovechó de las circunstancias y se presentó en Segovia reclamando el trono castellano para sí, por ser, como primo segundo, el pariente varón más próximo de Enrique IV. Además, curiosamente, como nieto de Fernando de Antequera (Trastamára) y con abuela y madre castellanas, Fernando era castellano por los cuatro costados, contraria a Isabel que era mitad portuguesa. La jugada  resultó solamente a medias, pero lo suficiente para que  un laudo conocido como "Concordia de Segovia"  otorgó a Fernando casi los mismos poderes que a Isabel. De todas formas, la pareja ni siquiera adoptó, una vez heredado Aragón por parte de Fernando (II), el título de reyes de España, habida cuenta que el nombre de España, igual que en siglos anteriores, seguía aplicándose a toda la península y, para integrar este título, faltaban aún Navarra, Portugal y Granada.

    Carlos lo tuvo peor todavía. Heredó, los tronos de Castilla (con la Navarra peninsular y Granada ya incorporadas) y Aragón por un incomparable cúmulo de coincidencias y suertes. En Castilla el camino le fue facilitado por la muerte de su tío Juan, seguido por la de su primo Miguel de Portugal (la gran esperanza de Isabel y Fernando para reunir todos los tronos españoles en un monarca); mientras que la muerte del hijo de Fernando y su segunda esposa, Germana de Foix, Juan, le aseguró la Corona de Aragón. No obstante, no se hizo nunca - en términos legales- con Castilla, ya que hasta la muerte de su madre Juana (la "Loca"), que seguía siendo la verdadera reina, él  era más una especie de rey asociado, regente o gobernador, que Rey en sentido estricto. Pero no hay duda que ostentaba todo el poder y para no verlo mermado en ningún momento se ocupó - manteniéndola, como buen hijo renacentista, aislada en Tordesillas - en asegurarse que Juana no recuperase nunca la cordura. Como la muerte de Juana coincidió casi con la abdicación de su hijo, el Emperador, fue su nieto, Felipe II, indirectamente, su verdadero heredero. 

    La muerte del pequeño príncipe Manuel de Portugal (1500), convirtiendo el ya nacido hijo de Juana en heredero, fue probablemente uno de los hechos más cruciales de la historia moderna de la península. En vez de lograr la tan ansiada unificación de España, la apariencia de la casa de Hapsburgo involucró Castilla y Aragón en asuntos del Imperio Germánico, completamente ajenos a sus verdaderos intereses, que fueran el origen de su futura decadencia.

    Ya hemos visto que el origen de Portugal está en la dote de Alfonso VII, del entonces condado a una de sus hijas, manteniéndolo fuertemente ligado a Castilla a través de vasallaje feudal, pero los azares de la política medieval lo convirtieron en reino independiente, sin ton ni son, ya que siendo Portugal embocadura del  Duero, Tajo y  Guadiana, es sin duda, de punta de vista geográfico mucho más parte integral de Castilla, que por ejemplo Galicia (ya lo sabían los suevos) o Granada (por esto la tardanza de su "re"Conquista). El uso del idioma como referencia del nacionalismo- tanto en Portugal como en Cataluña- es relativamente reciente. Las tres grandes lenguas romances de la península fueron siempre consideradas como variantes del mismo tronco común; el gallego-portugués su variante atlántica, el castellano su variante central y el catalán su variante  mediterránea. Los escritores medievales y posteriores hasta bien entrado el siglo XVII los usaban indistintamente. Para poesía lírica el portugués, para poesía épica- y después prosa- el castellano. Por razones nacionalistas se ha obviado, ambos en Portugal y en España, que Camoens, además de ser el poeta portugués por excelencia, también es uno de los mejores poetas del castellano, cambiando de idioma  según su estado de ánimo o según lo que quisiera expresar. De igual forma se puede encontrar muchos poetas castellanos que escribieron parte de su obra en portugués. Por idéntica razón los poetas catalanes usaban también indistintamente tanto el catalán como el castellano y si no hay muchos poetas castellanos que usaban el catalán (casi todos aragoneses) hay que atribuirlo a razones geopolíticas ya que mientras Cataluña lindaba con un territorio castellanohablante (Aragón), Castilla como tal no lindaba con Cataluña. 

