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DE DROGAS Y OTRAS ADICCIONES

Prohibición Cultivo español Convenio de la Haya Imperialismo Ley seca
Problema artificial Consecuencias  C. Sanitarias ¿Legalización?  Despenalización
Tabaquismo Alcoholismo Conclusiones    

 

Desde casi los orígenes de la humanidad hasta finales del siglo XIX, el uso de sustancias vegetales alucinógenos, sea por razones rituales sea por razones lúdicas sea por razones curativas, nunca ha estado limitado ni por tabúes, ni por dogmas religiosos ni por leyes humanos. El uso de la marihuana y el alcohol (cerveza primitiva) se pierden en las nieblas de la prehistoria y en el siglo III a.C.,ya hay referencias escritas al jugo de la adormidera (opio).Desde épocas antiguas el opio era considerado como una verdadera panacea universal. Los romanos tenían en tanta estima al opio que regulaban su precio y calidad férreamente, controlando su libre consumo con mayor esmero que el de otros productos, como el vino o la harina, y en el bajo medievo ya se preparaba un extracto liquido llamado láudano ( el mismo que usaba Sherlock Holmes) que fue usado hasta casi finales del siglo XIX para tratar el dolor y la melancolía. La morfina, el principio activo del opio, fue aislada en 1803  y la heroína fue sintetizada en 1868 y tuvo gran éxito por sus propiedades antitusígenas.

El opio se expandió desde Mesopotamia y la cuenca mediterránea hasta Asia y su extremo Oriente, adonde llegó en torno al siglo VII y, aunque Japón no conoció su cultivo hasta el siglo XV, al sudeste asiático y a la India llegó el opio muy anteriormente. Entre las dos guerras mundiales se introdujo su cultivo en México, extendiéndose hasta el Ecuador, el Perú, Colombia y en algunos países del África subsahariana.

PROHIBICIÓN

 Fue en el último tercio del siglo XIX cuando en el mundo occidental - supuestamente democrático y supuestamente defensor de las libertades públicas e individuales - surgieron las nefastas ideas "humanitarias"/totalitarios según las cuales había que crear el hombre nuevo, el hombre del futuro. Y si para lograr este ideal de hombre nuevo, obediente a los nuevos amos que el mismo inocentemente había elegido, había que quitarle sus libertades más individuales - un hecho que en el pasado ni los reyes más absolutistas ni los tiranos más dictatoriales  pudieron haberse imaginado - con la excusa de que los políticos tenían la obligación de proteger a los ciudadanos (más bien sus "súbditos") de sí mismo, entonces no había que hablar más: manos a la obra. Después de un tímido principio en el último cuarto del siglo XIX, la legislación en contra del consumo de las drogas narcóticas empezó su desfrenada carrera al inicio del siglo XX y desde entonces no ha dejado de aumentar su velocidad. Como tantas otras veces, la cosa empezó en los Estados Unidos (vea: Legalización-USA) bajo la influencia del fundamentalismo protestante que desde las efímeras dictaduras teocráticas de Calvino en Ginebra, Cromwell en Inglaterra y los Pilgrim Fathers en Massachussets, nunca han dejado de fastidiar -¡no amar! - al prójimo, y esto en países supuestamente laicos. Empezando con simples restricciones y llegando rápidamente a la prohibición y la penalización total, los políticos han logrado convertir durante el siglo XX una costumbre minoritaria e inocua, en el problema principal de nuestra sociedad con, sospechosamente, un único beneficiario: el crimen organizado.

