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ESPAÑA: ¿UNA ENTELEQUIA?
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Habrá que analizar la pregunta en sus dos
vertientes; entelequia en su sentido literal de "algo que tiende por sí
mismo a su propio fin" o en su sentido irónico de "algo irreal".
Ha habido a través de la Historia de España - y sigue habiéndolos- muchos
movimientos centrífugos dedicados a convertir en realidad el sentido literal del
concepto y, por otro lado, muchos pensadores españoles han usado el sentido
irónico del mismo para negar la existencia de España como un sentimiento
arraigado en la conciencia del pueblo y, por lo tanto, como algo
arbitrariamente impuesto.
La
primera referencia se remonta 3000 años en la forma del vocablo fenicio
"Spanija" o "Span" (literalmente "tierra de
conejos"), los romanos lo latinizaron a Hispania (o Ispania), con el
tiempo se convirtió en Spania (volviendo casi a la ortografía fenicia) para
terminar - con el cambio de la pronunciación de la ese en el norte y la
introducción de la ñ - finalmente en España. No hay duda que en su origen y
durante siglos, y hasta milenios, la palabra Span-Hispania-Spania-España era un
concepto puramente geográfico comparable a Iberia (del griego Iberia ó Hiberia)
o, en la actualidad, la Península Ibérica.
Los primeros pueblos que aparecen en la
historia de la Península fueron los iberos, que, en sucesivas oleadas, entraron
desde África a partir del Paleolítico Superior hasta la Edad de Bronce,
extendiéndose al principio por el Levante hasta el Noreste, terminando en el
Sur de Francia, y, mucho más lento hacia el interior y el Norte de la
Península. Considerando que esta migración ocupó un periodo de más de cinco mil
años, no es sorprendente que desde tartesios/turdetanos, en el Sur (de
España) hasta airenosios en el sur de Francia, se han contado no menos
de 20 pueblos/tribus iberos diferentes. Una de las muchas ironías de la
Historia de España - seguramente muy molesta para el Honorable Pujol, que nunca
se ha distinguido por su sentido del humor - es el hecho que uno de estas
tribus, conocido por "castellanos" se asentó durante muchos siglos en
la actual comarca de Olot (de lo más catalán imaginable!). Aparte de estos
pueblos hubo otros 8, asentados en Asturias, Cantabria, Vascongadas, Navarra y
la Rioja, que han sido clasificadas como "no identificados" o sea de
origen supuestamente "desconocido". No obstante me parece lógico
considerar estos pueblos tentativamente como iberos, considerando que
una vez llegado a la Delta del Ebro, el valle del Ebro no era solamente la vía
de penetración más obvia hacia el Noroeste sino además una ruta muy atractiva
comparado con seguir una costa cada vez más accidentada.
Terminadas las oleadas migratorias iberas,
comienzan, a principios del último milenio a. C., las indoeuropeas, llevadas a
cabo por pueblos célticos. Estos no vienen del Sur como los iberos sino del
Norte, penetrando a través del Pirineo oriental. Con iberos a ambos lados de su
vía de penetración están forzados a cruzar el Ebro y aprovechan las valles del
Duero y, en posteriores oleadas durante varios siglos, los del Tajo y
Guadalquivir para ocupar todo la parte occidental de la Península. Se han
contado no menos de 16 tribus celtas, desde galaicos en el Noroeste
hasta lusitanos y oretanos en el Sudoeste.
Los celtíberos ocuparon un extenso
territorio situado a ambos lados de la diagonal Ávila-Soria (más o menos
Castilla la Vieja). No sabemos si se trataba de iberos celtizados o de celtas
iberizados. Poco importa: para ser estos tendrían que haber tenido forzosamente
vecinos iberos lo que parece confirmar que los llamados "pueblos no
identificados" al Norte de su región habría que considerarles como iberos;
y por otro lado, si hubieron sido aquellos, la supuesta teoría de que los
iberos no hubieron penetrado ni el Centro ni el Norte de la Península, quedaría
igualmente desmentida.
Los primeros iberos que penetraron en la
Península no se encontraron, lógicamente, con un territorio vacío. Hubo ya una
población autóctona de unos 50.000 individuos (una densidad, típica de aquellos
tiempos, de un habitante por cada 10 Km. cuadrados) repartidos entre las valles
y cuencas más protegidas. Esta población tenía probablemente también remotos
orígenes africanos, y a través de los milenios fue totalmente absorbida por los
"migrantes" iberos, menos los grupos en Galicia y Asturias de origen
étnico desconocido que mucho más tarde fueron celtizados.
Si añadimos a estas tribus los colonos
púnicos (fenicios y cartaginenses) y griegos, numéricamente no muy importantes,
pero sí de punto de vista cultural y comercial, tenemos globalmente la
población que los Romanos encontraron cuando, una vez terminada la 2ª Guerra
Púnica, decidieron hacerse definitivamente con la Península. Una población en
su mayoría poco civilizada, divida en multitud de tribus y dura como la roca.
Su dureza y beligerancia queda fácilmente demostrada: mientras que en su
momento Roma tardó poco más que una década en conquistar la Galia Transalpina (
Francia), en España tardaban casi dos siglos en reducir los últimos reductos de
resistencia con la subyugación de astures y cántabros (19 a.C.). Es una de las
ironías históricas que antes de la ocupación de Hispania por parte de los
romanos, los iberos casi lograron destruir a la República Romana. No hay que
olvidar que cuando Aníbal cruzó los Alpes en 218 a.C. al mando de un ejercito
de 60.000 hombres, el 90% de esta tropa fueron infantes iberos. Durante 16 años
arrasaron la Italia meridional, expulsando a los pequeños campesinos
independientes (la verdadera columna dorsal de la República) de sus, hasta
entonces, fértiles tierras, y sembrando así la semilla del futuro ocaso de
Roma. Una vez derrotado y expulsado Aníbal, estas tierras se convirtieron en
latifundios y, para trabajarlas, sus nuevos propietarios empezaron la
importación masiva de esclavos. A la larga, este cambio social convirtió Roma
de una república democrática en una autoritaria e "imperial", y, con
el tiempo, el Mediodía en la región más pobre y atrasada de Italia.
En la
Hispania prerromana, con tantos pueblos y tribus, sus habitantes tienen que
haber hablado una multitud de lenguas y dialectos, pertenecientes,
probablemente, a 3 o 4 familias lingüísticas. Como ocurre siempre en estas
situaciones - para poder mantener un mínimo nivel de comunicación entre tantas
gentes - una de estas lenguas, sin duda una lengua ibera, se habrá convertido
en lengua franca. Es curioso, que hace ya décadas se lograron hacer traducciones
de inscripciones ibéricas usando raíces vascos. Hasta entonces existía la
convicción que el vasco (euskara) fue un idioma caucásico no indoeuropeo - o
sea aglutinante y no flexionado - pero a partir de las traducciones
mencionadas, se desarrolló una teoría nueva según la cual, supuestamente, el
vasco fue una síntesis entre una sintaxis (estructura) caucásico y una
morfología (léxico) ibero. Posteriores investigaciones parecen desmentir esta
teoría y, muy al contrario, han demostrado un origen común entre el vasco, el
bereber y el guanche. Y recientemente, los profesores Alonso García y Arnaiz
Villena han extendido este origen lejano compartido al egipcio antiguo. Todo
esto tiene una cierta lógica si tomamos en cuenta la dispersión de la población
del Norte de Africa en los milenios posteriores al cambio climatológico al
terminar el último periodo glaciar (para los efectos de este cambio vea: Clima). Si estas teorías demuestran ser
verdaderas, no solamente quedaría demostrado que el vasco es una lengua ibero
(o bereber), pero también quedaría desmentida la curiosa mítica según la cual
los vascos son un pueblo misterioso y de origen desconocido que supuestamente
se hubiera instalada primero al Noroeste del Pirineo para pasar después a la
Península Ibérica, y que además no tuvieron nada en común con los pueblos
lindantes, ni al Norte, Sur, Este y Oeste. Muy al contrario, demostraría que
los vascos son un pueblo ibero que remontó en tiempos remotos el valle del
Ebro, instalándose en su territorio actual y penetrando en "Francia",
igual que otros pueblos iberos hicieron al otro extremo del Pirineo. En este
caso la supervivencia de su idioma se debería a su feroz resistencia a la
romanización, y los abertzales, en vez de considerarse como
"no-españoles", debieron proclamarse como más auténticamente español
(o por lo menos Ibero) que nadie.
La época romana en Hispania duró, según los
territorios, entre 4 y 6 siglos, y nunca fue total ya que Asturias, Cantabria y
las Vascongadas en la práctica no formaban parte de la provincia (colonia, en
su aceptación moderna) sino fueron más bien protectorados (¡ dominados pero no
ocupados!).Para mantener estos tres territorios a rayo, Roma aplicó su vieja
estratagema de reclutar forzosamente la flor y nata de los jóvenes guerreros de
aquellos para las tropas auxiliares de sus legiones, y destinarles a partes
lejanas del Imperio. (Para ilustrar esta política podemos tomar como ejemplo la
Britania en tiempos de la rebelión de los Ícenos bajo su Reina Boadicea (61
d.C.); entre los tropas auxiliares (auxilias) que sirvieron con las cuatro
legiones por entonces destinadas en Inglaterra, encontramos las siguientes
cohortes hispanos: 1ºAsturiano, 2ºAsturiano, 1ºVettoniano, 1ºVerdulli,
1ºCeltibérico, 3ºBracarii y 2ºVascones). En este largo periodo, la
romanización- apoyado por cuatro siglos de paz y el sistema de vías romanas que
llegó a tener una extensión de casi 12.000 Km- se impuso por casi toda la
península menos en las vascongadas, que por su resistencia a ultranza, ni
siquiera se cristianizaron hasta finales de la época visigoda posterior. El
latín empezó por desplazar la lengua franca existente y terminó por imponerse y
eliminar casi todas las lenguas existentes en la península hasta tal punto que
no ha quedado rastro de ellas. Ya que la inmensa mayoría de la población
solamente tuvo contacto con soldados y comerciantes (estos en general ni
siquiera de origen romano) se divulgó el latín en su variante más vulgar e inculto, como también ocurrió en la misma Italia después de la caída del
Imperio.