   Ochenta años después de la muerte del pequeño Miguel de Portugal, Felipe II logró finalmente incorporar Portugal al resto de los reinos peninsulares y de esta forma fue el primero en poder llamarse Rey de España (o de las Españas). Pero no solamente esto; considerando que además  era  Rey de Cerdeña, Sicilia y Nápoles, soberano de muchos sitios más, y contaba con territorios ultramar en América, África, Asia y Oceanía, Felipe II era dueño y señor del Imperio más grande vista hasta entonces. Si aplicamos la definición propuesto anteriormente, hubiera sido lógico  y oportuno si se hubiese proclamado Emperador. Digo oportuno, porque por mucho  que Felipe II se llamase  Rey de España no había, como tal y en sentido jurídico, un reino español sino un grupo de reinos independientes entre si y solamente juntados por la cabeza. Esto creó un problema administrativo de primer orden que se resolvió en falso gobernando España desde Castilla - convirtiendo los demás reinos  de cierta forma en meros apéndices - y creando el, también falso y exagerado, sentimiento de  sometimiento a Castilla. El conjunto de territorios estuvo, en la práctica, gobernado por el Consejo Real (de Castilla) en colaboración con los Consejos de Estado ( política exterior),Inquisición ( ortodoxia religiosa y control ideológico) y Hacienda. Además de estos consejos principales, hubo varios consejos filiales como el de Cámara de Castilla y el de las Órdenes ( del Consejo Real) y el de Guerra( del Consejo de Estado) y  los Consejos subsidiarios, llamados de competencia nacional, de Aragón, Portugal, Navarra, Flandes, Italia, Indias. Mientras que el Consejo Real gobernaba directamente la Corona de Castilla ( e indirectamente a los virreyes y gobernadores de los demás territorios) los consejos de competencia nacional fueron meramente consultivos y sus componentes limitados al asesoramiento del Rey en relación con los conflictos  entre virreyes y las instituciones forales en cada territorio. La impresión de la preeminencia de Castilla fue enormemente  reforzado por la discrepancia territorial y demográfica entre los territorios españoles. De los 10,5 millones de habitantes de la península en 1600,casi 8 millones eran castellanos (74%), 1,2 millones portugueses (11,4%), 600 mil valencianos(5,7%),420 mil aragoneses(4%), 350 mil catalanes(3,3%), 80 mil mallorquines(0,70%) y 100 mil navarros(0,9%); o sea tres castellanos por uno de todas las demás nacionalidades juntas. No es que estas nacionalidades fueron oprimidas o explotadas, muy al contrario sus fueros fueron escrupulosamente respectados y tuvieron enormes ventajas fiscales. Las guerras de España fueron financiadas casi exclusivamente con los impuestos castellanos y el oro de América, y los impuestos de los demás territorios fueron votados y destinados casi exclusivamente para su propia defensa local. El resultado fue una lenta pero constante emigración desde Castilla a la periferia, que aparte de los altos niveles de fiscalidad, explica el paulatino empobrecimiento de Castilla en los siguientes siglos. 

    Que no hubo entones razones racionales para que los demás territorios sintieran resentimiento y celos de los castellanos, no obvia que hubo algo de esto, mezclado con la impresión de haber sido apartados de los quehaceres del país. Todo esto podría haber sido evitado con la conversión del "Reino" en Imperio. En vez del Consejo Real (de Castilla) constituido principalmente por juristas de Salamanca, se hubiera tenido un Consejo Imperial, y unos Cortes Imperiales, con gente proveniente de todos los reinos y territorios, encargado de gobernar el conjunto del Imperio. Es muy probable que esto hubiera aumentado enormemente la cohesión del país y la integración definitiva de los territorios italianos, especialmente si Castilla también hubiera sido gobernado, en el ámbito local, por un virrey y los Cortes de Castilla, y  si a esto se hubiera añadido la convocación de forma regular de los Cortes Imperiales alternativamente en los capitales de los distintos reinos y, por otra parte, la creación de un ejercito y una hacienda imperiales. Haberlo hecho, bien podría haber evitado  todos las problemas que una tras otra debilitaron España en el siglo XVII; la implicación en las guerras religiosas(1618-1648),la virtual bancarrota del país, la  secesión de Portugal - iniciado en 1640 y finalizado definitivamente en 1668 con el Tratado de Lisboa - y la rebelión catalana (1640-1652). A partir de la muerte de Felipe II la Hacienda entró en un estado ruinoso, agravado a partir del año 1618 por las incesantes demandas de la guerra, lo que llevó a la bancarrota en 1627, parcialmente por la captura en aquel año de la flota de las Indias con su enorme carga de oro y plata. 