EL CULTIVO EN ESPAÑA

   El opio cultivado en España tiene fama de excelente calidad desde antiguo, y en el siglo XVII ya se recomendaba su cultivo en Andalucía para el consumo médico en España "y aún en otras naciones". Actualmente se cultiva, en terrenos fuertemente vigilados, en Madrid, en Lérida y en otras provincias para su venta a laboratorios farmacéuticos. Las cosechas están sujetas al control de organismos internacionales que asignan un canon anual de producción de opio a cada país productor. En España hasta que se promulgó la Ley de Sanidad de 1855, el opio no fue motivo de regulación, pero por ser principal y casi única medicina de la época, el Estado  se aprovechó para imponer impuestos indirectos, lo que demuestra que no hubo la menor intención de prohibir su consumo y comercio. A partir de 1855 se estableció una reglamentación según la cual  el opio y sus derivados solamente debían  despacharse por las boticas contra prescripciones médicas. No obstante el láudano, y  pastillas con un alto contenido de opio, se continuaban vendiendo en  tabernas y tiendas con casi total libertad. La codeína, otro derivado opiáceo que se consumía para la tos, enfermedades del pecho, la diarrea y los dolores menstruales, se vendía en pastillas, mezclada con cocaína y mentol, como prevención contra la gripe y fue el único remedio antiviral cuando aún no existían los antibióticos. Y todavía hoy en día los laboratorios siguen incorporándola a todo género de preparados farmacéuticos.  La codeína actúa contra la excesiva mucosidad y la flema, la tos persistente, la diarrea, los achaques musculares e, incluso, los artríticos. Su dispensación libre en farmacias, en jarabes o en pastillas, ha convertido a la codeína en una droga legal de consumo crónico para muchas personas. Hay que hacer hincapié en que  el consumo de opio no era moralmente reprobable y era, como mucho, un "vicio" comparable al de beber café o fumar tabaco.  La palabra adicción  ni siquiera existía en una sociedad en la que las drogas no se consideraban una amenaza y, por lo tanto, no provocaban ninguna alarma social. Desde este punto de vista era mucho más reprobable el consumo inmoderado de alcohol. Hasta bien entrado el siglo XX, existió una abierta publicidad de todo tipo de drogas. Una sustancia tan demonizada como es hoy la heroína era anunciada entonces al lado de otras sustancias tan comunes y aceptadas como la aspirina o los polvos de talco. Las campañas de propaganda de fármacos prohibidos consiguieron seguir filtrando sus reclamos en prensa, cine, radio, transportes públicos, vallas, etc. hasta que en 1941 se creó la censura sanitaria. De hecho, hasta después de la Guerra Civil se cultivó y consumió opio en España para aliviar dolores menstruales, de oídos o de muelas, para combatir la tos, las molestias pectorales, la excesiva mucosidad, la diarrea y el insomnio. Incluso se les administraba a los niños cuando tenían dolor de barriga o echaban los dientes. Enfermedades como el tifus, el cólera o la tuberculosis contribuyeron a popularizar el consumo paliativo del opio, por otro lado bien conocido por los españoles que regresaban de las islas Filipinas. Su consumo, tanto terapéutico como recreativo, hasta  hace no muchas décadas era tan común que en algunas regiones españolas existía la tradición de que la novia aportara en su ajuar unas bolas de opio crudo.

EL CONVENIO DE LA HAYA

 De manera que - aunque en España no existiera ningún "problema de drogas" (pues sólo el alcoholismo llegó a preocupar a los gobernantes de la época) ni a quienes se drogaban se les consideraba delincuentes, y tampoco existía ninguna delincuencia relacionada con el tráfico de drogas - en 1912 el Gobierno español suscribió el Convenio Internacional de la Haya para la restricción del tráfico del opio, coca y derivados de ambas plantas. Con él sólo se trataba de frenar la exportación ilegal de dichas sustancias y sus derivados a otros países. El mencionado Convenio fue promovido  a escala mundial por los Estados Unidos -único país, como hemos visto, que entonces ya poseía leyes restrictivas acerca del opio. Como resultado de la entrada en vigor de estas leyes "la puerta fue ampliamente abierta a la adulteración y al mercado negro de los narcóticos", como señala el informe de la Unión de Consumidores de los  EE.UU, de 1972, denunciando en esa fecha el adverso resultado que estaba consiguiendo la prohibición de las drogas, una guerra que se recrudeció bajo la presidencia de Nixon y alcanzó su nivel máximo bajo Reagan. Considerando que apenas existía ninguna protesta organizada contra el opio es francamente sorprendente que la prohibición del opio se adelantó en los Estados Unidos en 5 años a la del alcohol, si tomamos en cuenta que las organizaciones antialcohólicas tenían una convocatoria inmensurablemente superior. El secreto estaba en la política de expansión del comercio externo y el ánimo manifiesto de intervención imperialista, y no en el daño real que causaba el opio en Norteamérica. De manera que se halló una excusa para la intervención internacional.

