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EL DILUVIO QUE VIENE Y EL ¿OCASO? DEL HOMO SAPIENS  

 Como es lógico me estoy refiriendo al diluvio no en su sentido literal de grandes inundaciones - algo de esto también habrá - sino en un sentido metafórico de grandes catástrofes tanto climatológicas como económicas, sociológicas  y políticas. 

Recientemente ha salido a la luz un informe redactado por un grupo de científicos pertenecientes al IPCC ("Panel Intergubernamental para el Cambio Climático") patrocinado por la ONU y casi simultáneamente el cortometraje producido por Al Gore sobre el calentamiento global. La tesis de ambos es que el calentamiento de la tierra con su cambio climático es culpa casi exclusiva de la actividad humana, o sea de nosotros mismos,  por no controlar las altas emisiones de CO2 resultado de nuestra forma de vida y el imparable crecimiento económico. Mientras que unos, especialmente los ecologistas más extremistas, han alabado el informe y el corto metraje como si de la palabra de Díos se tratase, otros, incluyendo un grupo minoritario dentro del propio IPCC, argumentan que las conclusiones no se basan en hechos sino en simples especulaciones sin verdaderos bases científicos. 

Mientras que todos aceptan que la emisión de CO2 tiene alguna influencia sobre el cambios climático, el calentamiento global y la subida del nivel del mar por el deshielo polar, para unos esta influencia es devastadora y para otros tendrá una influencia mínima comparada con otros factores.  Los pronósticos van desde el aumento medio de temperatura de 1 grado a lo largo del siglo XXI hasta 4 o 5 grados y de un aumento adicional del nivel del mar de un centímetro por siglo hasta 4 metros o más. Estas posiciones tan dispares son defendidas con igual pasión por científicos prestigiosos de ambos lados con la diferencia de que los más catastrofistas están por el momento ganando la batalla mediática. 

Como la posición de estos ya es de sobra conocida voy a comentar las otras teorías explicativas sobre el cambio climático. Una está relacionada con el aumento periódico, o hasta cíclico, de las erupciones y manchas solares y del viento solar, lo que parece provocar importantes reajustes del campo magnético terrenal. Si esto fuese verdad podía ser la explicación de otra teoría basado en exploraciones geológicas que indican la existencia de largos ciclos climáticos de unos 1200 años cada uno, con su periodo de lento aumento de temperatura ("primavera"), de temperatura alta ("verano"), de lenta bajada de temperatura ("otoño") y de temperatura baja ("invierno"). He dado el nombre de las estaciones anuales a estos periodos de, grosso modo, 300 años cada uno para facilitar una imagen mental del acontecimiento. La ventaja de esta teoría es que debiera ser, y es, históricamente demostrable. Si estamos entrando en un periodo de calentamiento global o sea en un periodo de "verano" cíclico, entonces el periodo anterior, o sea los siglos XVIII XIX y XX, tiene que haber sido un periodo climático suave "vernal" - con todos sus altibajos, como cualquier primavera - y el periodo anteanterior una época cruda e "invernal". Quiero concentrarme en este periodo, los siglos XV, XVI y XVII, ya que en general los periodos crudos dejan más rastros históricos que los calurosos. Sabemos que históricamente estos 3 siglos han significado una especie de mini época glacial con temperaturas de 5 a 7 grados más bajos que los actuales. ¿Pruebas? Hay muchas pero quiero resaltar dos:  una en la pintura de la época y otra en la ingeniería. En la pintura paisajística holandesa de finales del siglo XVI y gran parte del siglo XVII abundan los cuadros de campos nevadas, de lagos helados y de escenas de patinaje, que indican claramente la crudeza de los largos inviernos de entonces; por otra parte, la longitud y los muchos ojos de los puentes de la época en  España, tendidos sobre ríos que en la actualidad no son más que arroyos, prueban que en el tiempo de su construcción el deshielo al final del crudo invierno creaba auténticos torrentes de agua y que los muchos ríos lo eran de verdad. Si volvemos 1200 años atrás desde la mitad del siglo XV o sea hasta la mitad del siglo III no nos debe sorprender que nos encontremos en el inicio mismo de las migraciones de las tribus germanas -  Godos, Suevos, Vándalos, Teutones, Francos etc.-,  desde Suecia y Alemania hacía el Sur - forzados por las inclemencias climatológicas en sus tierras ancestrales-, y que tuvieron como resultado la caída del Imperio Romano Occidental a finales del siglo V. También hay indicios históricos del mejoramiento del tiempo a partir del siglo VI y un calentamiento a partir del siglo IX. Los 3 siglos siguientes a éste, una época "veraniega", coincide, por facilitar las travesías marítimas, casi matemáticamente con la edad vikinga. Quizás no nos debe sorprender que la época veraniega anterior coincide con la invasión de la península Ibérica por parte de los cartaginenses y con las guerras púnicas. Hay que admitir que esta teoría de cambios climáticos cíclicos es atractiva y que haya datos históricos para darla cierta validez. Si fuese cierta estaríamos al inicio de un periodo de 3 siglos de calentamiento con su punto máximo a mitades del siglo próximo.   