Una de las fantasías más curiosas sobre el
periodo romano es la supuesta influencia política y cultural de los hispanos
(hispanorromanos) en el Imperio; como prueba se mencionan emperadores desde
Trajano a Teodosio y escritores desde Séneca a Pomponio Mela. No solamente
esto, además se usan hasta gentilicios modernos como: bilbaíno, riojano,
gaditano, andaluz, valenciano etc. No se trata solamente de una fantasía sino,
mucho peor, de un autentico timo histórico. La verdad es que todos los
personajes in cuestión fueron hijos de padres romanos (del orden senatorial o
ecuestre) y habían nacido en Hispania por puro azar y gracias al hecho de que
sus padres estuvieron destinados allí como parte de su carrera militar o
administrativa. Esta, y no otra, es la razón porque todos estos supuestos
"hispanos" fueron educados desde la más temprana edad en Roma. Es
verdad que todos ocasionalmente fueron llamados "hispanos", pero no
en un sentido étnico sino con el mismo sentido de descalificación en que ahora
usamos "provinciano" o "paleto". De hispanos nada, sino
romanos de la más pura cepa.
Hay dos hechos importantes a destacar como
resultado de la romanización. El primero, la estancia de cuatro legiones en
Hispania, con, originalmente, el fin de mantener la provincia subyugada y, más
tarde, defenderla contra posibles invasores. Por una parte, estos legionarios,
terminado su enrolamiento después de 20 años de servicio, optaron por quedarse
en Hispania - en Roma solamente les esperaba la indigencia - aceptando la
concesión de una extensión de tierras en las nuevas colonias (ciudades de
Derecho Romano), añadiendo de esta forma un otro ingrediente a la mezcla étnica
de la península. Como la legión romana consistía de 5600 hombres, podemos
calcular que durante los 4 siglos que estas legiones fueron verdaderamente
romanas - a partir del siglo III se llenaron poco a poco de hispanos localmente
reclutados - se instalaron más de 400.000 veteranos romanos en el país
(4x5600x5x4). Por otra parte, el largo periodo de paz y la presencia de las
legiones convirtieron los antaño feroces guerreros hispánicos en mansos
agricultores y ganaderos, lo que a la larga - las legiones fueron replegadas a
la Metrópoli a finales del siglo IV- dejo Hispania inerme e indefensa frente a
las tribus bárbaras que la invadieron a principios del siglo V.
El segundo hecho
importante fue la cristianización. No fue muy importante hasta principios del
siglo IV, como en ninguna parte del Imperio. En el año 300 d.C. el número de
cristianos en todo el Imperio no fue superior a unos pocos millones de entre
una población de más o menos 50 millones (una quinta parte de la población mundial
de entonces), y divididos en más de 200 sectas diferentes. Extrapolando estas
cifras habrá que concluir que en Hispania no hubo probablemente más de 100mil
cristianos en una población de 5,5 millones. Por mucho que se ha pretendido que
la Iglesia cristiana ya estuvo organizado en los primeros dos siglos y medio
del cristianismo, la verdad es bien diferente; el cristianismo en aquellos
tiempos no fue tanto una iglesia como un movimiento religioso difuso con muchas
diferencias de credo y dogma entre las múltiples sectas. La Iglesia católica
también propagó el bulo de la cronología papal, empezando la lista con Pedro
como obispo de Roma y primer Papa de la iglesia. El problema en crear este tipo
de cosas a posteriori consiste en la inconsistencia de sus argumentos: por una
parte, el termino "obispo" en sentido eclesiástico (la voz viene del
Griego y significa superintendente) no fue usado hasta más o menos la mitad del
siglo II, y por otra parte la palabra "papa" fue usado hasta el siglo
VI como apelativo cariñoso para todos los obispos y solamente a partir de este
siglo se empezaba a aplicar paulatinamente como título exclusivo al obispo de
Roma dándole de esta forma su preeminencia como Jefe Supremo (espiritual) del
Cristianismo. El primer Papa en el sentido actual del término fue probablemente
(San) Dámaso I (366-384), hispano por cierto. Esta opinión podemos basarlo en
los siguientes hechos: impuso el latín como lengua litúrgica de la Iglesia,
logró la primacía eclesiástica de Roma por encima de Constantinopla, aplicó por
primera vez el término "sede apostólica" a Roma, y publicó la
Vulgata. Vemos que solamente a partir de Dámaso I, la secta de Roma se
convierte verdaderamente en Iglesia Católica Apostólica Romana. Compárese la
situación de su antecesor como obispo de Roma (el supuesto antipapa) Félix II
(355-365), que coincidió con el emperador arriano Constancio II y después con
Juliano el Apóstata abiertamente anticristiano y mitríano . Dámaso tuve la suerte
que los emperadores Joviano y Valentiniano I fueron cristianos muy ortodoxos. De todas formas la Iglesia Católica debe su existencia a la
supuesta conversión de Constantino I (el Grande), cuando este (con su co-emperador Licinio Liciniano) proclamó en 313 el Edicto de Milano, ordenando
la tolerancia del cristianismo en el Imperio. En este momento de entre los
centenares de religiones que había, destacaron principalmente dos: el Mitraísmo
y Sol Invictus, dos religiones henoteístas solares, que además de aceptar
otros dioses menores creyeron en un Dios Superior invisible (Summum Deus). El
Mitraísmo era por mucho la religión mayoritaria entre los legionarios y la
burocracia del Imperio. El Edicto de Milano fue mucho más de lo que parecía a
primera vista. Si Constantino simplemente hubiera pretendido poner definitivamente
fin a la persecución de los cristianos (más fuerte en los últimos años de
Diocleciano que nunca antes) una simple orden administrativo hubiera bastado,
y, como consecuencia, el edicto fue interpretado como una auténtica
presentación en sociedad, como una señal que el cristianismo o por lo menos su
secta romana contaba con el favor del Emperador. A partir de ahí los patricios,
los militares, los burócratas, los mitraínos en general, entraban en la Iglesia
a mansalva. Como el mitraísmo era un ramal del zoroastrismo,y este y el
judaísmo se habían mutuamente influenciado durante el exilio judío en
Babilonia, y como el cristianismo era a su vez un ramal del judaísmo, no era
muy sorprendente el parecido, en muchos aspectos, entre el mitraísmo y el cristianismo.
Compartieron conceptos como la humildad, el amor fraternal, el bautismo, la
comunión, el uso del agua bendita, la adoración de los pastores en el
nacimiento de Mitras y de Jesús, la inmortalidad del alma, el juicio final y la
resurrección. El mitraísmo difería del cristianismo en la exclusión de las
mujeres de sus ceremonias y en su disposición a transigir con el politeísmo.
Sus numerosas similitudes, sin embargo, facilitaron la conversión de sus
seguidores a la doctrina cristiana. Es un decir, porque no está muy claro quien
convirtió a quien, tampoco está muy claro si el cristianismo absorbió el
mitraísmo o si este "parasitó" aquel. El resultado fue una fusión y
la creación de una nueva religión sincrética que mantuvo el apelativo de cristiano
pero que poco tenía en común con el cristianismo primitivo. De una religión,
supuestamente, de
pobres, esclavos y mujeres, de una religión supuestamente perseguida, se convirtió en una
religión penetrada por la alta sociedad romana y por los militares,esclavista
y abiertamente misógina, y, cuando el emperador Teodosio I prohibió todas las demás
religiones y convirtió el catolicismo en religión de Estado, en religión
perseguidora, militante, violenta y totalitaria. Tal fue la influencia del
mitraísmo que por ejemplo toda la indumentaria del catolicismo fue copiada de
aquel (incluyendo la "mitra"), que los símbolos del cristianismo que
hasta entonces habían sido la imagen del "Buen Pastor" (un
adolescente con un cordero sobre los hombros) y el Pez desaparecieron, poco a
poco, en favor del crucifijo y que la
fecha del nacimiento de Cristo se cambió al día del solsticio de invierno ( en
nuestro calendario actual el 25 de Diciembre) para coincidir con el nacimiento
del Díos Mitra. Tal fue la influencia del Imperio que la organización actual de
la Iglesia refleja a la perfección -por lo menos en su nomenclatura -la reforma
administrativa del Imperio hecho por Diocleciano (sic!) con términos cómo
provincia, diócesis, convento, vicario etc. Hubo tantos y tantos cambios en el
"cristianismo" que desde luego ni Pablo, que lo parió, lo hubiera
reconocido. Bien es verdad que el primitivo cristianismo, más que así, debería
haberse llamado "Paulismo", ya qué - igual cómo le ocurrió a Carlos
Marx con el marxismo- Cristo probablemente se hubiera proclamado cómo el primer
no-cristiano.
El lector puede preguntarse lo que todo
esto tiene que ver con España como concepto. Pero sí tiene que ver, porque las
consecuencias de esta revolución (o ¿contrarrevolución?) religiosa tuvieron una
influencia decisiva sobre la historia de la Península en los mil años siguientes.
No hay duda que el nuevo sincretismo católico del siglo IV ya estaba sembrando
las semillas que siglos más tarde llevó primeramente al cisma oriental (
diferencias dogmáticas aparte, una tardía venganza griega contra Roma) y
después a la reforma protestante (parcialmente un movimiento para volver a un
cristianismo más sencillo y humilde, y, en el caso del calvinismo, una vuelta a
los origines más judaicos del cristianismo y un dios vengativo y justiciero).
Pero en el mismo siglo IV la resistencia a la Roma católica surgió por doquier.
Roma tuvo que enfrentarse a un considerable número de supuestas
"herejías" y digo supuestas porqué todas consideraban herejías a
todas las demás y en especial a la Iglesia católica ( ya sabemos que el ganador
tiene siempre la última palabra y termina por re-escribir la historia a su
gusto). Grosso modo, aparte del catolicismo, hubo tres grandes movimientos (cada
una dividido en varios submovimientos) según la posición que atribuían a Jesús;
desde los que consideraban Jesús solamente Dios (hecho pero no creado por Dios
Padre), a los que le consideraban un Dios (o ¿semidiós?) de segundo orden
(creado por Dios padre) y, por último los que solamente le consideraban humano(
el hijo del Hombre). Los únicos de estos "herejías" que nos interesan
del punto de vista español son el priscilianismo y el arrianismo. El primero
fue un movimiento ascético que, muy laudable, buscaba una vuelta al
cristianismo primitivo y a la imitación total de Cristo. Prisciliano fue
condenado a muerte por un tribunal civil (!) en el año 385,y fue la primera,
pero no la última, víctima del "brazo secular al servicio de la
Iglesia". Mucho más importante fue el arrianismo, que negaba la divinidad
de Cristo, heredero directo de muchas sectas similares de siglos anteriores
como el donatismo. Esto había manifestado su rechazo al dios hijo con toda
crudeza:" si Jesús fuese Dios todo su calvario, su sufrimiento en la Cruz,
su muerte y su Resurrección, hubiera sido un auténtico timo, ya que por mucho
que Dios hubiera asumida una apariencia humana no hubiera podido perder su
propia esencia de inmortal, indivisible y todopoderoso". A Jesús lo
consideraban el más importante de los hombros, inspirado por Dios, el hijo del
Hombre, hijo de Dios como todos los seres humanos; pero no el Dios Hijo. Vemos
entonces que, como el donatismo, el arrianismo fue un movimiento cristiano
auténticamente monoteísta, y como tal rechazaba el catolicismo como una herejía
pagana (!). Mientras que el donatismo seguía siendo la corriente cristiana mayoritaria
en el Norte de África, el arrianismo había convertido las tribus bárbaras, que
empezaban a invadir el Imperio desde el Norte, al cristianismo. (Es curioso que
gran parte de la conversión de los bárbaros fue el resultado del trabajo
evangelizador de las llamadas herejías; el arrianismo en el Norte, los
monofisitas en Oriente Medio, los Nestorianos en Asia Central y la Iglesia
Gaélica (Irlanda) en Occidente).