EL INCIPIENTE IMPERIALISMO YANKEE

Ya durante la primera mitad del siglo XIX el Departamento de Estado norteamericano había criticado a Inglaterra durante años por sus crecientes envíos de opio hindú a China, crítica que escondía en realidad un desmesurado afán de los Estados Unidos por hacerse con el dominio comercial del sudeste asiático y China, entonces principalmente  controlado por Inglaterra, Holanda y Francia. Los misioneros americanos en China denunciaban que el comercio del opio impuesto por los ingleses arruinaba a los chinos, y los comerciantes yanquis se quejaban de que la plata conque los chinos pagaban el opio iba a parar sólo a manos inglesas, y no a las suyas, cuando podía ser trocada por productos de origen americano. Pero era una falacia, pues los barcos norteamericanos, cinco años después del comienzo de la primera guerra del opio (1841) ya competían con los ingleses en el contrabando de esta droga. Entonces navegaban una cincuentena de veleros - en ruda competencia entre ingleses y norteamericanos- bordeando las costas chinas, cargados de opio y armados en plan pirata para abordarse unos a otros. El narcotráfico de estos contrabandistas  terminó cuando China, vencida y presionada por los países occidentales, decidió legalizar el opio. Posteriormente el Gobierno norteamericano vislumbró una solución para el opio de Filipinas que tanto podría contentar a misioneros como a comerciantes, es decir, a la poderosa Iglesia Protestante de la época y a la emergente sociedad de negocios yanqui, respectivamente. De manera que en 1906, a petición del obispo protestante Brent, el presidente Theodore Roosevelt convocó una conferencia internacional sobre el opio que se celebró en Shangai en 1909. Una segunda conferencia tuvo lugar en La Haya dos años después, en la que se esbozó la Convención firmada luego en la capital holandesa el 23 de enero de 1912 por las principales potencias de entonces convocadas por la nueva potencia mundial norteamericana: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Rusia, Italia, China, Persia, Portugal y Siam, además de los EE.UU. Más tarde, España, por no permanecer al margen de la política internacional, firmó el Convenio de la Haya, aproximándose así a la incipiente cruzada antidrogas impulsada por los EE.UU, la cual  continuó durante todo el siglo, sometiendo a millones de personas a una represión estúpida que aún sigue creando víctimas innecesarias.

LA LEY SECA

 Ya hemos visto que la "ley seca" (Acto de Volsted de 1920 o Prohibición), que prohibió la producción, venta y  consumo de alcohol, fue aprobado con 5 años de retraso sobre la legislación anti-ópio, pero aquélla - contrario a ésta - fue revocada, gracias a una enorme presión pública, en 1933. La ley seca había sido un total fracaso, lejos de terminar con la "plaga" del alcoholismo, "logró" multiplicar el número de borrachos y alcohólicos y, simultáneamente, aumentar geométricamente, por un lado el poder del crimen organizado (la mafia) y por el otro, la corrupción reinante. Las teorías sociológicas sobre las bonanzas de la eliminación de la oferta legal del alcohol (reducción del suministro) habían demostrado ser totalmente equívocas. Quedo demostrado que las prohibiciones consideradas por la gente como excesivas o innecesarias provocan la rebeldía inherente en el ser humano y terminan por tener resultados adversos. Que la rebeldía pública no se cargó al mismo tiempo la legalización  antidroga, se explica  porque igual que no hubo originalmente un movimiento a favor de la ilegalización de las drogas narcóticas, ahora, por ser su consumo muy minoritario, no hubo tampoco una presión suficiente para lograr su abrogación. Lo inexplicable es que los políticos no aprendieron nada de sus errores previos y, erre que erre, seguían aumentando la presión legislativa año tras año, década tras década, hasta lograr que a muchos les picaba la curiosidad, convencidos de que algo que merecía tantas prohibiciones forzosamente debiera ser "bueno, pero muy bueno". El resultado lógico de tanta estupidez (¿?) es que la drogadicción ha aumentado exponencialmente y se ha convertido en uno de los principales problemas sociales, policiales, sanitarios y económicos. 

UN PROBLEMA ARTIFICIAL

En España - porque nos interesa sobre todo el problema español - se aprobarán más  de 40 leyes orgánicos, leyes, reales decretos legislativos, reales decretos y órdenes ministeriales en las últimas 2 décadas, con como único resultado el incremento proporcional de la drogadicción, el narcotráfico, el crimen callejero etc. Parece que los políticos de los últimos 90 años han sido incapaces de darse cuenta de la correlación entre una legislación originalmente innecesaria y con el tiempo cada vez más opresora y criminalizadora, por una parte, y el vertiginoso aumento de la drogadicción y el narcotráfico por otra. Podemos deducir entonces que la legislación antidroga no ha sido la respuesta a un problema sino el causante del mismo, y  que ya es tiempo que nos empezamos a concienciar de que lo que hace falta es un cambio total de actitud.