Si todo el problema climatológico no es ya lo bastante complicado hay otras teorías que lo complican más todavía. Hace un año vio la luz un estudio que ha llamado poco la atención por culpa de la controversia sobre el calentamiento.

El tenor del informe fue que hay fuertes indicios, como el hecho de que la Corriente del Golfo - o mejor dicho la Deriva del Atlántico Norte de  la misma- se esta replegando al Sur y que esto es un indicio de que se está terminando el corto periodo cálido interglacial actual. Durante el pleistoceno (el periodo cuaternario anterior al holoceno actual), el clima mundial experimentó unos 20 ciclos en los que se alternaban periodos fríos largos o glaciales, caracterizados por la expansión de los mantos de hielo, con otros más cortos y más cálidos o interglaciales, que provocaban su retroceso. El último periodo glacial comenzó hace unos 120.000 años y terminó hace unos 10.000, con el holoceno actual considerado por los científicos como interglacial. La Tierra entró por última vez en una larga época de glaciación - con sus periodos glaciares e interglaciales - hace unos 2,5 millones de años y muchos científicos piensan que todavía faltan unos 500.000 años antes de que la época actual  de glaciación- que se repite más o menos cada 150 millones de años - termina definitivamente. Es considerado bastante probable que estamos a punto de entrar en un nuevo periodo glaciar de más o menos 100.000 años como el anterior.

Como vemos podemos escoger lo que más nos apetezca. Un calentamiento por culpa nuestra por la emisión de altos niveles de CO2, un periodo caluroso cíclico, o un periodo glacial de un centenar de miles de años.

 La primera opción es por el momento la más políticamente correcta, está en boga y se ha convertido en la niña bonita de los medios de comunicación. Todos estamos sin duda a favor de controlar las emisiones de CO2 lo máximo posible, todos estamos a favor de luchar contra la polución del aire y del agua, todos estamos a favor de proteger la naturaleza y todos estamos a favor de hacer lo posible para que nuestro desarrollo sea compatible con estos deseos. Pero, por otra parte, los ecologistas más militantes no nos ofrecen soluciones viables y prácticas. Quieren abolir las plantas nucleares, con una total falta de sentido común ya que - aparte de las energías renovables - sea la única energía que casi no emite CO2. Quieren reducir las emisiones de CO2 en un 30 % para el año 2020 lo que implicaría el estancamiento de la economía mundial a niveles actuales o sea un crecimiento cero, y esto, considerando que por entonces la población mundial habrá crecido en más de mil millones, significaría un retroceso de por lo menos un 15% en la economía mundial con relación a la población mundial. Algunos quieren que toda la energía sea renovable para el año 2050 lo que  expondría cada país a una inmensa polución auditiva de miles de granjas de viento, una polución visual de miles de Km de paneles solares y la destrucción de todas las vistas panorámicas. Para salvarnos de esto a los ecologistas más extremos les gustaría devolvernos a la alta edad media, lo que quizás nos salvaría de las poluciones pero no del hambre ni de la desaparición de nuestra cultura.      