La importancia del arrianismo para la
Historia de España resida en el hecho que todas las tribus invasoras a partir
del principio del siglo V profesaban esta corriente cristiana. Los suevos se
instalaron en España en su Reino Gallego y alternaron entre abrazar el
catolicismo y abjurarlo, pero los alanos y especialmente los vándalos terminaron,
después de una estancia relativamente corta en la península, por pasar el
estrecho de Gibraltar y crear en el actual Magreb un Imperio que perduró hasta
mitades del siglo VI. Como el Norte de África ya era por entonces sólidamente
"donatista", la llegada de los vándalos arrianos (tan monoteístas
como aquellos, y con un credo diferente solamente en el nombre) creó en estas
tierras el único estado cristiano monoteísta de la Historia. El emperador de
Oriente, Justiniano, puso alrededor de 530 en práctica su viejo sueño de
reunificar el viejo Imperio romano, y ocupó el Norte de África derrotando al
Reino Vándalo. La ocupación bizantino del Magreb tuvo el mismo resultado que en
Siria, la persecución religiosa de las "herejías". En Siria la del
monofisismo ( "naturaleza única"; para sus partidarios Cristo
solamente tuvo naturaleza divina, por lo tanto una creencia exactamente opuesta
a la del arrianismo), en el Norte de África la del arrianismo. Como es lógico,
las dos "Iglesias" se convirtieron en subterráneas, escondiéndose del
"nuevo imperio". Cuando un siglo después surgió desde el interior de
Arabia una nueva religión rabiosamente monoteísta los arrianos y monofisitas,
hartos de la persecución por parte de la Iglesia Católica y del Imperio, se convirtieron
en masa ( los arrianos casi en su totalidad - el arrianismo desapareció como
por arte de magia - los monofisitas en su mayoría-el monofisismo sigue teniendo
buena salud, y entre coptos, jacobitos, sirios ortodoxos y armenios, cuenta con
unos 50 millones de creyentes) al Islam. El increíble y rapidísimo éxito del
Islam a partir de la muerte de Mahoma (632) no tenía ningún secreto, no fue por
sus dotes de persuasión o por una imposición a la fuerza ( el Corán prohíbe
explícitamente la conversión forzosa de la gente del Libro, judíos, cristianos,
zoroastristas e hindúes), sino fue el resultado de una conversión voluntaria y
espontánea, resultado directo del sectarismo totalitario de la Iglesia
católica, del Concilio de Nicea (325),del de Constantinopla (381) y del de
Calcedonia (451). En conjunto hicieron posible que la cristiandad se dividiese en
dos partes irreconciliables y que se perdió al Islam hasta la cuna misma del
cristianismo y los territorios más cristianos de los primeros 3 siglos de su
historia. En resumen, antes de finales del siglo VII, el Norte de África ya era
musulmán hasta las cejas y dispuesta a saltar el estrecho a la menor
oportunidad.
Al otro
lado del estrecho, entre tanto, los visigodos que habían sometidos la Península
en 469, como parte de un reino que tuve su núcleo en el sur de Francia, fueron
forzados a abandonar estas tierras (menos el territorio de Septimania) por los
francos en 510 y a partir de este momento establecieron el reino visigodo
hispano. La historia de este reino es de sobra conocida ( o, mejor dicho, hay
todavía generaciones que se conocen los nombres de todos sus reyes al dedillo),
y aquí solamente quiero hacer hincapié en algunos hechos que tuvieron, a la
larga, una influencia decisiva sobre acontecimientos futuros. Por un lado los
visigodos eran entre todas las tribus bárbaras los más civilizados o
romanizados - por su largo contacto con Roma- y, por lo tanto, cuando ocuparon
Hispania no hube ningún choque cultural y se asimilaron culturalmente con gran
rapidez, y, por otro lado, introdujeron elementos totalmente novedosos: la
monarquía electiva y el arrianismo. Aquella es un sistema ya conflictiva por
esencia, pero la antigua tradición germánica que un hombre calvo, o mejor dicho
sin pelo ( una auténtica obsesión "Sansoniana"), no pude ser guerrero
y menos rey, lo debilitó todavía más, ya que para deshacerse de un rey o de un
competidor, muchas veces no hacia ni falta matarle, afeitarle la cabeza
bastaba. Los 250.000 visigodos formaban escasamente un 6% de la población total
de casi 4 millones ( la península había perdido un tercio de su población desde
el siglo III) y funcionaban como una auténtica casta militar dominante
sustituyendo a las legiones romanos y los grandes terratenientes de la época hispanorromano,
formando ya entonces una sociedad prefeudal. El arrianismo de los invasores,
por otra parte, imposibilitó la fusión étnica por impedimentos religiosos a
ambos lados. Durante gran parte de su existencia este reino visigodo estuvo en
guerra, tanto contra enemigos exteriores como interiores. Guerras con los
francos, los bizantinos (que a mitades del siglo VI ocuparon gran parte del sur
y se quedaron casi 70 años), los astures y los vascones, el reino suevo en
Galicia, y rebeliones hispanorromanos en las costas mediterráneas. Como tanto
las invasiones exteriores como las rebeliones interiores se justificaron en
parte por razones religiosas - catolicismo versus arrianismo - Recaredo cortó
por lo sano convirtiéndose al catolicismo e imponiéndolo a sus seguidores
(589).Se terminaron las invasiones extranjeras pero la paz fue regularmente
turbada por brotes proarrianos y por la lucha por el poder real. Suíntila fue
el primer monarca que reino sobre toda la península, y también el primero que
recibió el mando "por la gracia de Dios", mientras su sucesor
Sisenando (que le echó del trono!) fue ungido como un "cristo"
(Mesías) y se le declaró "sagrado", como todos sus sucesores. No
obstante, esto no cambió que con gran regularidad se trataba de echar el rey "sagrado"
mediante la intriga, el asesinato o la tonsura. Si la historia visigodo se
significó en gran parte por las divisiones y rencillas de sus jefes, no es de
sorprender que el fin del reino visigodo hispano ocurrió por culpa de ellas. La
muerte de Vitiza (710), una guerra civil por la sucesión, una petición de ayuda
a los beréberes por parte de los hijos de Vitizia, la invasión de unos 20.000
norteafricanos, la batalla de Guadalete (711) en donde estos derrotaron al
ejercito visigodo del Rey Rodrigo (debidamente "ungido") gracias a la
traición en plena batalla de parte de sus hombres que estaban a favor de la
familia de Vitiza, y, después de exactamente 200 años de existencia, el reino
visigodo sucumbió trágicamente en cuestión de horas.
Antes de continuar con la era islámica,
valdrá la pena reflexionar si hasta este momento hubo el más mínimo sentido
de identidad hispánica. En la época prerromana, con su sistema tribal
localista, los habitantes ni siquiera sabían que vivían en una península. Esto
puede parecernos ahora sorprendente cuando los niños de 7 u 8 años lo saben ya
gracias a la enseñanza y la existencia de mapas, pero las tribus primitivas,
hasta en sus tiempos migratorios, no conocían los limites geográficas de la
tierra que pisaban. Todo esto cambió en tiempos romanos que, gracias a sus
cartógrafos, si sabían a final de la conquista la configuración más o menos
exacto de su nuevo territorio. A final de la época romano, por mucho que los
habitantes fueron conocidos en el imperio como hispani, ellos mismos se
consideraban probablemente en primer lugar gallaecos, tarraconenses,
cartaginenses, lusitanos o baeticos (según las divisiones de Diocleciano) y en
segundo lugar como romanos. Los visigodos mantuvieron la administración romana
(incluido la división territorial) y su sistema jurídico para sus nuevos
súbditos, instalando al mismo tiempo un sistema paralelo con sus propios
códigos visigodos para su gente, y sus propios obispos arrianos. Con la
conversión de Recaredo, estos se incorporaron a la Iglesia católica, pero no
hubo otros cambios. Había que esperar casi 70 años (654) hasta que Recesvinto
promulgó su Código que fusionó los dos sistemas jurídicos, consumando
finalmente la unión entre los dos pueblos. Igual que en la época romana anterior,
tampoco en el reino visigodo encontramos una conciencia de
"hispanidad". No solamente por que el reino ni siquiera fuese
exclusivamente peninsular ya que incluía también el territorio de Septimania al
Norte del Pirineo, sino por la división de la población en conquistadores y
conquistados. Aquellos se consideraban por encima de todo, visigodos, y estos
no se consideraban ya romanos sino católicos (romanos), habiéndose convertido
la Iglesia en auténtico espectro del Imperio.
La ocupación de toda la
península por parte de los moros tardó unos 3 años, siendo, paradójicamente,
Granada la última ciudad en rendirse. La conquista fue facilitada por la
conversión espontánea de muchos visigodos que no se habían olvidado de sus
creencias arrianas anteriores, por los vitizanos que, cuando se dieron cuenta
que sus supuestos aliados pretendieron quedarse, se contentaban, sin todavía
cambiar de religión, con ocupar altos cargos en el nuevo estado musulmana (un
hijo de Vitizano acepto el titulo de " conde de todos los
cristianos"), y por el hecho de que al pueblo hispanorromano le importaba
un bledo a qué amo pagaba tributos mientras que este no interfería con su
religión. Los nuevos amos tenían todavía más razones que los visigodos de
mantener la administración del estado que encontraron ya que mientras
estos al menos numeraban 250.000
personas, aquellos no llegaban ni a los 50.000. No solamente eran pocos, sino
además estaban desde el principio tan dividido como lo hubieron estado los
visigodos en sus peores tiempos. Las rivalidades y odios ancestrales entre
beréberes, árabes, sirios, medinenses, quelbíes y qaisíes, fue tal que una
mínima resistencia organizado por parte de la población hubiera terminado con
la conquista con la misma celeridad con que había ocurrido. La total ausencia
de tal resistencia demostraba de sobra que no existía el más mínimo sentido de
identidad nacional.