LAS CONSECUENCIAS

Hace ya años que los sindicatos españoles de policía están manifestando que el problema de la droga no es un problema policial sino sanitario, y que con métodos policiales no hay solución. Lo que si se ha convertido en un problema policial de primera magnitud son las consecuencias de la penalización:
1.NARCOTRÁFICO: la prohibición de la importación, fabricación y venta libre de heroína, cocaína y marihuana creó desde sus inicios un floreciente mercado negro con - como en todos los negocios ilegales - un continuo aumento de los precios  especialmente a nivel de transformación, contrabando, venta al por mayor y al por menor. Las ganancias son tan enormes - se calcula que solamente en España el negocio mueve más de  € 12.000 millones - que los vendedores pueden tomarse el lujo de repartir muestras gratuitas en escuelas y colegios con el fin de enganchar nuevos clientes entre niños y adolescentes. Se crea entonces un circulo vicioso en el cual los grandes márgenes de beneficio aseguran la certeza de poder crear y captar cada vez más adictos y, por lo tanto, vender cada vez más.
2.CRIMEN CALLEJERO: Si consideramos que hay de 100 a 150 mil adictos a las drogas duras - y varios centenares de miles de aficionados a la marihuana - en España, podemos calcular que el adicto se gasta, según su grado de adicción, entre €3000 y €6000 al mes. Aparte de un muy pequeño grupo de privilegiados, estas cantidades son muy superiores a los ingresos totales de los adictos, con que su única posibilidad para satisfacer su adicción es el crimen callejero. No es que los adictos sean criminales natos sino que la legislación vigente les convierte, probablemente a su pesar, en delincuentes como única solución a su apremiante necesidad de evitar el síndrome de abstinencia (el "mono").Las estadísticas del Ministerio del Interior indican que hasta el 80% del crimen callejero está directamente relacionado con la droga. Exceptuando el robo de dinero en efectivo, todos los demás productos de los robos, desde tarjetas de crédito, a joyas, televisores y hasta coches, son vendidos a los peristas por una fracción de su valor - más o menos el 10% - lo que implica que el gremio de estos gana todavía más dinero que los narcotraficantes y que el daño económico al país provocado directa e indirectamente por las drogas puede ser del orden de los €60.000 millones o sea nada menos que el ¡10% del PNB! español. 
3.VENDEDORES Y CONDENAS: Es bien conocida la estructura cuasi militar de las bandas del narcotráfico con su estricta jerarquía. Esta estructura cubre todas las facetas del negocio y su nivel más bajo está dedicado a la captura de vendedores callejeros. La genialidad de los narcotraficantes ha sido el incorporar  para estos menesteres a drogadictos, a cambio de garantizarles el suministro gratuito de droga para satisfacer su adicción, y, además, un dinero adicional para sus necesidades básicas. De esta forma estos "camellos" se han convertidos en la elite de los drogadictos y, por otra parte, los narcotraficantes se han asegurado  un equipo de venta sumiso, fiel y obediente. A sabiendas de que en caso de ser arrestado y condenado sus jefes se ocuparán de que el suministro de drogas les llega a la mismísima cárcel no es sorprendente que la ley de la "omerta" sea cumplida a rajatabla, lo que dificulta enormemente la lucha contra el narcotráfico.
4.CORRUPCIÓN: No es  sorprendente que las enormes cantidades de dinero que mueva el narcotráfico han dado lugar a una enorme corrupción en la cual están implicados desde guardia civiles y policías hasta fiscales, jueces, periodistas y políticos. No dudo de que en España los que se han dejado comprar todavía forman una pequeña minoría, pero la tentación de ganarse un dinero negro fácil es enorme y cada vez habrá más gente que no la pueda hacer frente. No obstante, lo peor no es que algunos narcotraficantes salgan absueltos o que algún policía o guardia civil mete mano a un lote de droga confiscado y lo vende bajo cuerda, sino que haya en cualquier tertulia o discusión, en cualquier manifestación política, todo un grupo de personas desde periodistas a jueces y políticos que sospechosamente defienden la necesidad de aumentar, más y más, las medidas opresoras contra la droga. Y lo hacen con gran éxito ya que han logrado captar el apoyo incondicional de miles de ingenuas madres de drogadictos que se han tragado el cuento de que solamente de ésta forma pueden salvar a sus hijos del infierno. Una burda e infame manipulación que solamente favorece a las mafias, todos cuyos negocios son el resultado de las prohibiciones. En EE.UU. los historiadores tardaban hasta finales de los años 70 para poder demostrar sin lugar a dudas que 60 años antes todos los componentes del  movimiento a favor de la ley seca habían sido parcialmente financiado, a través de grandes donativos anónimos, por la todavía incipiente Mafia.
5.INEFICACIA POLICIAL: Como es bien sabido, el equipamiento de la policía es muy inferior a lo de los narcotraficantes, que cuentan con la última palabra en lanchas rápidas, en coches y en equipos de comunicación, aparte de sofisticados sistemas de blanqueo de dinero a través de los "paraísos fiscales" (vea: Paraísos Fiscales) También es un rumor a voces de que buena parte de los éxitos de las fuerzas de seguridad en la captura de narcotraficantes, el apresamiento de algunos barcos y el decomiso de alijos de droga, son el resultado de informes anónimos que corresponden a la lucha entre bandas, por una parte, y de artimañas para desviar la atención de envíos más importantes, por la otra. El aumento del decomiso de un año a otro no corresponde a una mayor eficacia por parte de la policía sino a un aumento similar en el volumen total del narcotráfico.