En lo que se refiere a las otras dos opciones, a primera vista no parecen tan amenazadoras; ¿no coincide la evolución humana casi exactamente con el periodo de glaciación cuaternario? y, por otra parte, ¿ no sobrevivió la población humana al anterior periodo de calentamiento entre los siglos IX y XII? ¿ Entonces porqué la situación actual es diferente? La respuesta lógicamente es el enorme incremento de la población mundial. Si aceptamos la teoría de que la población humana de la Tierra hasta el siglo XVIII solamente se duplicó cada mil años - un incremento medio de un 0,07% anual - vemos, si retrasamos 10 milenios, que al principio del periodo interglacial suave actual, toda la población mundial se limitaba a poco más de un millón de individuos y poco importaba que un tercio de la tierra estaba cubierto de hielo y casi un 50% inhabitable. De igual forma, en el periodo "veraniega" anterior la población mundial era inferior a 250 millones, aproximadamente la trigésima parte de la población actual.

Aquí tenemos el quid de la cuestión del cambio climático: la superpoblación mundial. Cuando Pablo VI publicó en 1968 su encíclica Humanae Vitae prohibiendo casi cualquier forma de método anticonceptivo en contra del criterio de la comisión conciliar formado por Juan XXIII y aceptando al contrario el criterio muy minoritario de la Curia, puso al mundo en un peligroso camino que bien nos puede llevar a la autodestrucción. 

 El informe conciliar razonaba que ya que Pío XII en 1951 había aceptado "la validez moral del uso del método rítmico, que al fin y al cabo no era nada menos que un sistema anticonceptivo biológico, no había ninguna razón para prohibir otros sistemas que proseguían el mismo fin: la paternidad responsable, o sea, desvincular el acto sexual de una procreación obligatoria que no hacía nada más que equiparar los seres humanos con los animales". El informe de la otra comisión, la curial, compuesto por prelados ultramontanos decía, lógicamente, justamente lo contrario: "el acto conyugal esta destinado por la naturaleza para la procreación y los que deliberadamente frustran este propósito pecan contra natura y cometen un acto vergonzante e intrínsicamente vicioso". De esta forma rechazaban también implícitamente el uso del método rítmico autorizado por Pío XII, que para ellos no era nada menos que maniqueísmo puro. 

En el "Forum Internacional sobre Población en el siglo XXI", celebrado en 1989, se constató que "si las previsiones actuales de crecimiento de la población son correctas y las pautas de actividad [ sexual] humana en el planeta no cambian, la ciencia y la tecnología no van a poder impedir la degradación irreversible del medio ambiente ni la creciente pobreza de gran parte del mundo". Pero la Iglesia no se limitó a prohibir, sino también trataba de sabotear los esfuerzos de la sociedad laica para paliar el desastre que se avisaba. En 1994 Juan Pablo II se reunió con autoridades musulmanes conservadores para intentar menguar los efectos de las declaraciones efectuadas en El Cairo por la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de las Naciones Unidas a favor de aumentar las campañas mundiales para el control de natalidad. Desde entonces los esfuerzos para contener la excesiva natalidad del tercer mundo no han dejado de bajar. Mencionar el control de natalidad se ha convertido en los últimos años en políticamente incorrecto hasta tal punto que ni siquiera las Naciones Unidas lo menciona. Y es sorprendente ya que casi todos los males que sufre el mundo están directamente relacionados con el incontrolado aumento demográfico. ¿Puede haber alguna duda de que en África la deforestación, la falta de agua, las hambrunas, las luchas étnicas con sus masacres, el hacinamiento urbano etc. etc., están directamente relacionadas con el hecho de que la población africana se ha triplicado en los últimos 40 años - de 300 a 900 millones - y que casi el 50% de la población del continente tiene menos de 15 años? ¿O que al menos una de las razones que explica el terrorismo islamista está directamente relacionada con la superpoblación de los países musulmanes en general y de los países del Oriente Medio en particular? 