La historia de la reconquista es demasiado
conocida para elaborar sobre ella, pero en relación con el tenor de este ensayo
vale la pena hacer algunas observaciones. Mientras que los moros ( que no es un
término denigratorio como se pretende hoy en día, sino un simple apelativo
derivado de "mauro", habitante de Mauritania, el nombre romano para
el territorio actualmente conocido como el Magreb) - un término más adecuado
para los musulmanes ibéricos que árabes ya que estos formaban solamente una
pequeña minoría- ocupaban la verdadera Hispania romana/visigodo, el pequeño
grupo de cristianos visigodos que lograron mantener una precaria independencia
y a partir de ahí empezar, poco a poco, la "reconquista", lo hicieron
desde los territorios más salvajes de la península, nunca romanizados, y
solamente cristianizados en tiempos muy recientes. Esta diferencia cultural
tuvo consecuencias importantes sobre la larga lucha entre las dos partes.
Los invasores que en su inmensa mayoría
fueron parcialmente beréberes y parcialmente descendientes de vándalos y
suevos, tenían mucho en común con los peninsulares. Sus antecedentes romanos
también se remontaron a la segunda guerra púnica, también habían sido
cristianos hasta hace poco, y, como parte de Andalucía, también Mauritania
habían estado ocupado por Bizancio durante casi un siglo. No es sorprendente
entonces que sus culturas fueron casi idénticas. Durante los últimos siglos del
Imperio la cultura hispana rivalizaba con la de Roma misma y a partir de la
caída de esta la superaba ampliamente gracias a que los Visigodos fueron una
tribu infinitamente más romanizado que los bárbaros que invadieron Roma [el rey
Sisebuto (612-621) era uno de los hombres más cultos de su época, cuyos
escritos en latín tenían una calidad muy superior a lo que entonces era la
norma en Roma]. Los invasores se encontraban por lo tanto como Pedro en su
casa. La posteriormente tan alabada (y con razón) cultura hispanoárabe (mejor
hispano islámica) tuve sus origines en la cultura hispanorromano compartido por
los conquistados y la mayoría de los conquistadores. A este sustrato cultural
no solamente se añadieron a partir de Abderrahmán y sus seguidores ingredientes
persas, sino además creó a partir de allí su propio desarrollo de la cultura
grecorromana. El Islam facilitó este desarrollo mucho más que el cristianismo
ya que admitió la especulación de todo lo divino y humano que no estaba
explícitamente contenido en, y regulado por, el Corán. Los intelectuales del
Al-Andalus incluían, además de árabes y beréberes, una mayoría de muladíes (
hispanos conversos y sus descendientes) pero también mozárabes y judíos, que
separados de sus correligionarios, encontraban una inesperada libertad
intelectual bajo el "yugo" islámico.
Todo esto era un contraste total no
solamente con los reinos cristianos que se empezaban a formar, poco a poco, en
el Norte de España, sino con todos los países cristianos del Norte de Europa.
Una obra como Etimologías escrito a principios del siglo VII por San Isidoro -
una enciclopedia de la sabiduría antigua - fue uno de los principales
"libros de texto" en Europa occidental hasta finales del siglo XIII,
lo que de cierta forma implica un atraso cultural de 5 o 6 siglos. Por otra
parte esta diferencia también se demostraba en los niveles educativos mismos de
las respectivas culturas. De un lado el Al-Andalus en donde por lo menos todo
la clase alta, y hasta la media, tuvo un importante bagaje cultural, y del
otro, unos reinos cristianos en donde hasta los reyes y la alta aristocracia
eran básicamente analfabetos, resultando en que la administración misma del
estado estuvo excesivamente en manos de los clérigos. Por esta razón los
estados cristianos de la época fueron en esencia más teocráticos que el estado
islámico que, siéndolo en teoría (sharia), en la práctica fue regido por
una administración puramente laica.
La mal
llamada Reconquista - mejor hubiera sido llamarla Conquista a secas, ya que los
pequeños reinos que empezaban a formarse (en territorios que nunca habían sido
ni romanos ni visigodos) no podían ser considerados como herederos de la
Hispania romano o de la visigoda, por mucho que sus primeros caudillos fueron
visigodos- tomó a través de los 8 siglos que duró la forma típica, tantas veces
repetido en la Historia, de la invasión de un país de gran nivel cultural (lo
que a largo plazo debilitaba su capacidad guerrera) por parte de otros casi bárbaros
pero, por esto hecho, mucho más violentos. Fue un proceso muy lento, en donde
campañas de varios años de duración se alternaban con muchos años, y hasta
décadas, de paz. Territorios que se habían ganado con mucho esfuerzo y
sacrificios durante varias generaciones podían perderse de nuevo en pocas
semanas. El panorama se complicaba todavía más; al lado musulmán por sus
regulares guerras civiles y la división del califato, en dos ocasiones, en una
treintena de reinos de taifas, mientras que al lado cristiano la adopción por
parte de Navarra de la costumbre germánica de considerar el reino como
patrimonio divisible y heredable, tuvo como resultado, a partir del principio
del siglo XI, que cada vez que un rey lograba reunir Galicia, León y Castilla
en un reino único, a su muerte este reino se dividió otra vez entre sus hijos,
y el largo proceso de integración (con guerras fratricidas por medio) empezaba
de nuevo. Si a todo este añadimos que en muchas ocasiones reyes cristianos y
musulmanes se aliaron para luchar contra los suyos, y que muchos caballeros
cristianos, luchasen al servicio de reyes musulmanes contra otros cristianos
(como auténticos mercenarios), podemos definitivamente quitar la bandera
religiosa a la llamada "Reconquista". El más famoso de los caballeros
mercenarios fue sin duda el Cid Campeador, cuyo mismo apodo ya indicaba su
íntima relación con el mundo islámico ( Cid de Sidi =Señor), y que fue
menos paladín del rey de Castilla y del cristianismo de lo que cuenta la
leyenda.
Además de la gran diferencia cultural entre
el Norte y el Sur, se acentuó también a partir del siglo XII una diferencia
substancial en como entender el cristianismo. Hasta entonces todos los
cristianos habían compartido el rito godo, el cual por presiones de Roma fue prohibido
en los Reinos de Castilla y León en el Concilio de Burgos (1085) y sustituido
por el rito romano. A partir de ahí el antiguo rito godo fue conocido como rito
mozárabe, y cuando - como resultado del avance territorial - los mozárabes
fueron en los dos siglos siguientes paulatinamente incorporados a los estados
cristianos, les acompañaba, por su rito antiguo ya olvidado en el Norte, un
cierto tufo de herejes. Que las cosas no llegaron a mayores, demostró la
tolerancia religiosa de la época, muy superior a la que llegó a ser la norma en
tiempos posteriores. Aparte de esto ya en aquellos tiempos "Espanna"
era diferente hasta tal punto que mantenía - aparte del islámico en el
Al-Andalus - hasta el siglo XV su propio calendario, la "era hispánica"
que se remontaba al año 38 a.C.(fecha en que Augusto consideraba terminada la
conquista de Hispania)- diferente al cristiano que ya se había
impuesto en el resto de la Cristiandad- por esto muchas fechas de la historia
española medieval son dudosas por no haber sido debidamente adaptados. Por
ejemplo, hay versiones de "El cantar (o poema) del (Mío) Cid", en
donde la fecha en la última regla: "Per Abbat le escribió, en el mes de
mayo, en era de mil y CC[C]XLV", es interpretada literalmente como 1345 (o 1245, ya que existan dudas sobre la tercera C) y otras en que - sin
dar ninguna explicación del porqué del cambio- se da la fecha de 1307 a.C (1207).
Otra vez hay que plantear la pregunta de sí
en toda esta época medieval hubo un sentimiento de unidad y nacionalidad
española. Y la respuesta tiene que ser claramente negativa.¿ Como podía ser de
otra forma si hasta la Cristiandad española estaba regularmente dividida en un
sinfín de reinos y condados que, muchas veces aliados con reyes moros, se
dedicaban a hacerse la guerra. Es verdad que Sancho III el Mayor de
Navarra, Alfonso VI de León y Castilla y Alfonso VII de Castilla y León
lograron reunir buena parte del territorio cristiano occidental, como también
es verdad que cada uno de ellos lo dividieron de nuevo entre sus hijos al morir
dando lugar cada vez a auténticas guerras fraticidas. El último además creó
ingenuamente una nueva división nunca superada (excepto el periodo que va de
1580 a 1640) a dar el entonces condado de Lusitania (Portugal) como dote a su
hija Teresa con ocasión de su boda. Los tres monarcas mencionadas se
proclamaron como "Constitutis Imperator Super Omnes Hispanie
Noationes", como también lo hizo, casi al mismo tiempo que Alfonso VII,
Alfonso I de Aragón ("el Batallador"). Todas estas "auto-
proclamaciones" fueron en su tiempo consideradas como patrañas
megalómanas, ya que para todo el mundo la palabra "Espanna" tuvo
entonces solamente un sentido geográfico y un Imperio "Espanna" tenía
que incluir forzosamente toda la península. Tan poco sentido tuvieron estos
títulos que siempre se hacen referencia a los monarcas en cuestión como reyes y
nunca como emperadores. Por otra parte tampoco la palabra "Espanna"
tenía mucha resonancia política. En el "Mío Cid", aparece solamente 5
veces, infinitamente menos que la palabra "Castiella"; igualmente
toda referencia a Alfonso VI siempre toma la forma de " el rrey
Alffonsso" y nunca la de "Emperador". Fernando III nunca se
sentía tentado a seguir el camino imperial y ni siquiera Alfonso X, no
obstante su frustrado intento de hacerse con el trono del Sacro Imperio Romano
(Germánico) para el cual fue finalmente elegido Rodolfo de Habsburgo
(sic).