CONSECUENCIAS SANITARIAS

   Si todas estas consideraciones por si solas ya deberían bastar para descalificar totalmente el sistema de penalización existente, hay que añadir además las graves consecuencias sanitarias para el drogadicto, que no son criminales- es sorprendente que haya que insistir tanto en el tema - sino enfermos "criminalizados". La drogadicción ha sido tan manipulada que, popularmente, se han invertido hasta los términos: se llama drogada justamente a la persona que demuestra todos los síntomas del síndrome de abstinencia, o sea el drogadicto que está necesitado de droga pero que no está "drogado". El verdadero drogado se comporta de una forma completamente normal, racional y - contrario al alcoholizado - pacífico. No hay duda de que (como todos los "vicios") la drogadicción a la larga sea mala para la salud, pero la penalización del consumo y del suministro ha dificultado enormemente las posibilidades de éxito de los tratamientos de desintoxicación. Contrario a la opinión generalizada, los drogadictos normalmente no mueren por su adicción sino por sobredosis,  por enfermedades infecciosas, y otras. Todos ellos directamente relacionados con la legislación existente.
 La ilegalización del suministro lo deja totalmente en manos del mercado negro con lo cual no exista el más mínimo control sobre el grado de pureza y el origen de los excipientes añadidos. Mientras que en la venta al mayor un alto nivel de pureza tiene un valor añadido ya que permite que un mismo volumen puede ser "cortado" más veces, a nivel de calle el hecho de que un vendedor novato no corta su mercancía lo suficiente - en general por un malentendido servicio al cliente - puede tener un efecto mortal sobre drogadictos con un todavía bajo nivel de tolerancia.
Las grandes cantidades de dinero necesarias para la satisfacción de la drogadicción impide al drogadicto a mantener un empleo estable -con la excepción de ejecutivos de alto nivel - con como resultado su dedicación a crimen callejero como ya hemos visto antes. Como los ingresos de esta actividad son irregulares y la necesidad de un mínimo de dosis al día apremia, muchos drogadictos destinan literalmente todos sus ingresos a este único objetivo, descartando casi por completo sus necesidades de techo, alimentación e higiene, hasta tal punto que prefiere compartir jeringuillas con otros a comprar
nuevos, lo que explica en buena parte la propagación del sida, de la hepatitis-b y de otras enfermedades. La vida marginal y disoluta crea problemas de desnutrición, de inmunidad y de infecciones que terminan con la vida de los drogadictos mucha antes de que lo pudiera haber hecho la drogadicción en sí.
Un  resultado colateral de la penalización es el surgir de drogas psicotrópicas y de diseño que han demostrado ser más adictivas, más dañinas y más mortales que la heroína y el opio, para no hablar de la marihuana. Hasta podemos plantearnos la pregunta de si  las drogas de diseño hubieran existido si no fuese por la existencia de la legislación antidroga.

¿LEGALIZACIÓN o DESPENALIZACIÓN?

Cada vez que se haya mencionado la palabra "legalización" todas las fuerzas fácticas se han levantado en armas y cuando todos sus argumentos a favor del estatus quo fueron rebatidos, se refugiaron en el argumento supuestamente definitivo de que solamente se pudiera contemplar la legalización si todos los países lo hicieron a la vez ya que de otra forma el país se vería inundado por los drogadictos de todos partes del mundo. No hay duda de que el argumento tiene cierta validez, especialmente para aquellos que viven muy bien del dolor ajeno. Pero el hecho de que la legalización, o sea la venta libre, no sea aconsejable no quiere decir que no se pueda encontrar soluciones que. aceptando la drogadicción como una realidad, tratan de paliar los problemas colaterales.