 Estamos llegando rápidamente, con dos siglos de retraso, a la situación tan temido por Malthus: un crecimiento geométrico de la población mundial. En 1700 la población del mundo llegó a 500 millones y, después de haberse solamente doblado cada mil años desde el comienzo del holoceno, se quintuplicó hasta los 2500 millones en solamente 250 años. Una tasa de crecimiento del 0,6% anual. Una parte importante de este crecimiento ocurrió en Occidente y el crecimiento fue más espectacular en las regiones donde se inventaron y aplicaron las nuevas tecnologías. Inglaterra que en 1600 solamente tenía 2 millones de habitantes ha multiplicada desde entonces su población por 25. La población europea, por lo menos la autóctona, está decreciendo desde 1995 y el aumento de población se debe solamente a la inmigración, o sea la importación de parte del exceso demográfico del tercer mundo. La población mundial se está acercando a los 7000 millones y las proyecciones demográficas preven - en base de un crecimiento medio anual de casi 2% en el tercer mundo - más de 9500 millones para el año 2025 y mas de 13500 millones para 2050. De estos 3500 millones vivirán en África. Otros focos de crecimiento incontrolados son parte de América del Sur/ América Central, Méjico y Medio Oriente. Por ejemplo, Méjico tenía en 1940 una población de 12 millones de habitantes de los cuales un millón en la Capital, cifras que en menos de 70 años se han desorbitados hasta respectivamente 110 millones y 22 millones. Con el índice de crecimiento actual del 2,1%, tendrá una población de 157 millones 1925 y de 260 en 2050. Es verdad que la tasa de natalidad está bajando ligeramente pero el índice de crecimiento anual de la población se mantiene estable por un ligero aumento de la esperanza de vida. De todas formas, hasta si este crecimiento se bajase sorprendentemente hasta el 1% anual la población llegaría a 13500 millones en 2080 o sea con solamente 30 años de retraso, y de igual forma si a partir de aquel momento se bajase a solamente el 0,5% la población aumentaría hasta 20.000 millones antes de la mitad del siglo XXII. El problema no solamente es la tasa de crecimiento sino también la base sobre la cual se aplica. 

 Si sin grandes cambios climáticos se prevé que para el año 2050 la escasez de agua afectará a 5.000 millones de personas y que por culpa de la deforestación 3.000 millones no dispondrán de leña suficiente para comestible, el impacto del calentamiento global por CO2, o por un cambio cíclico, agravaría esta situación todavía mucho más con una progresiva desertización y provocará enormes migraciones hacía tierras comparativamente más templadas. La inmigración actual magrebí en pateras y la subsahariana en cayucos, se convertirá en algo parecido a una plaga de langostas o una marabunta de hormigas legionarias. Imparable y destructiva. Otro tanto ocurrirá, pero en sentido contrario, si entrásemos en un periodo de glaciación y un capa de hielo cubriese todo el Norte de Europa y Asia hasta un línea que va desde el macizo central francés hasta el Sur de China. 

En estas condiciones habrá que considerar seriamente la posibilidad de la extinción de la especie humana. No hay ninguna razón de que vamos a estar inmunes a la destrucción de la biodiversidad sobre la Tierra que nosotros mismos hemos provocado. Se estima que en la actualidad desaparecen diariamente entre 50 y 100 especies, y que existen millones en peligro de extinción. La extinción es un proceso normal en el curso de la evolución, pero, antes de que el ser humano interviniera en todos los ecosistemas, la tasa de extinción natural de los mamíferos era  de una especie cada dos siglos. Sin embargo, desde el siglo XVII se han extinguidas al menos 60 especies de mamíferos y este proceso se está acelerando cada década. Los datos que se barajan indican que más de 26.000 especies de plantas y más de 2.700 de vertebrados son considerados amenazados. Todos estos "especiecidios"  son el resultado de la innata capacidad destructiva del Homo Sapiens aumentado todavía más en el hombre moderno: Homo sapiens sapiens. Somos una especie enormemente contradictoria, capaz de lo sublime y de lo atroz. Capaz de avances enormes y del mal uso de los mismos. Hemos progresado gracias a pocos genios imaginativos, un grupo más grande, pero todavía muy minoritario, que siendo incapaz de los saltos imaginativos necesarios para avanzar la especie tuvo la inteligencia suficiente para valorar los inventos ajenos y adaptarse a ellos, y una gran mayoría que en cada momento se resistía a aceptar cualquier cambio en su forma de vida tradicional. Esta gran mayoría ha sido siempre carne de cañón de los chamanes y hechiceros, y, en tiempos más modernos, de los sacerdotes de las religiones organizadas y de los políticos. En gran parte por culpa de las religiones, con sus tabúes y prohibiciones divinas, y del oportunismo y la falta de ética de los gobernantes, los avances humanos siempre han terminado por ser, además de manipulados y envilecidos, aplicados sin el más mínimo sentido común.