   En este contexto, el programa de Olivares - un hombre capaz e inteligente pero  autoritario y poco sensible y respetuoso con los derechos  de catalanes y portugueses- tenía por objetivo la reforma institucional del Estado para conseguir la colaboración de los reinos no castellanos en la financiación de la Hacienda. Se trataba de unificar legislativa e institucionalmente la Monarquía Hispánica, suprimiendo leyes e instituciones feudales, crear un ejército en el que todos los reinos participasen (la denominada Unión de Armas) e imponer una fiscalidad más exigente. Todo esto hubiese tenido lógica si lo hubiera hecho Felipe II dentro del marco de un Imperio, pero no un valido dentro del marco múltiple de unos reinos solamente conectados por la cabeza. En Cataluña la reforma fue rechazada por los Cortes lo que creó un conflicto institucional entre Cataluña y, primero, Felipe III y, después, Felipe IV. Varios problemas hicieron aumentar la tensión; los abusos de los tercios alojados en Cataluña en 1626 en previsión de la guerra con Francia - finalmente declarada en 1635, momento en que se enviaron más tropas para defender la frontera, lo que acentuó al malestar campesino- y  la aparición del hambre, que endureció más las tensiones, de forma que, entre 1635 y 1640, los enfrentamientos entre campesinos y soldados fueron constantes. A finales de 1640 estalló la rebelión y los catalanes se aliaron inmediatamente con Francia convirtiendo su rebelión en un apéndice de la guerra con Francia, a su vez parte del conflicto europeo (religioso) general. Por mucho que  habían pactado la independencia de las instituciones catalanes, los franceses, como era previsible, no las respetaron y en 1641 Louis XIII se proclamó Conde de Barcelona con lo cual los catalanes se vieron de repente incorporados en un verdadero estado centralista; ¡de la sartén al fuego! La rebelión terminó finalmente con la ocupación de Barcelona en 1652 por parte del ejercito de Juan José de Austria, pero la guerra con Francia solamente se terminó en 1659 con la Paz de los Pirineos - un año significativo en la historia de los dos países como veremos después - en la cual una parte de Cataluña pasaba a ser dominio francés (sic). La actitud de Felipe IV fue magnánima y confirmó los fueros e instituciones catalanas. Los dos partes habían aprendido la lección; Felipe IV de que todos los "españoles" eran muy celosos de sus fueros y los catalanes de que los Hapsburgos eran, con todos sus defectos, muy preferibles a los Borbones, los únicos  que habían sacado provecho de la rebelión catalana. Tan bien habían aprendido la lección los catalanes que 50 años después en la Guerra de Sucesión se declaraban firmemente a favor del pretendiente austriaco (que, por cierto, fue coronado en 1703 Rey de España, en Viena, con el nombre de Carlos ¡III! ), ya que el pretendiente Borbón no le querrían ver ni en pintura. 
Por otra parte la secesión de Portugal tuvo mucho que ver con la rebelión catalana. La política del conde-duque de Olivares supuso la culminación del progresivo descontento político vivido en Portugal por la falta de respeto y reconocimiento hacia el reino y hacia lo acordado por Felipe II en 1579, en los artículos de Lisboa. El derecho de exclusivismo, calificado también como 'indigenato', debería haber garantizado para los portugueses todos los cargos del aparato estatal, militares y de defensa metropolitana e imperial, pero los castellanos los fueron copando. También se incumplió lo estipulado con respecto a las formas de gobierno delegado en caso de absentismo real, que debía circunscribirse al virreinato de sangre y a la gobernación integrada por naturales. Aunque en ese momento la Corona estaba representada por Margarita de Saboya, prima de Felipe IV, en realidad era asesorada por castellanos. Si a esto añadimos la exigencia  de Olivares a la nobleza portuguesa de que se uniera a la campaña militar contra los catalanes el conflicto estaba servido y los apoyos al movimiento separatista se generalizaron. No hay que sorprenderse que cuando una de las partes de un tratado lo incumpla, la otra parte se sienta también liberada del mismo. El movimiento separatista fue facilitado por tener un candidato  autóctono al trono a mano en la persona de João de Braganza (después Juan IV), tan rebisnieto de Manuel I de Portugal como Felipe IV. Si tuvo algún reparo en romper su juramento de fidelidad a este, ya se ocupaba su mujer castellana - una Medina Sidonia - que se olvidara de estas minucias. La rebelión tuvo éxito en parte porque los tercios estaban ocupados en luchar contra catalanes y franceses y en Europa Central, y en parte porque los portugueses obtuvieron inmediatamente el entusiástico e interesado apoyo de los ingleses. Pronto el nuevo reino fue reconocido internacionalmente, con excepción del Vaticano que, junto con "España", no asumió la separación hasta el Tratado de Lisboa (1668). En aquel momento Portugal renegó definitivamente de su "españolidad" y, dando la espalda al resto de "España", se consideraba en adelante exclusivamente "portugués". El cambio no fue a la larga muy positivo para el nuevo reino ya que cayó bajo influencia inglesa que a partir de aquel momento dictaba su política exterior. 