Si definimos un Imperio como un
súper-estado (federal o confederal) con como elementos reinos, ducados,
condados, Señorías y hasta Obispados autónomos; plurinacional, pluri-étnico
y multilingüe - no necesariamente monárquico, y el Imperio Romano nunca
dejo de ser, por lo menos formalmente, República! - entonces el primer
candidato en la Península Ibérica a esta distinción fue la Corona de Aragón.
Con 2 reinos y un condado en la península, el Reino de Mallorca, reinos en
Italia y dos ducados en Grecia ( Atenas y Neopatria), la Corona de Aragón
constituyó sin ninguna duda un auténtico Imperio, si no "espannol"
por lo menos mediterráneo. El segundo candidato no fue como se podía pensar la
bi-monarquía Castellana-Aragonesa de los Reyes Católicos. No hubo bajo la
pareja católica ninguna unidad política entre las dos partes, más bien hubo una
federación personal. La famosa frase "Tanto monta, monta tanto Isabel como
Fernando", además de ser incorrecta - las palabras originales se limitan a
"Tanto monta" - no eran tampoco verdad. Mientras que Isabel en la
Corona de Aragón era simplemente reina consorte, Fernando en Castilla era
co-rey con casi los mismos poderes que Isabel, resultado del indudable talento
político maquiavélico de aquel ( no por nada era el Príncipe en que se inspiró
Maquiavelo). Cuando en 1474 murió Enrique IV se entabló inmediatamente una
guerra civil entre los partidarios de Isabel (declarada heredera del
trono en 1468 en el Tratado de los Toros de Guisando) y la discutida hija
de Enrique (el "Impotente"), Juana, apodada "la
Beltraneja", ya que supuestamente Beltrán de la Cueva, valido del rey,
había ayudado también al rey en el cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Fernando,
que se había casado con Isabel 5 años antes y que todavía no había heredado el
trono Aragonés, se aprovechó de las circunstancias y se presentó en Segovia
reclamando el trono castellano para sí, por ser, como primo segundo, el pariente
varón más próximo de Enrique IV. Además, curiosamente, como nieto de Fernando
de Antequera (Trastamára) y con abuela y madre castellanas, Fernando era
castellano por los cuatro costados, contraria a Isabel que era mitad
portuguesa. La jugada resultó solamente a medias, pero lo suficiente para
que un laudo conocido como "Concordia de Segovia" otorgó
a Fernando casi los mismos poderes que a Isabel. De todas formas, la pareja ni
siquiera adoptó, una vez heredado Aragón por parte de Fernando (II), el título
de reyes de España, habida cuenta que el nombre de España, igual que en siglos
anteriores, seguía aplicándose a toda la península y, para integrar este
título, faltaban aún Navarra, Portugal y Granada.
Carlos
lo tuvo peor todavía. Heredó, los tronos de Castilla (con la Navarra peninsular
y Granada ya incorporadas) y Aragón por un incomparable cúmulo de coincidencias
y suertes. En Castilla el camino le fue facilitado por la muerte de su tío
Juan, seguido por la de su primo Miguel de Portugal (la gran esperanza de
Isabel y Fernando para reunir todos los tronos españoles en un monarca);
mientras que la muerte del hijo de Fernando y su segunda esposa, Germana de
Foix, Juan, le aseguró la Corona de Aragón. No obstante, no se hizo nunca - en
términos legales- con Castilla, ya que hasta la muerte de su madre Juana (la
"Loca"), que seguía siendo la verdadera reina, él era
más una especie de rey asociado, regente o gobernador, que Rey en sentido
estricto. Pero no hay duda que ostentaba todo el poder y para no verlo mermado
en ningún momento se ocupó - manteniéndola, como buen hijo renacentista,
aislada en Tordesillas - en asegurarse que Juana no recuperase nunca la
cordura. Como la muerte de Juana coincidió casi con la abdicación de su hijo,
el Emperador, fue su nieto, Felipe II, indirectamente, su verdadero
heredero.
La muerte del pequeño príncipe Manuel de
Portugal (1500), convirtiendo el ya nacido hijo de Juana en heredero, fue
probablemente uno de los hechos más cruciales de la historia moderna de la península.
En vez de lograr la tan ansiada unificación de España, la apariencia de la casa
de Hapsburgo involucró Castilla y Aragón en asuntos del Imperio Germánico,
completamente ajenos a sus verdaderos intereses, que fueran el origen de su
futura decadencia.
Ya hemos visto que el origen de Portugal
está en la dote de Alfonso VII, del entonces condado a una de sus hijas,
manteniéndolo fuertemente ligado a Castilla a través de vasallaje feudal,
pero los azares de la política medieval lo convirtieron en reino independiente,
sin ton ni son, ya que siendo Portugal embocadura del Duero, Tajo y
Guadiana, es sin duda, de punta de vista geográfico mucho más parte integral de
Castilla, que por ejemplo Galicia (ya lo sabían los suevos) o Granada (por esto
la tardanza de su "re"Conquista). El uso del idioma como referencia
del nacionalismo- tanto en Portugal como en Cataluña- es relativamente
reciente. Las tres grandes lenguas romances de la península fueron siempre
consideradas como variantes del mismo tronco común; el gallego-portugués su
variante atlántica, el castellano su variante central y el catalán su
variante mediterránea. Los escritores medievales y posteriores hasta bien
entrado el siglo XVII los usaban indistintamente. Para poesía lírica el portugués,
para poesía épica- y después prosa- el castellano. Por razones
nacionalistas se ha obviado, ambos en Portugal y en España, que Camoens,
además de ser el poeta portugués por excelencia, también es uno de los mejores
poetas del castellano, cambiando de idioma según su estado de ánimo o
según lo que quisiera expresar. De igual forma se puede encontrar muchos poetas
castellanos que escribieron parte de su obra en portugués. Por idéntica razón
los poetas catalanes usaban también indistintamente tanto el catalán como el
castellano y si no hay muchos poetas castellanos que usaban el catalán (casi
todos aragoneses) hay que atribuirlo a razones geopolíticas ya que mientras
Cataluña lindaba con un territorio castellanohablante (Aragón), Castilla como
tal no lindaba con Cataluña.
Ochenta años después de la muerte del pequeño
Miguel de Portugal, Felipe II logró finalmente incorporar Portugal al resto de
los reinos peninsulares y de esta forma fue el primero en poder llamarse Rey de
España (o de las Españas). Pero no solamente esto; considerando que
además era Rey de Cerdeña, Sicilia y Nápoles, soberano de muchos
sitios más, y contaba con territorios ultramar en América, África, Asia y
Oceanía, Felipe II era dueño y señor del Imperio más grande vista hasta entonces.
Si aplicamos la definición propuesto anteriormente, hubiera sido lógico y
oportuno si se hubiese proclamado Emperador. Digo oportuno, porque por
mucho que Felipe II se llamase Rey de España no había, como tal y en
sentido jurídico, un reino español sino un grupo de reinos independientes entre
si y solamente juntados por la cabeza. Esto creó un problema administrativo de
primer orden que se resolvió en falso gobernando España desde Castilla -
convirtiendo los demás reinos de cierta forma en meros apéndices - y
creando el, también falso y exagerado, sentimiento de sometimiento a
Castilla. El conjunto de territorios estuvo, en la práctica, gobernado por el
Consejo Real (de Castilla) en colaboración con los Consejos de Estado (
política exterior),Inquisición ( ortodoxia religiosa y control ideológico) y
Hacienda. Además de estos consejos principales, hubo varios consejos filiales
como el de Cámara de Castilla y el de las Órdenes ( del Consejo Real) y el de
Guerra( del Consejo de Estado) y los Consejos subsidiarios, llamados de
competencia nacional, de Aragón, Portugal, Navarra, Flandes, Italia, Indias.
Mientras que el Consejo Real gobernaba directamente la Corona de Castilla ( e indirectamente a los virreyes y gobernadores de los demás territorios) los
consejos de competencia nacional fueron meramente consultivos y sus componentes
limitados al asesoramiento del Rey en relación con los conflictos entre
virreyes y las instituciones forales en cada territorio. La impresión de la
preeminencia de Castilla fue enormemente reforzado por la discrepancia
territorial y demográfica entre los territorios españoles. De los 10,5 millones
de habitantes de la península en 1600,casi 8 millones eran castellanos (74%),
1,2 millones portugueses (11,4%), 600 mil valencianos(5,7%),420 mil
aragoneses(4%), 350 mil catalanes(3,3%), 80 mil mallorquines(0,70%) y 100 mil
navarros(0,9%); o sea tres castellanos por uno de todas las demás
nacionalidades juntas. No es que estas nacionalidades fueron oprimidas o
explotadas, muy al contrario sus fueros fueron escrupulosamente respectados y
tuvieron enormes ventajas fiscales. Las guerras de España fueron financiadas
casi exclusivamente con los impuestos castellanos y el oro de América, y los
impuestos de los demás territorios fueron votados y destinados casi
exclusivamente para su propia defensa local. El resultado fue una lenta pero
constante emigración desde Castilla a la periferia, que aparte de los altos
niveles de fiscalidad, explica el paulatino empobrecimiento de Castilla en los siguientes
siglos.
Que no hubo entones razones racionales para
que los demás territorios sintieran resentimiento y celos de los castellanos,
no obvia que hubo algo de esto, mezclado con la impresión de haber sido
apartados de los quehaceres del país. Todo esto podría haber sido evitado con
la conversión del "Reino" en Imperio. En vez del Consejo Real (de
Castilla) constituido principalmente por juristas de Salamanca, se hubiera
tenido un Consejo Imperial, y unos Cortes Imperiales, con gente proveniente de
todos los reinos y territorios, encargado de gobernar el conjunto del Imperio.
Es muy probable que esto hubiera aumentado enormemente la cohesión del país y
la integración definitiva de los territorios italianos, especialmente si
Castilla también hubiera sido gobernado, en el ámbito local, por un virrey y
los Cortes de Castilla, y si a esto se hubiera añadido la convocación de
forma regular de los Cortes Imperiales alternativamente en los capitales de los
distintos reinos y, por otra parte, la creación de un ejercito y una hacienda
imperiales. Haberlo hecho, bien podría haber evitado todos las problemas
que una tras otra debilitaron España en el siglo XVII; la implicación en las
guerras religiosas(1618-1648),la virtual bancarrota del país, la secesión
de Portugal - iniciado en 1640 y finalizado definitivamente en 1668 con el
Tratado de Lisboa - y la rebelión catalana (1640-1652). A partir de la muerte
de Felipe II la Hacienda entró en un estado ruinoso, agravado a partir del año
1618 por las incesantes demandas de la guerra, lo que llevó a la bancarrota en
1627, parcialmente por la captura en aquel año de la flota de las Indias con su
enorme carga de oro y plata.