 Hay una cierta similitud con el problema de la prostitución: la mayoría de los gobiernos europeos, empezando por el de Prusia en 1700, decidieron que para erradicar las enfermedades venéreas, en lugar de prohibir la prostitución había que controlarla implantando un sistema de registro obligatorio, de legalización de prostíbulos y de inspección médica de las prostitutas. Hasta que en España se cerraron los burdeles en 1956, siguiendo directrices de la ONU (una organización que igual que su antecesora, la Liga de Naciones, siempre ha creado más problemas que los que haya resueltos),la prostitución no había dado lugar a escándalo público ni estaba relacionado con el crimen, y ya hemos visto lo que ha ocurrido desde entonces. Ya es tiempo de que la sociedad católica y la Iglesia, tan opuestas a la legalización de la prostitución, se acuerden de las enseñanzas de San Augustín  que sostenía que la erradicación de la prostitución haría surgir otras formas más radicales de inmoralidad y perversión. Para solucionar el problema de la drogadicción, por lo menos en sus aspectos criminales, penales, económicos y de salud pública sugiero  como solución la:

DESPENALIZACIÓN 

Si  ésta se haga creando un monopolio estatal de venta y simultáneamente un carné de drogadicto (con fotografía) con sus correspondientes bonos de "racionamiento" para la adquisición de heroína y cocaína- personalizados según el nivel de adicción - y si la venta se realizase en un tipo de narcosalas como las promovidas por Gallardón en Madrid, casi todos los daños colaterales de la drogadicción desaparecerían casi al instante. Vamos a ver cómo:
1.
VENTA: Extendiendo los cultivos en España bajo estricto control estatal y estando la venta exclusivamente en manos del Estado, el precio de venta por dosis bajaría probablemente a € 1,5 o 2, una fracción del precio actual en el mercado negro, y  la drogadicción se convertiría inmediatamente de un "vicio" ruinoso en una enfermedad manejable de punto de vista financiero, cuyo costo bajaría de un medio de €4.500/mes a un máximo de € 300/mes.
2.
NARCOTRÁFICO: El sistema sería un auténtico golpe mortal para los narcos ya que su sistema preferida de corromper los adolescentes a través de muestras de iniciación gratis dejaría de tener sentido, ya que cada joven enganchado solicitaría inmediatamente su carné. EL negocio no desaparecería por completo y muchos de los adictos más ricos probablemente seguirían comprando ilegalmente para no tener que admitir su adicción, pero podemos calcular que bajaría por lo menos en un 95%.
3.
CRIMEN CALLEJERO: Como los drogadictos de esta forma podrían financiar su adicción dentro de un presupuesto normal, la mayoría volvería a sus actividades profesionales anteriores con que el crimen callejero bajaría probablemente a menos de un tercio.


( Entre los tres conceptos señalados el ahorro para la economía general del país sería de casi € 50.000 millones, y  la balanza de pago mejoraría en unos € 8.000 millones, equivalente a la cantidad que los narcotraficantes dejasen de blanquear y llevarse al extranjero)


4.
CORRUPCIÓN: Uno de los principales focos de corrupción desaparecería con saludables efectos sobre los comportamientos éticos del país.
5.
CÁRCELES Y POLICÍA: La liberación de muchos presos por delitos menores relacionados con la droga, tendría efectos muy positivos para el sistema penitenciario, y muchos policías podían dedicarse a quehaceres más importantes.
6.
EFECTOS SANITARIOS: Con el enfoque propuesto los drogadictos se convertirían de personas marginados en ciudadanos normales y los problemas sanitarios colaterales de su marginación (vea: Problemas sanitarios) desaparecerían en poco tiempo. Además, los fondos ahora destinados a la lucha contra el narcotráfico podrían ser destinados para ayudar a la desintoxicación de  los drogadictos, y a programas de educación y prevención.

Creo que esta fórmula tendría efectos cien veces superiores a la estúpida, desfasada y contraproducente legislación actual. Una última observación en relación con la marihuana: como esta droga es menos dañina y adictiva que el tabaco y el alcohol debiera de ser totalmente legalizada, como en Holanda donde no se han observado consecuencias negativas relacionadas con su legislación. Muy al contrario, la marihuana es el único "medicamento" conocido con efectos positivos sobre los efectos secundarios de la quimioterapia, y por lo tanto no solamente una droga "lúdica" sino además farmacéutica.    