   Hoy en día estamos tan acostumbrados a que los Pirineos forman la frontera entre España y Francia (olvidándonos por un momento de Andorra) que es fácil pensar que siempre haya sido así, pero nada más lejos de la verdad. La situación actual solamente exista, más o menos, desde la ya mencionada Paz de los Pirineos en 1659. Hasta entonces los Pirineos habían sido simplemente una cordillera montañosa que políticamente no separaba nada de nada. Ambos Navarra y Aragón habían con el tiempo adquirido territorios transpirenaicos importantes que ocupaban una  parte considerable del suroeste galo. La parte transpirenaica de Navarra incluía entre otros los condados de Bearne, con su capital Pau, y Evreux. Aragón por su parte controlaba a finales del siglo XII casi todo el Languedoc. Vemos que durante buena parte de su historia medieval tanto para Navarra como para Aragón el Pirineo fue una cordillera en el interior de su propio territorio, con lo que sus habitantes más que considerarse "españoles" o "galos" se sintieron probablemente "pirenaicos", Con la anexión de la Navarra Alta o cispirenaica por Fernando en 1513, la Navarra Baja o transpirenaica queda como reino independiente muy implicado con la política francesa, como ya había ocurrido durante las primeras décadas del siglo XIV. Pero ni siquiera la división de Navarra y la anterior pérdida de gran parte del Languedoc por parte de Aragón, convirtió el Pirineo en auténtica línea divisoria. Perversamente la mayoría de los valles pirenaicos son transversales y con el sistema de "jurisdicciones" que existió desde el medieval alto, un valle que penetraba desde el norte en Cisnavarra podía pertenecer a la jurisdicción de un vasallo de los Reyes de (Trans)Navarra y al revés, con lo que el concepto mismo de "frontera" era totalmente ambiguo. Esto cambió parcialmente con la Paz de los Pirineos; Aragón - o Cataluña si queremos - perdió sus últimas posesiones galas; Rosellón y parte de Cerdaña, y el Pirineo se convirtió más o menos en la frontera entre España y Francia. El paso definitivo tardo todavía dos siglos más con la firma en 1868 del Tratado de Bayona, que impuso definitivamente la nueva cartografía cuando se hizo el amojonamiento de la frontera. Este paso simbólico de la separación de dos soberanías, cada una con jurisdicción exclusiva a su lado de la línea divisoria, marca por primera vez el nacimiento de una conciencia nacional. La obsesión de delimitar el territorio por fronteras naturales fue el resultado del creciente absolutismo y, por lo tanto, el  centralismo, de la monarquía francesa a partir de Enrique IV. Es casi divertido como los personajes que, tanto como el que más, han contribuido a la división de un país, cuando alcancen el poder se convierten rápidamente en los más autoritarios y centralistas. Este es el caso de Enrique IV que como Enrique III de Navarra había liderado durante varias décadas a los hugonotes en las guerras civiles de la segunda parte del siglo XVI, traicionó a sus correligionarios para poder ocupar el trono francés ("Paris bien vale una misa"), incorporó Navarra a Francia contra la oposición de la, mayoritariamente protestante, población, y se convirtió en el primer exponente del centralismo borbónico a ultranza. (Otro tanto le ocurrió a Buonaparte que a principios de la Revolución, y antes de subir escalones en la nueva Francia, estuve a punto de convertirse en jefe militar del nacionalismo corso. O, más actual, a separatistas vascos y catalanes a los que les ha salido el plumero autoritario y dictatorial.) En Francia el camino marcado por Enrique IV fue seguido con gran entusiasmo por sus sucesores Louis XIII (Richelieu) y Louis XIV (Mazarino). 

   El siglo XVII español fue un auténtico desastre desde el punta de vista político, militar y social. La calidad física, humana e intelectual de los sucesivos reyes iba de mal a peor a infame gracias a cuatro generaciones sometidas a una cerrada endogamia que rozaba el incesto. Felipe II era hijo de primos hermanos, Felipe III de tío y sobrina carnales, Felipe IV de primos hermanos y el último de los Hapsburgos españoles, Carlos II ( un patético deshecho humano) era hijo de tío y sobrina carnales. No es de sorprender entonces que durante todo el siglo el poder ejecutivo cayó en manos de un valido tras otro, más o menos competente, más o menos de buena fe, más o menos ambicioso, pero, desgraciadamente para España, sin la visión política y estratégica para salir del embrollo en que la política imperialista de Carlos V y Felipe II había metido al país. Seguir con esta política con una hacienda ruinosa era una receta estúpida que solamente podía llevar, a la larga, al desastre y  una decadencia anunciada. Solamente hay que mirar el mapa para darse cuenta de la enorme desventaja que llevaba España en todas las interminables guerras del siglo XVII; de todos los contrincantes España fue el único que luchaba sobre líneas exteriores inconexos entre sí. La República de las Siete Provincias (Holanda) luchaba en su patio trasero con líneas de abastecimiento nunca superiores a los 150 Km. Francia luchaba en sus fronteras sin traspasarlas nunca más de algunos centenares de kilómetros, e Inglaterra se limitaba en gran parte a una guerra naval financiado en gran parte por la venta de patentes de corso. En todo el siglo España no solamente fue el único país que luchaba sobre cuatro frentes distintos con enormes distancias entre sí, sino además logró enemistarse con casi todos los demás contrincantes a la vez; desde Francia, Inglaterra y Holanda, hasta Dinamarca y Suecia. Además, España  estaba a la vez envuelto en guerras territoriales y religiosas. Francia, mucho más pragmático, nunca cometió este error y, por mucho que Richelieu y Mazarino eran "Príncipes de la Iglesia",luchaba exclusivamente por razones territoriales, aliándose con católicos o protestantes según sus intereses. Cualquier estadista de verdad se hubiera dado cuenta que antes o después la situación se haría insostenible; los Países Bajos Hapsburgos estaban cogidos en una pinza entre Holanda y Francia; en Alemania, en el mejor de los casos, España no sacaría ningún provecho, y estar enemistado con Inglaterra y Holanda simultáneamente solamente podía tener consecuencias navales funestos. Si a esto añadimos que  España, por habitualmente moroso, no tenía más remedio que concertar los préstamos con que financiaba la guerra a un interés anual  del 15%, lo que agravaba todavía más el estado de bancarrota virtual de su Hacienda - Holanda, con su reputación de amortizar sus préstamos puntualmente, solamente pagaba el 3% - y el menos pintado se hubiera dado cuenta que había que cortar por lo sano. Todavía durante algunas décadas los tercios seguían ganando batallas, pero cada victoria era más pírrica que la anterior. Lo estratégicamente sensato hubiera sido negociar con holandeses  y franceses para la cesión y venta de respectivamente Flandes y Artois. Un negocio redondo para todas las partes, mucho más barato para los compradores que financiar las interminables guerras, y altamente beneficioso para las maltratadas arcas españolas. En el lote francés se hubiera podido incluir también el Franco Condado, auténtica espina en el costado de Francia, y que solamente servía a España para hacer posible el traslado de tropas a pie desde el Milanesado a Alemania y Flandes, una larga caminata de más de 800 Kms. Aquí hay que aclarar que, contrario a la opinión popular, aquellos territorios no formaban parte ni de la Corona de Castilla ni de la de Aragón, sino que fueron  territorios patrimoniales del rey, mientras que la financiación  de su defensa fue casi exclusivamente soportado por los impuestos de los pucheros castellanos. O sea, se desangraba a Castilla para mantener unos territorios ajenos que de todas formas, por indefensibles, si perdieron a la larga. Su venta hubiera amortizada gran parte de la deuda española y hubiera aliviada enormemente la presión fiscal de Castilla con su consiguiente estimulo económico. Además España se hubiera replegado a unas líneas defensivas, en la Península y en Italia, que en extensión no llegaban ni a la mitad de las anteriores, mientras que por otra parte los holandeses y franceses, no teniendo ya un enemigo en común y habiéndose convertido en vecinos, no habían tardado en llegar a las manos.

