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LOS DESASTRES NATURALES Y LA TEORÍA DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Mucha gente tendrá la impresión que en la última década la naturaleza se ha vuelto loca. Aparentemente, hemos tenido más erupciones volcánicas, más terremotos, más huracanes, más inundaciones, más incendios forestales y más de todo que nunca. Los defensores a ultranza del cambio climático se han apuntado a proclamar que todo eso es una prueba irrefutable de la fehaciente verdad de su teoría. Personalmente soy en esta materia hombre de poca fe y más bien agnóstico. No deniego de la posibilidad de un cambio climático, pero no estoy de ninguna forma convencido de que si éste existiese sería atribuible directamente a los humanos (véase: El diluvio que viene y La ciencia y el cambio climático ). Para eso los desastres naturales que estamos padeciendo debieron de ser excepcionales y no debiera de haber antecedentes históricos.

Los argumentos aportados por los adictos al cambio climático son muy confusos. Hablan de temperaturas por encima de la media, que es como no decir nada ya que "la media" implica temperaturas por encima y por debajo. Dicen que el año 2010 ha sido posiblemente el tercer año más caluroso desde que se empezaron a tomar datos en 1860, lo que implica que ha habido por lo menos dos más calurosos en este periodo, y nadie defiende que ya hubo cambio climático por influencia humana hace 50 o 100 años. Eluden como la plaga cualquier mención a que la temperatura invernal de los últimos años haya sido más baja que la media - el invierno en Estados Unidos está siendo este año muy crudo, con nevadas y heladas no vistas en medio siglo - algo que tampoco, soy el primero en aceptarlo, tiene especial significado por mucho que uno de los "cambioclimaticoides" defendió hace poco un enfriamiento global durante las próximas décadas seguido - eso sí - por un calentamiento a partir de 2030. Una de cal y otra de arena. Cuando hace algunos años hubo un gran número de huracanes los gurús predijeron que desde entonces en adelante el número iba a aumentar año tras año. Cuando el año siguiente este número se redujo a niveles no visto en mucho tiempo, estos mismos gurús silenciaron, lógicamente, este hecho y dijeron Diego.

El tiempo actual está clarísimamente influido por la Corriente del Niño, fenómeno oceánico y atmosférico en el océano Pacífico, que provoca alteraciones climáticas de distinta magnitud. En la costa sudamericana existe cada mes de diciembre una corriente cálida que se dirige hacia el sur y este corriente lleva el nombre de El Niño en circunstancias excepcionalmente intensas y persistentes. La llegada de agua inusualmente cálida a esta zona puede provocar cambios imprevistos —y a menudo indeseables— en los sistemas meteorológicos de todo el mundo, especialmente en las regiones tropicales. Esta situación se repite en promedio cada 5-7 años - el periodo de recurrencia - con extremos de 2 y 14 años respectivamente. 

"Los fenómenos de El Niño presentan diferentes intensidades: débil, moderada, fuerte y extraordinaria, siendo estos últimos muy infrecuentes. Un fenómeno débil es aquel en el que la temperatura superficial del mar es de uno o dos grados por encima de la media y cubre la parte oriental del Pacífico ecuatorial. Un fenómeno fuerte se caracteriza por un aumento en la temperatura superficial de tres o cuatro grados y cubre una gran parte del Pacífico ecuatorial. Un fenómeno extraordinario tiene lugar cuando la temperatura superficial del Pacífico ecuatorial aumenta unos cinco grados o más. Una vez que comienza un fenómeno de El Niño suelen pasar entre 12 y 18 meses hasta que las temperaturas superficiales del mar vuelven a sus valores normales. El Niño es la fase cálida de un ciclo que también incluye una fase fría, llamada "La Niña", que aparece cuando el agua superficial del Pacífico oriental está anormalmente fría. Las  anomalías climáticas asociadas con La Niña, han sido menos estudiadas pero hay más y más indicaciones que sus efectos son contrarias pero igualmente desastrosas. Los impactos planetarios que produce El Niño son diversos y de gran alcance. Suelen incluir sequía en el sur de África, el noreste de Brasil, Indonesia, el este de Australia, el sur de Filipinas y América Central. Son probables las inundaciones en el norte de Perú, el sur de Ecuador, el sur de Brasil, el norte de Argentina y Uruguay, entre otras zonas. En la India, el monzón —con el que llegan las vitales lluvias— tiende a hacerse irregular, y la producción de alimentos se vuelve menos fiable. En 1997 El Niño creó una gran sequía que provocó inmensos incendios forestales en Indonesia y Brasil."