TABAQUISMO

El tabaco y el alcohol son las dos drogas legales por excelencia pero han tenido un trato bastante desigual desde el punto de vista administrativo, y el que peor lo lleva es el tabaco que se ha convertido en la cabeza de turco de todos los males de la sanidad pública. El único producto que lleva en su embalajes la doble advertencia de: "Las Autoridades Sanitarias advierten que el tabaco perjudica seriamente la salud" y "Las Autoridades Sanitarias advierten: Fumar perjudica a los que le rodean". Lo que llama la atención es la contundencia total de estas dos advertencias sin que se hayan incluidos conceptos como "poder" o "exceso". Todavía no he visto ninguna botella de cerveza o vino - para no hablar ya de brandy, whisky o ginebra - que lleva en su etiquetado las mismas advertencias. Parece que el consumo de alcohol, ni siquiera en exceso, no perjudica a la salud y que los borrachos y alcohólicos no fastidian o perjudican a su entorno. Es bastante sorprendente que las Autoridades Sanitarias se lo han tomado justamente con el producto que con más impuestas carga sobre su espalda. Nada menos que el 70% del precio de venta de un paquete de cigarrillos son impuestos, o sea el 233% sobre el precio en origen. Si consideramos que del restante 30%, escasamente una décima parte o sea un 3% del precio de venta al público constituyen el beneficio de las compañías tabacaleras, vemos que el Estado gana 23 veces más con la venta del tabaco que los fabricantes, pero que son estos que llevan toda el peso de la invectiva social.
Por muchas estadísticas médicas publicadas (los médicos no se lo crean demasiado, fuman tanto o más que el resto de la población) lo único que ha quedado en claro es que el cáncer y las enfermedades cardiovasculares tienen una fuerte carga genética, y que el tabaco no es el causante de dichas enfermedades sino un agravante para una predisposición existente. Hay demasiados casos de viejos fumadores empedernidos que nunca han tenido ningún problema sanitario, y de jóvenes no fumadores que han sufrido canceres pulmonares fulgurantes o infartos. No quiero minimizar el peligro del tabaco - ser un agravante no es moco de pavo - solamente pretendo ver las cosas en su justa medida. Hay muchas personas  que son alérgicas (o desarrollan alergias) a productos que van desde el trigo, a la leche, a ciertas frutas, etcétera y por esto nadie se ha planteado que dichos productos fueron peligrosos porqué sí, y menos todavía  que había que prohibirlos. Más dudosas todavía son las estadísticas sobre los fumadores pasivos, ya que la única forma de que se podría demostrar su validez sería entre campesinos no expuestos a los altos niveles de polución urbana. Todos los "urbanos" sabemos que cada día inspiramos cantidad de nubes de gases tóxicos provenientes  de autobuses y camiones, y que cada una de estas equivale a por lo menos cien pitillos. Esto no quita de que haya que educar a la gente para no molestar a los demás, y me parece muy bien que no se pueda fumar en aviones, autobuses, y edificios públicos, y que cada uno pueda imponer las reglas de su casa. De igual forma acepta que pueda haber restaurantes para no fumadores si, de igual forma, también se acepta la existencia de restaurantes exclusivamente para fumadores y las personas que les quieran acompañar. Lo que no es de recibo es la manipulación inmoral con que se trata el asunto del tabaquismo. Dos sonados ejemplos. Por una parte, el populismo de nuestro inimitable Cháves en Andalucía, poniendo pleitos a las tabacaleras para recuperar los gastos sanitarios ocasionados por el tabaquismo. Hombre, Presidente Cháves, los ingresos fiscales del tabaco son muy superiores al gasto sanitario en cuestión, con lo que estos ingresos pagan además una parte de los gastos sanitarios de los demás. Además, como dijo un cínico, como los fumadores viven menos mira la cantidad de pensiones que os
¡ahorráis! De otra parte, en EE.UU. un fumador de 55 años con un cáncer pulmonar, resultado, supuestamente, de haber fumado dos paquetes de tabaco al día durante 40 años, ha pedido una indemnización a una de las tabacaleras por no haberle avisado del peligro de fumar(!), y un jurado ha condenado a la tal tabacalera al pago de una indemnización de US$ 3.000 millones (!) o sea algo así como  €5000 (unas 800.000 pesetas) por cigarrillo fumado. No hay duda que los tribunales superiores bajarán ésta cantidad a una fracción, pero hasta si lo dejasen en US$ 3 millones no hay duda de que se haya levantado la veda. Seguro que usando el caso citado como precedente, miles y miles de fumadores enfermos, con el mismo morro que el anterior, llevarán a las tabacaleras a los tribunales y, si citan al Gobierno federal como subsidiario civil, lograrán quebrar no solamente estas sino el país entero. Los niños ya no dirán esto de, "Papa, no fumes", sino " A fumar, Papa, y fórrate". 