El ejemplo más llamativo y destructivo, entre muchísimos otros, es la actitud de la Iglesia, y muchas iglesias protestantes, frente a los avances médicos. Durante muchos siglos impidieron estos por ser contrarios a la Ley natural, y por lo tanto satánicos, y que el único remedio contra las enfermedades era la oración. Con el tiempo han cambiado totalmente de postura - probablemente porque ni siquiera sus lideres tienen prisa por reunirse con el Creador - hasta tal punta que ahora pretenden prolongar la vida de la forma más artificial posible ( vea: El culto a los muertes vivientes ) y hasta se han olvidado de su original aceptación de la licitud de la ortanásia (el rechazo a prolongar artificialmente la vida con dispositivos médicos desproporcionados y otros medios extraordinarios que más que prolongar la vida tratan de prolongar la muerte). Todos los avances, incluido los médicos, necesitan para su uso responsable unas grandes dosis de sentido común. Este tenía que habernos indicado que la enorme bajada de mortandad infantil (de 500 o/oo a un promedio de 65 0/00), gracias a la medicina moderna, necesitaba su contrapartida en un estricto control de natalidad justamente para evitar la situación actual de una incontrolada explosión demográfica. Si siguiendo los deseos de la comisión conciliar de Vaticano II se hubiera admitido y propugnado el control en cuestión, o sea Homo Vitae  (el derecho de la especie) en vez de Humanae Vitae (el derecho de cada espermatozoide en convertirse en ser humano), hacer lo contrario nos está llevando por el camino de la autodestrucción. Si hace 40 años todas las instituciones se hubieran dedicado al control de natalidad se pudiera haber limitada la población actual probablemente a 4000 millones - un crecimiento medio anual de 0,8% desde 1950, con tendencia a desacelerar -  por una fracción de la ayuda que  se ha dispensada al tercer mundo en los últimos 60 años y que simplemente ha desaparecido en un pozo sin fondo. Con una hipotética población actual de solamente 4000 millones hubiese sido muy probable que todos nuestros problemas actuales se hubieran quedado dentro de unos limites perfectamente manejables. Si en el intervalo desde 1950 el crecimiento se hubiera desacelerado poco a poco al 0,5%  la población no hubiera llegada a la cifra actual hasta dentro de 110 años.

No haber hecho nada para controlar la natalidad nos levanta el espectro de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que simbolizan la guerra (la lucha por el petróleo, el agua y la tierra cultivable) el conflicto civil  (la defensa contra la incontrolable migración) el hambre  y la muerte. Parece que el hombre moderno más que Homo sapiens sapiens  es Homo sapiens imbecillis.

¿ Sobrevivirá nuestra especie a semejante futuro? ¿Sobrevivirá la Tierra?  No hay duda de que habrá un auténtica holocausto global, una propagación de enfermedades infecciosos conocidas y por conocer. Si entre 1348 y 1351, con una baja densidad de población, la peste negra se llevó casi un 40% de la población europea no nos podemos imaginar lo que puede pasar en un mundo superpoblado. Es posible que se salvarán grupos humanos aislados que empezarán otra vez el largo camino de la civilización y, con suerte, de la evolución hasta formas humanas menos necias. ¿ Y la Tierra?  Sobrevivirá a todos nuestros esfuerzos para destruirla, creará nuevas especies, y de aquí a cien mil años no quedarán vestigios de nuestro pase por la misma.

Como no hay que dudar nunca de la intrínseca locura del ser humano podemos plantearnos la pregunta de si los viejos ultramontanos de la Curia sabían lo que estaban haciendo cuando provocaron la explosión demográfica. Quizás querían provocar la llegada de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis ya mencionados, para así adelantar el JUICIO FINAL (Apocalipsis o Revelación, último libro del Nuevo Testamento) asegurándose para ellos la redención eterna de los justos.   

 

 

ã 4/2007

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