   No se hizo nada de todo esto y, erre que erre, España seguía durante gran parte del siglo XVII la nefasta política "imperial" y "antireformista" que era la herencia dejado por Carlos I  a Felipe II, y por este a sus descendientes. Hasta la década de los cuarenta, España lograba todavía mantenerse a flote, ganando, o por lo menos no perdiendo, buena parte de las batallas, pero en la batalla de Rocroi (1643) unos tercios españoles, hambrientos, mal equipados y peor vestidos, y que no habían cobrados su "soldada" en más de un año, fueron casi aniquilados. Era esta batalla el principio del fin de la grandeza de España, rematado por la Paz de los Pirineos, 16 años después, en la cual abdicó de ser primera potencia. Todos los territorios que 30 o 40 años antes se pudieron haber vendido, no solamente se perdieron de todas formas a partir de este momento y durante el medio siglo siguiente - después de que su defensa a ultranza e insensata había hundido el país en la miseria - sino se perdieron también otros, innecesariamente. 

   Antes de llegar a la Guerra de Sucesión hubo todavía 3 guerras más con Francia, con la invasión y ocupación de Cataluña por parte de los franceses y toda la destrucción que esta implicaba. Felipe IV en su último testamento había nombrado heredero a su hijo Carlos y si este faltase, a los descendientes de su hermana Margarita ,emperatriz de Alemania. Excluyó de forma explícita a los descendientes de su hija Maria Teresa esposa de Luis XIV. ¡ De Borbones, nada! Era claro que Felipe IV - al igual que las potencias europeos - estaba convencido de que el raquítico Carlos no iba a tener descendencia. Carlos heredó el trono cuando sólo contaba 4 años, y solamente 3 años después se firmó un tratado secreto entre Luis XIV y el emperador para el reparto del Imperio español, seguido de otras conspiraciones de este tipo que culminaron en 1698 en otro tratado de reparto y despoja de España. Lo lógico hubiera sido que Carlos II hubiera respetado los deseos de su padre - claro, siendo tan niño a la muerte de este, ni se recordaba de él - pero terminó testando (mejor, fue obligado a hacerlo por su entorno) a favor de Felipe de Anjou, segundo nieto de Luis XIV. La decisión fue más política que dinástica y se decidió que la mejor forma de proteger  la totalidad de la herencia era escoger de entre los pretendientes aquel que mejor pudiera hacerlo. No hay duda que Luis XIV estaba mejor colocado para proteger a los suyos que el emperador. Considerando que durante los dos siglos anteriores Francia había sido el enemigo mortal de España, la idea de que la mejor forma de protegerse fue unirse al peor de los enemigos era de un maquiavelismo francamente exagerado, especialmente considerando la oposición frontal de los componentes de la Corona de Aragón que - especialmente Cataluña - ya habían sufrido en propia carne lo que significaba el centralismo francés. De todos formas, Felipe de Anjou fue declarado rey de España como Felipe V, renunciando a cualquier derecho futuro al trono francés, y aceptado internacionalmente con la excepción de Austria. No obstante, la situación cambió gracias a una de las típicas torpezas del Rey Sol cuando, temiendo quedar sin herederos directos, declaró que Felipe V no podía renunciar a sus posibles derechos sobre la corona francesa. El espectro de una posible unificación de las dos coronas en un solo soberano, con su amenaza para la política de equilibrio europea, cambió la situación internacional y daba lugar a la Guerra de Sucesión (a la Corona de España). La guerra tuvo dos aspectos bien diferenciados; por un lado una típica guerra europea - entre por una parte Austria, Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y gran parte  de los príncipes alemanes y por la otra Francia y España - y por el otro lado una guerra civil española. La primera estaba provocada por la ancestral rivalidad Borbones -Austria, el equilibrio de poderes, los intereses comerciales y el reparto del "botín" español, la segunda por la lucha entre "filipistas"  y " carlistas" ( los partidarios de Felipe V y el Archiduque  Carlos de Austria, el otro pretendiente, respectivamente). Fuera de la península la guerra tuvo