En este contexto, el programa de Olivares - un
hombre capaz e inteligente pero autoritario y poco sensible y respetuoso
con los derechos de catalanes y portugueses- tenía por objetivo la
reforma institucional del Estado para conseguir la colaboración de los reinos
no castellanos en la financiación de la Hacienda. Se trataba de unificar legislativa
e institucionalmente la Monarquía Hispánica, suprimiendo leyes e instituciones
feudales, crear un ejército en el que todos los reinos participasen (la
denominada Unión de Armas) e imponer una fiscalidad más exigente. Todo esto
hubiese tenido lógica si lo hubiera hecho Felipe II dentro del marco de un
Imperio, pero no un valido dentro del marco múltiple de unos reinos solamente
conectados por la cabeza. En Cataluña la reforma fue rechazada por los Cortes
lo que creó un conflicto institucional entre Cataluña y, primero, Felipe III y,
después, Felipe IV. Varios problemas hicieron aumentar la tensión; los abusos
de los tercios alojados en Cataluña en 1626 en previsión de la
guerra con Francia - finalmente declarada en 1635, momento en que se enviaron
más tropas para defender la frontera, lo que acentuó al malestar campesino-
y la aparición del hambre, que endureció más las tensiones, de forma que,
entre 1635 y 1640, los enfrentamientos entre campesinos y soldados fueron
constantes. A finales de 1640 estalló la rebelión y los catalanes se aliaron
inmediatamente con Francia convirtiendo su rebelión en un apéndice de la guerra
con Francia, a su vez parte del conflicto europeo (religioso) general. Por
mucho que habían pactado la independencia de las instituciones catalanes,
los franceses, como era previsible, no las respetaron y en 1641 Louis XIII se
proclamó Conde de Barcelona con lo cual los catalanes se vieron de repente
incorporados en un verdadero estado centralista;
¡de la sartén al fuego! La
rebelión terminó finalmente con la ocupación de Barcelona en 1652 por parte del
ejercito de Juan José de Austria, pero la guerra con Francia solamente se
terminó en 1659 con la Paz de los Pirineos - un año significativo en la
historia de los dos países como veremos después - en la cual una parte de
Cataluña pasaba a ser dominio francés (sic). La actitud de Felipe IV fue
magnánima y confirmó los fueros e instituciones catalanas. Los dos partes
habían aprendido la lección; Felipe IV de que todos los "españoles"
eran muy celosos de sus fueros y los catalanes de que los Hapsburgos eran, con
todos sus defectos, muy preferibles a los Borbones, los únicos que habían
sacado provecho de la rebelión catalana. Tan bien habían aprendido la lección
los catalanes que 50 años después en la Guerra de Sucesión se declaraban
firmemente a favor del pretendiente austriaco (que, por cierto, fue coronado en
1703 Rey de España, en Viena, con el nombre de Carlos ¡III! ), ya que el
pretendiente Borbón no le querrían ver ni en pintura.
Por otra parte la secesión de Portugal tuvo mucho que ver con la rebelión
catalana. La política del conde-duque de Olivares supuso la culminación del
progresivo descontento político vivido en Portugal por la falta de respeto y
reconocimiento hacia el reino y hacia lo acordado por Felipe II en 1579, en los
artículos de Lisboa. El derecho de exclusivismo, calificado también como
'indigenato', debería haber garantizado para los portugueses todos los cargos
del aparato estatal, militares y de defensa metropolitana e imperial, pero los
castellanos los fueron copando. También se incumplió lo estipulado con respecto
a las formas de gobierno delegado en caso de absentismo real, que debía
circunscribirse al virreinato de sangre y a la gobernación integrada por naturales.
Aunque en ese momento la Corona estaba representada por Margarita de Saboya,
prima de Felipe IV, en realidad era asesorada por castellanos. Si a esto
añadimos la exigencia de Olivares a la nobleza portuguesa de que se
uniera a la campaña militar contra los catalanes el conflicto estaba servido y
los apoyos al movimiento separatista se generalizaron. No hay que sorprenderse
que cuando una de las partes de un tratado lo incumpla, la otra parte se sienta
también liberada del mismo. El movimiento separatista fue facilitado por tener
un candidato autóctono al trono a mano en la persona de João de Braganza
(después Juan IV), tan rebisnieto de Manuel I de Portugal como Felipe IV. Si
tuvo algún reparo en romper su juramento de fidelidad a este, ya se ocupaba su
mujer castellana - una Medina Sidonia - que se olvidara de estas minucias. La
rebelión tuvo éxito en parte porque los tercios estaban ocupados en luchar
contra catalanes y franceses y en Europa Central, y en parte porque los
portugueses obtuvieron inmediatamente el entusiástico e interesado apoyo de los
ingleses. Pronto el nuevo reino fue reconocido internacionalmente, con
excepción del Vaticano que, junto con "España", no asumió la
separación hasta el Tratado de Lisboa (1668). En aquel momento Portugal renegó
definitivamente de su "españolidad" y, dando la espalda al resto de
"España", se consideraba en adelante exclusivamente
"portugués". El cambio no fue a la larga muy positivo para el nuevo
reino ya que cayó bajo influencia inglesa que a partir de aquel momento dictaba
su política exterior.
Hoy en día estamos tan acostumbrados a que los
Pirineos forman la frontera entre España y Francia (olvidándonos por un momento
de Andorra) que es fácil pensar que siempre haya sido así, pero nada más lejos
de la verdad. La situación actual solamente exista, más o menos, desde la ya
mencionada Paz de los Pirineos en 1659. Hasta entonces los Pirineos habían sido
simplemente una cordillera montañosa que políticamente no separaba nada de
nada. Ambos Navarra y Aragón habían con el tiempo adquirido territorios
transpirenaicos importantes que ocupaban una parte considerable del
suroeste galo. La parte transpirenaica de Navarra incluía entre otros los
condados de Bearne, con su capital Pau, y Evreux. Aragón por su parte controlaba
a finales del siglo XII casi todo el Languedoc. Vemos que durante buena parte
de su historia medieval tanto para Navarra como para Aragón el Pirineo fue una
cordillera en el interior de su propio territorio, con lo que sus habitantes
más que considerarse "españoles" o "galos" se sintieron
probablemente "pirenaicos", Con la anexión de la Navarra Alta o
cispirenaica por Fernando en 1513, la Navarra Baja o transpirenaica queda como
reino independiente muy implicado con la política francesa, como ya había
ocurrido durante las primeras décadas del siglo XIV. Pero ni siquiera la
división de Navarra y la anterior pérdida de gran parte del Languedoc por parte
de Aragón, convirtió el Pirineo en auténtica línea divisoria. Perversamente la
mayoría de los valles pirenaicos son transversales y con el sistema de
"jurisdicciones" que existió desde el medieval alto, un valle que
penetraba desde el norte en Cisnavarra podía pertenecer a la jurisdicción de un
vasallo de los Reyes de (Trans)Navarra y al revés, con lo que el concepto mismo
de "frontera" era totalmente ambiguo. Esto cambió parcialmente con la
Paz de los Pirineos; Aragón - o Cataluña si queremos - perdió sus últimas
posesiones galas; Rosellón y parte de Cerdaña, y el Pirineo se convirtió más o
menos en la frontera entre España y Francia. El paso definitivo tardo todavía
dos siglos más con la firma en 1868 del Tratado de Bayona, que impuso
definitivamente la nueva cartografía cuando se hizo el amojonamiento de la
frontera. Este paso simbólico de la separación de dos soberanías, cada una con
jurisdicción exclusiva a su lado de la línea divisoria, marca por primera vez
el nacimiento de una conciencia nacional. La obsesión de delimitar el
territorio por fronteras naturales fue el resultado del creciente absolutismo
y, por lo tanto, el centralismo, de la monarquía francesa a partir de
Enrique IV. Es casi divertido como los personajes que, tanto como el que más,
han contribuido a la división de un país, cuando alcancen el poder se
convierten rápidamente en los más autoritarios y centralistas. Este es el caso
de Enrique IV que como Enrique III de Navarra había liderado durante varias
décadas a los hugonotes en las guerras civiles de la segunda parte del siglo
XVI, traicionó a sus correligionarios para poder ocupar el trono francés
("Paris bien vale una misa"), incorporó Navarra a Francia contra la
oposición de la, mayoritariamente protestante, población, y se convirtió en el
primer exponente del centralismo borbónico a ultranza. (Otro tanto le ocurrió a
Buonaparte que a principios de la Revolución, y antes de subir escalones en la
nueva Francia, estuve a punto de convertirse en jefe militar del nacionalismo
corso. O, más actual, a separatistas vascos y catalanes a los que les ha salido
el plumero autoritario y dictatorial.) En Francia el camino marcado por Enrique
IV fue seguido con gran entusiasmo por sus sucesores Louis XIII (Richelieu) y
Louis XIV (Mazarino).