La aparición del Niño es impredecible como también el intervalo entre uno y el siguiente. Es muy probable que los incendios forestales de 2009 en Australia fueran provocados por El Niño que había empezado en diciembre de 2008, y que las recientes inundaciones son el resultado imprevisto, y todavía no muy claro, de, su contraria, La Niña. Mientras que hay científicos que consideran el acortamiento reciente del periodo de recurrencia como prueba del cambio climático, la mayoría no están de acuerdo y lo consideran como un reflejo de las fluctuaciones aleatorias en su ciclo natural que han ocurrido a lo largo de un periodo de 5000 años, tanto durante periodos cálidos como fríos.

Si me he extendido sobre estos fenómenos es porque me parecen un buen ejemplo de lo imprevisible que es el clima - y la enorme dificultad de prever y predecir fenómenos meteorológicos dentro de un sistema caótico -,  continuamente cambiante sin que se haya logrado ninguna teoría explicativa. Parece que no hay nada nuevo bajo el sol.

¿Porque nos llaman entonces los desastres naturales recientes tanto la atención? La explicación es sencilla: por culpa del continuo bombardeo informativo a que estamos expuestos. Hace dos siglos en Sevilla, Málaga o Valencia la gente se enteraba de inundaciones en las Vascongadas con un par de meses de retraso. El plazo se acortaba mucho en el siglo XIX gracias a la prensa escrita pero lo que ocurrió en gran parte de Europa, por no hablar ya de otros continentes, seguía siendo desconocido. Con la introducción del telégrafo primero, y la radio después, el volumen y la rapidez de la información subió vertiginosamente, pero siguió siendo información verbal y por lo tanto no muy impactante. La televisión aportó desde sus principios información visual, todavía con varios días de retraso por la necesidad de enviar de forma convencional películas y videos tomadas in situ. Solamente a partir del momento en que hace 20 años se logró enviar imágenes por satélite hemos podido ver los desastres y sus destrozos casi instantáneamente - la Guerra del Golfo tuvo en sus 6 semanas de duración mucho más cobertura mediática que toda la Segunda Guerra Mundial -, para llegar  a convertirse en emisiones en vivo en la última década. Si a esto añadimos Internet con sus redes sociales como Facebook, podemos en la actualidad seguir cualquier desastre 24 horas al día. Los tenemos literalmente en el desayuno, la comida, la cena, o sea en la sopa. Todas las imágenes en cuestión son impactantes, desoladoras y, por exceso, perturbadoras.

El exceso de imágenes nos da no solamente la impresión de que estemos viviendo estos desastres en nuestra propia piel - casi al mismo tiempo una sequía en un continente, inundaciones en otro y huracanes, tornados y erupciones volcánicas en un tercero -  sino además el número de destrozos y de víctimas nos da la sensación de estar viviendo algo nunca visto antes - por la simple razón de no haber podido verlo en el pasado - y no es sorprendente que los movimientos escatológicos y milenaristas prediquen el advenimiento del fin del mundo.

Mientras que la sensación de que los desastres naturales se hayan multiplicado en las últimas décadas es falso, y simplemente el resultado del enorme aumento de información disponible - se ha calculado que para la persona media el incremente ha sido del orden del 10.000%, algo verdaderamente indigestible - el aumento de las victimas y de las pérdidas económicas sí es real, y fruto del continuo y vertiginoso aumento demográfico de los últimos 50 años. La alta densidad de población en las afueras de las grandes ciudades combinada con un endémico chabolismo en terrenos muy marginales donde hace poco nadie se hubiera atrevido a vivir - laderas de montañas desforestados y erosionados, cauces de arroyos secos, etc. - aumentan enormemente el peligro para las vidas humanas en caso de desastres naturales. De este problema ni siquiera se ha librado Australia, aparentemente tan despoblado, donde el 95% de la población se concentra en solamente el 3% de la superficie. Con una población mundial de más de 7.000 millones y una edad media de menos de 20 años en gran parte del tercer mundo - lo que implica un alto nivel de crecimiento en las próximas décadas - el impacto negativo de los desastres naturales ira a más.

 

© 2/2011

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