resultados muy desfavorables para los intereses franco-españolas, contrario a lo que pasó  dentro de España donde después de 14 años de guerra Felipe V logró afianzarse definitivamente a la corona. Cuando Carlos, que había sido coronado Rey de España, como Carlos III (sic) en 1703 en Viena, heredó en 1711 la Corona Imperial (como Carlos VI) por la muerte de su hermano José I, todo el panorama cambió otra vez. Hasta entonces la alianza contra Francia y España  luchaba para impedir la posibilidad que las coronas de estas se unieron en una sola cabeza, ahora se confrontaban repentinamente con la reunión de los tronos de Austria y España, restaurando de esta forma bajo Carlos VI, el Imperio de Carlos V. A partir de este momento comenzaron las negociaciones para llegar a un tratado de Paz para terminar la guerra europea. En 1713 se firmó el Tratado de Utrecht entre Francia y España de una parte, y el Reino Unido, Holanda, Saboya Y Prusia de la otra ( Austria solamente lo ratificaba un año después), Por mucho que Felipe V tuvo que renunciar definitivamente a la posibilidad de heredar la corona francesa - dejando como heredero de esta un bisnieto de Luis XIV, de precaria salud - tuvo éxito en su propósito de quedarse definitivamente reconocido como rey de España, pero, además de perder Gibraltar y Menorca (temporalmente), perdió todos los territorios en Europa fuera de la península: Países Bajos, Cerdeña, Milanesado, Mantua, etc. que todos pasaron a Austria, Nápoles que estuvo ocupado por Austria ( recuperado en 1734 y cedido por Felipe V  a su hijo Carlos - futuro Carlos III - el mayor de sus hijos con Isabel de Farnesio, como reino independiente) y Sicilia a Saboya( después permutado con Austria por Cerdeña, y eventualmente unido a Nápoles por Carlos).       

   A esto llevaron España tanto matrimonio político y consanguíneo, tanta defensa religioso y territorial, tantas guerras, tantos gastos y tanta miseria.  A partir de Felipe IV se había perdido los siguientes territorios:    

Rosellón y Cerdaña

1659

Milanesado

1713

Artois

1659

Nápoles

1713

Portugal

1668

Cerdeña

1713

Lille

1668

Sicilia

1713

Cambrai

1678

Menorca

1713

Franco Condado

1678

Gibraltar

1713

Países Bajos Austrias

1713

 

 

Hay que insistir otra vez que Artois, Lille, Cambrai, Franco Condado, el Milanesado y los Países Bajos no fueron nunca territorio español sino territorios dinásticos personales de los Habsburgos. Si estos territorios, que a la larga demostraron ser indefendibles, se hubieron vendidos en su momento al mejor postor, España hubiera evitado gran parte de las guerras en que se vio implicado durante todo el siglo XVI, se hubiera evitado la decadencia del país y, como observador de las luchas de los demás, probablemente se hubiera mantenido como potencia de primer orden.

   En España la lucha entre los dos pretendientes había tenido sus altibajos para cada uno, pero al final  la contienda se resolvió, como ya hemos visto, a favor de Felipe. Este que en 1701 había jurado respetar los fueros y privilegios de Aragón y Cataluña, cambió de actitud después de ganar la batalla de Almansa y de la ocupación de Valencia (1707) y abolió totalmente los fueros de Valencia y, de paso, también los de Aragón. El resultado fue que, después de la firma del Tratado de Utrecht y la evacuación del ejército del pretendiente austriaco, Cataluña y Mallorca siguieron la lucha por su cuenta hasta la toma por asalto de Barcelona  el 11 de septiembre de 1714, y la rendición de Palma de Mallorca (3 de julio de 1715).  Terminado finalmente la guerra de Sucesión se publicó el decreto de "Nueva Planta" (1716) que anulaba gran parte de los fueros catalanes y disolvió el Consejo de los Cientos y la "Generalitat" ,y el sistema de gobierno fue uniformado con el de los demás países españoles o sea, castellanizado. También los Países Vascos cayo bajo el yugo centralizador aunque menos que la Corana de Aragón. El único territorio cuyos fueros fueron respetados era Navarra. Vemos con la llegada de los Borbones el antiguo sistema político federal (o hasta confederal) de los reinos españoles desapreció y fue sustituido por el absolutismo y el centralismo francés.   