El siglo XVII español fue un auténtico desastre
desde el punta de vista político, militar y social. La calidad física, humana e
intelectual de los sucesivos reyes iba de mal a peor a infame gracias a cuatro
generaciones sometidas a una cerrada endogamia que rozaba el incesto. Felipe II
era hijo de primos hermanos, Felipe III de tío y sobrina carnales, Felipe IV de
primos hermanos y el último de los Hapsburgos españoles, Carlos II ( un
patético deshecho humano) era hijo de tío y sobrina carnales. No es de
sorprender entonces que durante todo el siglo el poder ejecutivo cayó en manos
de un valido tras otro, más o menos competente, más o menos de buena fe, más o
menos ambicioso, pero, desgraciadamente para España, sin la visión política y
estratégica para salir del embrollo en que la política imperialista de Carlos V
y Felipe II había metido al país. Seguir con esta política con una hacienda
ruinosa era una receta estúpida que solamente podía llevar, a la larga, al
desastre y una decadencia anunciada. Solamente hay que mirar el mapa para
darse cuenta de la enorme desventaja que llevaba España en todas las interminables
guerras del siglo XVII; de todos los contrincantes España fue el único que
luchaba sobre líneas exteriores inconexos entre sí. La República de las Siete
Provincias (Holanda) luchaba en su patio trasero con líneas de abastecimiento
nunca superiores a los 150 Km. Francia luchaba en sus fronteras sin
traspasarlas nunca más de algunos centenares de kilómetros, e Inglaterra se
limitaba en gran parte a una guerra naval financiado en gran parte por la venta
de patentes de corso. En todo el siglo España no solamente fue el único país
que luchaba sobre cuatro frentes distintos con enormes distancias entre sí,
sino además logró enemistarse con casi todos los demás contrincantes a la vez;
desde Francia, Inglaterra y Holanda, hasta Dinamarca y Suecia. Además, España
estaba a la vez envuelto en guerras territoriales y religiosas. Francia, mucho
más pragmático, nunca cometió este error y, por mucho que Richelieu y Mazarino
eran "Príncipes de la Iglesia",luchaba exclusivamente por razones
territoriales, aliándose con católicos o protestantes según sus
intereses. Cualquier estadista de verdad se hubiera dado cuenta que antes
o después la situación se haría insostenible; los Países Bajos Hapsburgos
estaban cogidos en una pinza entre Holanda y Francia; en Alemania, en el mejor
de los casos, España no sacaría ningún provecho, y estar enemistado con
Inglaterra y Holanda simultáneamente solamente podía tener consecuencias
navales funestos. Si a esto añadimos que España, por habitualmente
moroso, no tenía más remedio que concertar los préstamos con que financiaba la
guerra a un interés anual del 15%, lo que agravaba todavía más el
estado de bancarrota virtual de su Hacienda - Holanda, con su reputación de
amortizar sus préstamos puntualmente, solamente pagaba el 3% - y el menos
pintado se hubiera dado cuenta que había que cortar por lo sano. Todavía
durante algunas décadas los tercios seguían ganando batallas, pero cada
victoria era más pírrica que la anterior. Lo estratégicamente sensato hubiera
sido negociar con holandeses y franceses para la cesión y venta de
respectivamente Flandes y Artois. Un negocio redondo para todas las partes,
mucho más barato para los compradores que financiar las interminables guerras,
y altamente beneficioso para las maltratadas arcas españolas. En el lote
francés se hubiera podido incluir también el Franco Condado, auténtica espina
en el costado de Francia, y que solamente servía a España para hacer posible el
traslado de tropas a pie desde el Milanesado a Alemania y Flandes, una larga
caminata de más de 800 Kms. Aquí hay que aclarar que, contrario a la opinión
popular, aquellos territorios no formaban parte ni de la Corona de Castilla ni
de la de Aragón, sino que fueron territorios patrimoniales del rey,
mientras que la financiación de su defensa fue casi exclusivamente
soportado por los impuestos de los pucheros castellanos. O sea, se desangraba a
Castilla para mantener unos territorios ajenos que de todas formas, por
indefensibles, si perdieron a la larga. Su venta hubiera amortizada gran parte de
la deuda española y hubiera aliviada enormemente la presión fiscal de Castilla
con su consiguiente estimulo económico. Además España se hubiera replegado a
unas líneas defensivas, en la Península y en Italia, que en extensión no
llegaban ni a la mitad de las anteriores, mientras que por otra parte los
holandeses y franceses, no teniendo ya un enemigo en común y habiéndose
convertido en vecinos, no habían tardado en llegar a las manos.
No se hizo nada de todo esto y, erre que erre,
España seguía durante gran parte del siglo XVII la nefasta política
"imperial" y "antireformista" que era la herencia dejado
por Carlos I a Felipe II, y por este a sus descendientes. Hasta la década
de los cuarenta, España lograba todavía mantenerse a flote, ganando, o por lo
menos no perdiendo, buena parte de las batallas, pero en la batalla de Rocroi
(1643) unos tercios españoles, hambrientos, mal equipados y peor vestidos, y
que no habían cobrados su "soldada" en más de un año, fueron casi
aniquilados. Era esta batalla el principio del fin de la grandeza de España,
rematado por la Paz de los Pirineos, 16 años después, en la cual abdicó de ser
primera potencia. Todos los territorios que 30 o 40 años antes se pudieron
haber vendido, no solamente se perdieron de todas formas a partir de este
momento y durante el medio siglo siguiente - después de que su defensa a
ultranza e insensata había hundido el país en la miseria - sino se perdieron
también otros, innecesariamente.
Antes de llegar a la Guerra de Sucesión hubo todavía
3 guerras más con Francia, con la invasión y ocupación de Cataluña por parte de
los franceses y toda la destrucción que esta implicaba. Felipe IV en su último
testamento había nombrado heredero a su hijo Carlos y si este faltase, a los
descendientes de su hermana Margarita ,emperatriz de Alemania. Excluyó de forma
explícita a los descendientes de su hija Maria Teresa esposa de Luis XIV. ¡ De
Borbones, nada! Era claro que Felipe IV - al igual que las potencias europeos -
estaba convencido de que el raquítico Carlos no iba a tener descendencia. Carlos
heredó el trono cuando sólo contaba 4 años, y solamente 3 años después se firmó
un tratado secreto entre Luis XIV y el emperador para el reparto del Imperio
español, seguido de otras conspiraciones de este tipo que culminaron en 1698 en
otro tratado de reparto y despoja de España. Lo lógico hubiera sido que Carlos
II hubiera respetado los deseos de su padre - claro, siendo tan niño a la
muerte de este, ni se recordaba de él - pero terminó testando (mejor, fue obligado
a hacerlo por su entorno) a favor de Felipe de Anjou, segundo nieto de Luis
XIV. La decisión fue más política que dinástica y se decidió que la mejor forma
de proteger la totalidad de la herencia era escoger de entre los
pretendientes aquel que mejor pudiera hacerlo. No hay duda que Luis XIV estaba
mejor colocado para proteger a los suyos que el emperador. Considerando que
durante los dos siglos anteriores Francia había sido el enemigo mortal de
España, la idea de que la mejor forma de protegerse fue unirse al peor de los
enemigos era de un maquiavelismo francamente exagerado, especialmente
considerando la oposición frontal de los componentes de la Corona de Aragón que
- especialmente Cataluña - ya habían sufrido en propia carne lo que significaba
el centralismo francés. De todos formas, Felipe de Anjou fue declarado rey de
España como Felipe V, renunciando a cualquier derecho futuro al trono francés,
y aceptado internacionalmente con la excepción de Austria. No obstante, la
situación cambió gracias a una de las típicas torpezas del Rey Sol cuando,
temiendo quedar sin herederos directos, declaró que Felipe V no podía renunciar
a sus posibles derechos sobre la corona francesa. El espectro de una posible
unificación de las dos coronas en un solo soberano, con su amenaza para la
política de equilibrio europea, cambió la situación internacional y daba lugar
a la Guerra de Sucesión (a la Corona de España). La guerra tuvo dos aspectos
bien diferenciados; por un lado una típica guerra europea - entre por una parte
Austria, Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y gran parte de los
príncipes alemanes y por la otra Francia y España - y por el otro lado una
guerra civil española. La primera estaba provocada por la ancestral rivalidad
Borbones -Austria, el equilibrio de poderes, los intereses comerciales y el
reparto del "botín" español, la segunda por la lucha entre
"filipistas" y " carlistas" ( los partidarios de
Felipe V y el Archiduque Carlos de Austria, el otro pretendiente,
respectivamente). Fuera de la península la guerra tuvo resultados muy
desfavorables para los intereses franco-españolas, contrario a lo que
pasó dentro de España donde después de 14 años de guerra Felipe V logró
afianzarse definitivamente a la corona. Cuando Carlos, que había sido coronado
Rey de España, como Carlos III (sic) en 1703 en Viena, heredó en 1711 la Corona
Imperial (como Carlos VI) por la muerte de su hermano José I, todo el panorama
cambió otra vez. Hasta entonces la alianza contra Francia y España
luchaba para impedir la posibilidad que las coronas de estas se unieron en una
sola cabeza, ahora se confrontaban repentinamente con la reunión de los tronos
de Austria y España, restaurando de esta forma bajo Carlos VI, el Imperio de
Carlos V. A partir de este momento comenzaron las negociaciones para llegar a
un tratado de Paz para terminar la guerra europea. En 1713 se firmó el Tratado
de Utrecht entre Francia y España de una parte, y el Reino Unido, Holanda,
Saboya Y Prusia de la otra ( Austria solamente lo ratificaba un año después),
Por mucho que Felipe V tuvo que renunciar definitivamente a la posibilidad de
heredar la corona francesa - dejando como heredero de esta un bisnieto de Luis
XIV, de precaria salud - tuvo éxito en su propósito de quedarse definitivamente
reconocido como rey de España, pero, además de perder Gibraltar y Menorca
(temporalmente), perdió todos los territorios en Europa fuera de la península:
Países Bajos, Cerdeña, Milanesado, Mantua, etc. que todos pasaron a Austria,
Nápoles que estuvo ocupado por Austria ( recuperado en 1734 y cedido por Felipe
V a su hijo Carlos - futuro Carlos III - el mayor de sus hijos con Isabel
de Farnesio, como reino independiente) y Sicilia a Saboya( después permutado
con Austria por Cerdeña, y eventualmente unido a Nápoles por Carlos).
A esto llevaron España tanto matrimonio político
y consanguíneo, tanta defensa religioso y territorial, tantas guerras, tantos
gastos y tanta miseria. A partir de Felipe IV se había perdido los
siguientes territorios:
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Rosellón y Cerdaña |
1659 |
Milanesado |
1713 |
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Artois |
1659 |
Nápoles |
1713 |
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Portugal |
1668 |
Cerdeña |
1713 |
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Lille |
1668 |
Sicilia |
1713 |
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Cambrai |
1678 |
Menorca |
1713 |
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Franco Condado |
1678 |
Gibraltar |
1713 |
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Países Bajos Austrias |
1713 |
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Hay que insistir otra vez que Artois, Lille, Cambrai, Franco
Condado, el Milanesado y los Países Bajos no fueron nunca territorio español
sino territorios dinásticos personales de los Habsburgos. Si estos territorios,
que a la larga demostraron ser indefendibles, se hubieron vendidos en su
momento al mejor postor, España hubiera evitado gran parte de las guerras en
que se vio implicado durante todo el siglo XVI, se hubiera evitado la
decadencia del país y, como observador de las luchas de los demás,
probablemente se hubiera mantenido como potencia de primer orden.
En España la lucha entre los dos pretendientes
había tenido sus altibajos para cada uno, pero al final la contienda se
resolvió, como ya hemos visto, a favor de Felipe. Este que en 1701 había jurado
respetar los fueros y privilegios de Aragón y Cataluña, cambió de actitud
después de ganar la batalla de Almansa y de la ocupación de Valencia (1707) y
abolió totalmente los fueros de Valencia y, de paso, también los de Aragón. El
resultado fue que, después de la firma del Tratado de Utrecht y la evacuación
del ejército del pretendiente austriaco, Cataluña y Mallorca siguieron la lucha
por su cuenta hasta la toma por asalto de Barcelona el 11 de septiembre
de 1714, y la rendición de Palma de Mallorca (3 de julio de 1715).