ALCOHOLISMO

Ya hemos visto antes que las autoridades y los políticos en general  hace ya tiempo dan mejor trato al alcohol que al tabaco. Parece que aquel es un doncel y este el lobo malo. Como el alcohol crea muchos más problemas que el tabaco - todavía nadie se vuelve violento por fumar, ni el tabaco es causa de accidentes de tráfico o de malos tratos - la única explicación posible es  de que mientras a todos los políticos les gusta un copa, muchos han dejado de fumar; y ya sabemos los nuevos conversos siempre son los más  intolerantes. Los gastos sanitarios inherentes en el alcoholismo son todavía mayores que los del tabaquismo y los impuestos sobre el alcohol - bastante altos por cierto - son muy inferiores a los aplicados al tabaco: ¿pero alguien ha oído a Cháves pedir indemnizaciones a los bodegueros jerezanos? ¡Ni borracho! 
El tabaco tampoco crea escándalo público, por lo menos nunca he oído que los fumadores jóvenes organizan algo parecido al "botellón". Y mientras que se aprieta cada vez más a los fumadores y no sería sorprendente si algunos insensatos pedirán abiertamente la ilegalización del tabaco - recibiendo sin duda el agradecimiento del crimen organizado por tan inesperado regalo - nada parecido ocurra con los bebedores y el alcohol. Como siempre pasa con las prohibiciones o restricciones, la persecución casi inquisitorial de los fumadores está teniendo efectos contrarios a los pretendidos: los jóvenes fuman cada vez más y a más temprana edad. Cuando critico el trato discriminatorio dado al tabaco frente al alcohol no estoy pretendiendo que se haga lo mismo con la bebida. Las últimas medidas tomado por el equipo de Gallardón  en la Autonomía de Madrid restringiendo supuestamente el acceso de los menores al alcohol, parecen muy positivas con vistas a la galería, pero en esencia no van a cambiar nada, siempre habrá un hermano o hermana, un primo o una prima, dispuestos a echar una mano a los menores. Además las quejas de los vecinos de Malasaña no iban en esta dirección sino en contra del escándalo público nocturna debajo de sus ventanas que no les dejaba dormir, y la acumulación de basura en sus estrechos calles y plazuelas. Todos estos problemas ya se estaban resolviendo con una decidida acción policial lo que demostraba que la culpable de tanto desmadre había sido el abandono de sus obligaciones por parte del ayuntamiento y el abandono de la educación de los jóvenes por parte de los padres.(vea:
Educación )

 CONCLUSIONES: 

Creo que está claro que las prohibiciones e ilegalizaciones son totalmente contraproducente y que en vez de resolver los problemas de cualquier tipo de adicción solamente los agravan. Hay un pensamiento tan lineal sobre todo lo relacionada con la drogadicción, un pensamiento tan políticamente "correcto" que cualquier iniciativa interesante es automáticamente atacado hasta por personas consideradas como liberales. Una de estas iniciativas positivas fue la instalación de narcosalas en Madrid cuyo único fin fue la de facilitar jeringuillas estériles a los drogadictos y ofrecerles un control de calidad de la droga que ellos mismos aportaban. La acertada filosofía detrás de esta iniciativa fue la aceptación de la drogadicción como un hecho innegable y la consideración de que la mejor política sería tratar de controlar por lo menos sus efectos más negativos. De cierta forma estas narcosalas bien podrían ser un primer paso hacia la solución definitiva (vea: Despenalización ). La otra, más reciente, tuvo lugar en Baleares. El gobierno de la autonomía en cuestión se ha hecho famoso en los últimos años por sus continuas meteduras de pata, pero en esta ocasión ha hecho algo francamente loable con la creación de un web con amplios consejos sobre los usos menos peligrosos  de las drogas, basado en la misma filosofía que había dado lugar a las narcosalas en Madrid. Las dos iniciativas han sido ferozmente criticadas por los bienpensantes, tanto por los progres como por los neoliberales que tantas veces coinciden en sus necedades, con la acusación que ambas iniciativas ¡estimulan! la drogadicción.
La solución no se halla en las prohibiciones y restricciones sino en la educación, la información y una concienciación de los padres de su responsabilidad en el control sobre sus hijos menores de edad. Ya está bien que cuando algo pasa a sus hijos - como en el caso reciente de un adolescente que murió por el consumo de pastillas de extasis - lo único que se les ocurre a ciertos padres es culpar a todo díos menos a ellos mismos. La falta total de control sobre los hijos menores debería tener tratamiento penal y para el bienestar de estos hijos el derecho a la tutela parental debería de estar incluido en los derechos universales de los niños. 

 

Bibliografía histórica:  Tomer Shiran (El Invernadero), Harrison-Backenheimer-Inciardi etc.

 © 3/2002 

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