   Como parte de esta política centralista hubo una política lingüística de castellanización de los territorios de habla catalán que tuvo gran éxito, especialmente en Valencia, a través del nombramiento de párrocos castellanohablantes. Igual que en Francia los Borbones aplicaban una política de supresión de la Langue d'Oc, en España un rey borbónico empezaba la supresión del catalán. Al propósito de la castellanización de los territorios de habla catalána ayudaba también la fundación de la Real Academia de la Lengua cuya misión era velar por la pureza de la lengua castellana (vea:Academia) Durante el siglo XVIII, bajo los Borbones, comienza a extenderse el nombre de España al país, pero a Carlos III todavía se le califica de "Rey de las Españas" (como "dux" de Castilla, León, Aragón, Sicilia, Jerusalén, Navarra, Granada, Toledo,Valencia, Galicia, Mallorca, Sevilla, Cerdeña, Córdoba, Córcega, Murcia, Jaén, Algeciras, Gibraltar etc.) Los viejos costumbres tardaban en morir.

   A partir del siglo XVIII  se empezaba a introducir, poco a poco, símbolos destinados a crear una conciencia de unidad nacional. La bandera de tres bandas(1) introducido por Carlos III(1785) para la Armada española, tanto como la de cinco para la marina mercante(2) estaba basada en la bandera marítima napolitana, que, a igual que la "senya" catalana, era  a su vez descendiente de la bandera aragonesa antigua (3). La bandera municipal  napolitana todavía sigue demostrando este origen (4).                       

1.

2.

                           

3.

4.

 

 

   Nos podemos plantear la pregunta si imponer  una variación de la bandera de la Corona de Aragón a la Armada fue una compensación consciente por haber impuesto el castellano a los pueblos de habla catalán. Hubiera sido más lógico, y más integrador, combinar la bandera aragonesa y la castellana, aceptando por ésta la bandera de guerra con la cruz de Borgoña, usada ya ocasionalmente desde los tiempos de Alfonso VII( primer rey de la Casa de Borgoña, como hijo de Raimundo de Borgoña) y después reintroducida por Felipe I (1506) el Hermoso, como signo distintivo de la casa de su madre, María de Borgoña, y posteriormente por Felipe V. Este símbolo se llevó a partir de entonces, de una forma o otra, prácticamente hasta 1931, en que la Segunda República lo abolió. Desde 1971 figura en el guión del Príncipe de Asturias y desde 1975 en el del Rey. La cruz era de color carmesí o morado, indistintamente, sobre un fondo blanco. (5). Combinando las dos banderas el resultado pudiera haber sido la de aquí abajo a la derecha(6)

                                     

5.

6.

Es curioso que una bandera muy similar, con 3 bandas de igual altura, fue usado a partir de 1520 en los Países Bajos por Carlos V (7).                                  

7.

Todavía pasaron casi 60 años antes de que en 1843, las colores roji-gualdas -que habían ido tomando carácter de símbolo liberal, frente a las blancas de las carlistas - se convirtieron definitivamente en bandera nacional. Aparte de los colores, la bandera tenía en su centro un escudo real circular reducido al cuartelado de Castilla y León (como la de Carlos III,8) pero ahora colocado sobre el cruce de una pequeña ¡aspa roja de Borgoña! (9).                                   

8.

9.

 

 

Durante el Gobierno Provisional (1868-1871) se dispuso que en el escudo se sustituyese la corona real por otra mural, que se añadiesen a sus dos lados las columnas de Hércules, y que el cuartelado fuese de Castilla, León, Navarra y Aragón (10). Después del intervalo del "Sexenio Democrático", volvió la bandera anterior (9).  En la 2ª República se incorporó una banda morada a la bandera (3 bandas iguales, rojo, gualdo y morado) en honor a los comuneros de Castilla, y, curiosamente, usando el escudo del Gobierno Provisional; la versión lisa, muy usada, fue nunca oficialmente legalizado. Por incorporar el color morado, color muy vinculado a Castilla (poco importe si proviniera de la Cruz de Borgoña o de la bandera comunera) la bandera republicana era en esencia más globalmente español que la bandera real.

10.

11.

La bandera adoptada durante la primera parte (1936-38) de la Guerra Civil  por los "nacionales" fue idéntica a la del Gobierno Provisional (10) del siglo anterior. Como no tenían más que banderas republicanas a mano, tapaban la franja morada con un trapo rojo creando una verdadera curiosidad; ¡una supuesta bandera nacionalista con tres franjas de igual altura y un escudo anti-borbónico / republicano! 