Terminado finalmente la guerra de Sucesión se publicó el decreto de "Nueva
Planta" (1716) que anulaba gran parte de los fueros catalanes y disolvió
el Consejo de los Cientos y la "Generalitat" ,y el sistema de
gobierno fue uniformado con el de los demás países españoles o sea,
castellanizado. También los Países Vascos cayo bajo el yugo centralizador
aunque menos que la Corana de Aragón. El único territorio cuyos fueros fueron
respetados era Navarra. Vemos con la llegada de los Borbones el antiguo
sistema político federal (o hasta confederal) de los reinos españoles
desapreció y fue sustituido por el absolutismo y el centralismo
francés.
Como parte de esta política centralista hubo una
política lingüística de castellanización de los territorios de habla catalán
que tuvo gran éxito, especialmente en Valencia, a través del nombramiento de
párrocos castellanohablantes. Igual que en Francia los Borbones aplicaban una
política de supresión de la Langue d'Oc, en España un rey borbónico empezaba la
supresión del catalán. Al propósito de la castellanización de los territorios
de habla catalána ayudaba también la fundación de la Real Academia de la Lengua
cuya misión era velar por la pureza de la lengua castellana (vea:Academia)
Durante
el siglo XVIII, bajo los Borbones, comienza a extenderse el nombre de España al país, pero a Carlos III
todavía se le califica de "Rey de las Españas" (como "dux"
de Castilla, León, Aragón, Sicilia, Jerusalén, Navarra, Granada, Toledo,Valencia, Galicia, Mallorca, Sevilla, Cerdeña, Córdoba, Córcega, Murcia, Jaén,
Algeciras, Gibraltar etc.) Los viejos costumbres tardaban en morir.
A partir del siglo XVIII se empezaba a
introducir, poco a poco, símbolos destinados a crear una conciencia de unidad
nacional. La bandera de tres bandas(1) introducido por Carlos III(1785) para la
Armada española, tanto como la de cinco para la marina mercante(2) estaba
basada en la bandera marítima napolitana, que, a igual que la "senya"
catalana, era a su vez descendiente de la bandera aragonesa antigua (3).
La bandera municipal napolitana todavía sigue demostrando este origen
(4).
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1. |
2.
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3. |
4. |
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Nos podemos plantear la pregunta si imponer
una variación de la bandera de la Corona de Aragón a la Armada fue una
compensación consciente por haber impuesto el castellano a los pueblos de habla
catalán. Hubiera sido más lógico, y más integrador, combinar la bandera
aragonesa y la castellana, aceptando por ésta la bandera de guerra con la cruz
de Borgoña, usada ya ocasionalmente desde los tiempos de Alfonso VII( primer
rey de la Casa de Borgoña, como hijo de Raimundo de Borgoña) y después
reintroducida por Felipe I (1506) el Hermoso, como signo distintivo de la casa
de su madre, María de Borgoña, y posteriormente por Felipe V. Este símbolo se llevó
a partir de entonces, de una forma o otra, prácticamente hasta 1931, en que la
Segunda República lo abolió. Desde 1971 figura en el guión del Príncipe de Asturias
y desde 1975 en el del Rey. La cruz era de color carmesí o morado,
indistintamente, sobre un fondo blanco. (5). Combinando las dos banderas
el resultado pudiera haber sido la de aquí abajo a la derecha(6)
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5. |
6. |
![]() |
![]() |
Es curioso que una bandera muy similar, con 3 bandas de igual
altura, fue usado a partir de 1520 en los Países Bajos por Carlos V (7).
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7. |
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Todavía
pasaron casi 60 años antes de que en 1843, las
colores roji-gualdas -que habían ido tomando carácter de símbolo liberal, frente
a las blancas de las carlistas - se convirtieron definitivamente en bandera
nacional. Aparte de los colores, la bandera tenía en su centro un escudo real
circular reducido al cuartelado de Castilla y León (como la de Carlos III,8)
pero ahora colocado sobre el cruce de una pequeña ¡aspa roja de Borgoña!
(9).
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8. |
9. |
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Durante el Gobierno Provisional (1868-1871) se dispuso que en
el escudo se sustituyese la corona real por otra mural, que se añadiesen a sus
dos lados las columnas de Hércules, y que el cuartelado fuese de Castilla,
León, Navarra y Aragón (10). Después del intervalo del "Sexenio
Democrático", volvió la bandera anterior (9). En la 2ª República se
incorporó una banda morada a la bandera (3 bandas iguales, rojo, gualdo y
morado) en honor a los comuneros de Castilla, y, curiosamente, usando el escudo
del Gobierno Provisional; la versión lisa, muy usada, fue nunca oficialmente
legalizado. Por incorporar el color morado, color muy vinculado a Castilla
(poco importe si proviniera de la Cruz de Borgoña o de la bandera comunera) la
bandera republicana era en esencia más globalmente español que la bandera real.
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10. |
11. |
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La bandera adoptada durante la primera parte (1936-38) de la
Guerra Civil por los "nacionales" fue idéntica a la del
Gobierno Provisional (10) del siglo anterior. Como no tenían más que banderas
republicanas a mano, tapaban la franja morada con un trapo rojo creando una
verdadera curiosidad; ¡una
supuesta bandera nacionalista con tres franjas de igual altura y un escudo
anti-borbónico / republicano!
Aparte de los decretos centralizadores de 1707 y
1716 y completados durante todo el siglo XVIII, hubo otras muchas medidas
de talante absolutista. Los cortes perdieron por completo el escaso papel
que habían desempañado con los Austrias. En las pocas veces que fueron
convocados se vieron privados de su principal función: la concesión de tributos
y la fiscalización del gasto. Además, con la excepción de Navarra, las
convocatorios siempre fueron conjuntos como prueba fehaciente del proceso de
centralización. De los consejos solamente el de Castilla (o Real) mantuvo su
importancia. Todos los antiguos gobiernos locales desaparecieron y fueron
sustituidos por un sistema de intendentes y corregidores. Igualmente importantes
fueron las medidas económicas: la apertura del sistema de gremios, la libertad
del trabajo, la supresión de las aduanas interiores y la protección de la
industria del textil, entre otras. Vemos que muchas de estas incipientes
medidas liberales iban combinadas con otras proteccionistas.
Uno de los principales resultados del absolutismo
de los reinos europeos fue la relegación del poder político de la aristocracia
y el ascenso económico de la burguesía. No es sorprendente que esta misma
burguesía con el tiempo buscaba no solamente el poder político sino
también la hegemonía social. En esencia todas las grandes revoluciones de
los últimos cuatro siglos han sido promovidas, provocadas y ejecutadas
por la burguesía usando a la plebe como mero carne de cañón. La revolución
cromweliana tuvo como objetivo la instalación de una republica parlamentario
por parte de la burguesía protestante disidente y termino como dictadura
militar "puritana".La revolución americana no era tanto una guerra de
liberación contra la opresión real con sus de impuestos arbitrarios, como
un intento de la burguesía colonial de emanciparse del control del parlamento
ingles y ocupar el poder, un intento que por cierto solamente prospero gracias
a la ayuda de dos monarquías absolutistas, Francia y España. Por otra parte la
revolución francesa fue un intento de la burguesía supuestamente
"ilustrada" a hacerse con el poder y al mismo tiempo desplazar la
aristocracia como grupo social dominante, y en el siglo XX, las revoluciones
comunista, fascista y nacionalsocialista fueran, a su vez, respuestas de las
clases medias bajas nacionalistas, rencorosas y racistas, a estados mas o menos
liberales.
Grosso modo, podemos decir que todas estas revoluciones usaban como autenticas
cortinas de humo eslóganes basados en la "libertad, igualdad y
fraternidad", conceptos ilustrados que los motores verdaderos de los
movimientos revolucionarios no tenían la más remota intención de respetar. Como
ya hemos visto la revolución cromweliana termino con la instalación de una
dictadura militar puritano, y la Restauración monárquica, después de la muerte
del Protector Oliver, fue recibido con gran jubilo y alivio por la inmensa
mayoría de los ingleses. Los primeros verdaderos avances democráticos
ocurrieron en 1689 con la Declaración de los derechos de los ingleses - en
plena Restauración - que inauguro la democracia parlamentaria -la famosa
Carta Magna de 1215 no fue, originalmente, un documento que garantizaba las
libertades, sino la introducción del feudalismo puro y duro contra el
centralismo primitivo de Guillermo el Conquistador y sus descendientes -
limitada todavía a un sistema aristocrático / burgués De forma parecida,
la revolución norteamericana llevo al poder a los grandes terratenientes
y a la burguesía urbana muy enriquecida gracias a la guerra.
Históricamente, las brutalidades cometidas contra aquellos colonos legitimistas
que no habían logrado escapar a Canadá y las Bahamas, y que fueron torturados,
fusilados y expoliados de sus bienes - muy comparable con lo que ocurrió 90
años después con los confederados al terminar la Guerra Civil (vea: Expolio) - han sido silenciadas y
siguen siendo una de las paginas mas negras de la historia de los Estados
Unidos. Los textos de la Declaración de Independencia y de la Constitución
estadounidense fueron considerados como maravillas democráticas, pero sus
conceptos solamente fueron aplicados poco a poca a través del
siguiente siglo y medio, y no fueron cumplidos en su totalidad hasta la década
de los 60 del siglo pasado con la emancipación definitiva de los negros. La
revolución francesa traiciono sus ideales y se convirtió en una tiranía
"imperial" -más pequeño burgués que burgués - peor que el ancien
regime anterior. Su cúpula dominante no tardó mucho en auto-adjudicarse en 12
años más títulos nobiliarios de lo que había hecho la monarquía en 8 siglos.
Las revoluciones comunista, fascista y nacional-socialista -también estas ultimas dos eran revoluciones
no obstante de haber escogido el camino de la
manipulación del sistema democrático vigente - son tan recientes que no hace
falta decir mucho sobre ellas, aparte de observar que fueron una venganza pequeña
burguesa contra la burguesía - que en el siglo XIX se había convertido
definitivamente en la clase dominante - una especie de movilidad social
revolucionario.
Visto
esto, se explica la movida historia de los siglos XIX y XX, no solamente de
España sino también de Hispanoamérica.
©
8/2001
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