   Aparte de los decretos centralizadores de 1707 y 1716 y completados durante todo el siglo XVIII, hubo otras muchas medidas de talante absolutista. Los cortes perdieron por completo el escaso papel que habían desempañado con los Austrias. En las pocas veces que fueron convocados se vieron privados de su principal función: la concesión de tributos y la fiscalización del gasto. Además, con la excepción de Navarra, las convocatorios siempre fueron conjuntos como prueba fehaciente del proceso de centralización. De los consejos solamente el de Castilla (o Real) mantuvo su importancia. Todos los antiguos gobiernos locales desaparecieron y fueron sustituidos por un sistema de intendentes y corregidores. Igualmente importantes fueron las medidas económicas: la apertura del sistema de gremios, la libertad del trabajo, la supresión de las aduanas interiores y la protección de la industria del textil, entre otras. Vemos que muchas de estas incipientes medidas liberales iban combinadas con otras proteccionistas.

   Uno de los principales resultados del absolutismo de los reinos europeos fue la relegación del poder político de la aristocracia y el ascenso económico de la burguesía. No es sorprendente que esta misma burguesía con el tiempo  buscaba no solamente el poder político sino también la hegemonía social. En esencia todas las grandes revoluciones de los  últimos cuatro siglos han sido promovidas, provocadas y ejecutadas por la burguesía usando a la plebe como mero carne de cañón. La revolución cromweliana tuvo como objetivo la instalación de una republica parlamentario por parte de la burguesía protestante disidente y termino como dictadura militar "puritana".La revolución americana no era tanto una guerra de liberación contra la opresión real con sus de impuestos arbitrarios, como  un intento de la burguesía colonial de emanciparse del control del parlamento ingles y ocupar el poder, un intento que por cierto solamente prospero gracias a la ayuda de dos monarquías absolutistas, Francia y España. Por otra parte la revolución francesa fue un intento de la burguesía supuestamente  "ilustrada" a hacerse con el poder y al mismo tiempo desplazar la aristocracia como grupo social dominante, y en el siglo XX, las revoluciones comunista, fascista y nacionalsocialista fueran, a su vez, respuestas de las clases medias bajas nacionalistas, rencorosas y racistas, a estados mas o menos liberales.
Grosso modo, podemos decir que todas estas revoluciones usaban como autenticas cortinas de humo eslóganes basados en la "libertad, igualdad y fraternidad", conceptos ilustrados que los motores verdaderos de los movimientos revolucionarios no tenían la más remota intención de respetar. Como ya hemos visto la revolución cromweliana termino con la instalación de una dictadura militar puritano, y la Restauración monárquica, después de la muerte del Protector Oliver, fue recibido con gran jubilo y alivio por la inmensa mayoría de los ingleses. Los primeros verdaderos avances democráticos ocurrieron en 1689 con la Declaración de los derechos de los ingleses - en plena Restauración - que inauguro la democracia parlamentaria  -la famosa Carta Magna de 1215 no fue, originalmente, un documento que garantizaba las libertades, sino la introducción del feudalismo puro y duro contra el centralismo primitivo de Guillermo el Conquistador y sus descendientes - limitada todavía a un sistema aristocrático / burgués  De forma parecida, la revolución norteamericana  llevo al poder a los grandes terratenientes y a la burguesía urbana muy enriquecida gracias a la guerra. Históricamente, las brutalidades cometidas contra aquellos colonos legitimistas que no habían logrado escapar a Canadá y las Bahamas, y que fueron torturados, fusilados y expoliados de sus bienes - muy comparable con lo que ocurrió 90 años después con los confederados al terminar la Guerra Civil (vea:
Expolio) - han sido silenciadas y siguen siendo una de las paginas mas negras de la historia de los Estados Unidos. Los textos de la Declaración de Independencia y de la Constitución estadounidense fueron considerados como maravillas democráticas, pero sus conceptos solamente fueron  aplicados poco a poca  a través del siguiente siglo y medio, y no fueron cumplidos en su totalidad hasta la década de los 60 del siglo pasado con la emancipación definitiva de los negros. La revolución francesa traiciono sus ideales y se convirtió en una tiranía "imperial" -más pequeño burgués que burgués - peor que el ancien regime anterior. Su cúpula dominante no tardó mucho en auto-adjudicarse en 12 años más títulos nobiliarios de lo que había hecho la monarquía en 8 siglos. Las revoluciones comunista, fascista y nacional-socialista -también estas ultimas dos eran revoluciones no obstante de haber escogido  el camino de la manipulación del sistema democrático vigente - son tan recientes que no hace falta decir mucho sobre ellas, aparte de observar que fueron una venganza pequeña burguesa contra la burguesía - que en el siglo XIX se había convertido definitivamente en la clase dominante - una especie de movilidad social revolucionario. 

Visto esto, se explica la movida historia de los siglos XIX y XX, no solamente de España sino también de Hispanoamérica.            

 

 

 

©  8/2001

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