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CELIBATO, CONCUBINATO, CASTIDAD Y HOMOSEXUALIDAD EN LA IGLESIA A TRAVÉS DE LOS SIGLOS.

 

 

 Según la Iglesia el celibato es el estado del soltero que conlleva la abstinencia de actividad sexual. Una auténtica manipulación ya que el celibato consiste en la prohibición para el clero secular de casarse y no implica de ninguna forma la obligación de castidad. Contrario al pensamiento general, los sacerdotes católicos no profesan votos de celibato y de castidad, y si son célibes es porque la Iglesia les niega el sacramento del matrimonio. El celibato, no tiene relación doctrinal con la Iglesia católica, y es considerado como una simple ley disciplinaria y no un artículo de fe. Sorprendentemente fue solamente incluido en el Código del Derecho Canónico en el año 1917.
En el cristianismo primitivo la idea misma de un celibato clerical hubiera sido considerada absurda tomando en cuenta que tanto Pedro como Pablo fueron hombres casados. Pablo manifestó que presbíteros y diáconos solamente debieron tener una única esposa (una interdicción contra la costumbre judía de tener varias mujeres al mismo tiempo). La palabra de Pablo fue ley: no había incompatibilidad entre matrimonio y ministerio, dando como resultado que muchos hombres casados se apuntaban al sacerdocio. La primera Constitución Apostólica, que data aproximadamente del año 340, impuso una doble disciplina; una hombre casado en el momento de ordenarse tenía la obligación de mantener su matrimonio, mientras que un soltero en el mismo caso aceptaría la obligación de mantenerse célibe. En la práctica el celibato del soltero era optativo ya que la disciplina le daba implícitamente la opción de casarse antes de ordenarse. A principios del siglo V hay, repentinamente, un cambio cualitativo; una feroz imposición del celibato sacerdotal. Hubo razones para ello; por un lado una razón patrimonial - la Iglesia había cambiado de perseguida y pobre a perseguidora y rica - el miedo a que sacerdotes casados dejarían bienes parroquiales a sus viudas y descendencia, por el otro un movimiento ascético y cada vez más anti-sexual y misógino (para actitudes misóginas dentro de la Iglesia, vea:
Misoginia). La abstinencia sexual se convirtió en el ideal ¿cristiano? y, en un giro teológico en esencia blasfemo, la caridad como virtud principal inherente en los Evangelios, fue sustituida por la castidad. Todo relacionado con el pecado original  y la culpabilidad de la mujer (Tertuliano las definió a todas como "Evas,........ puertas del demonio").
No obstante, la disciplina no cuajó - y menos todavía la virtud de la castidad - en los restantes siglos del primer milenio; la inmensa mayoría del clero seguía casándose, con excepción de los más pillos que, aceptando en apariencia la disciplina, vivían en concubinato o, peor, con amantes sucesivas, además de putear a gusto. Hubo periodos en que algún Papa trataba de imponer la disciplina pero desistió rápidamente a darse cuenta de que iba a quedarse virtualmente sin clero. Existía un problema principal de imposible solución; todos los matrimonios del clero secular eran considerados por la Iglesia como válidos, "alegales" o ilícitos sí, pero válidos de todas formas; y esto por la sencilla razón que en derecho natural - al cual la Iglesia siempre ha sido tan aficionada - nadie, ni siquiera la Iglesia, podía privar al hombre de su primer derecho humano: el derecho a casarse.
 Durante los inicios de la edad media (hasta el siglo XI) el matrimonio  se impuso entre el clero de más altura moral, los que no estaban dispuestos a relegar sus mujeres a meras concubinas, los que no estaban dispuestos a convertir sus hijos en bastardos. Muchos obispos consideraban que solamente el matrimonio podía salvar al clero del libertinaje. No obstante, la extensión del matrimonio clerical tuvo también sus consecuencias negativas; muchas parroquias y hasta diócesis se hicieron hereditarias, y había muchos sacerdotes que eran hijos, nietos y hasta bisnietos de sus antecesores. De todas formas eran muy superiores en calidad humana y religiosa a otros que se aprovecharon del celibato para entregarse a todos los excesos sexuales imaginables; hay muchos casos conocidos de obispos que mantenían auténticos harenes. Claro, los papas fueron los peores infractores de todos. 

Si el libertinaje entre el clero secular  - con excepción de los casados que eran en general buenos sacerdotes por ser buenos maridos - tenía dimensiones casi épicas, peor todavía era la situación entre religiosos y religiosas (sic). La inmensa mayoría de monasterios y conventos, por lo menos en la península Itálica, se dividían en dos grandes grupos. Por una parte monasterios de frailes libertinos que usaban conventos cercanos - con monjas que solamente lo eran de nombre -  como tempranos puticlubs en que el infanticidio llegaba a niveles nunca visto antes, y, por otra parte, monasterios donde la entrada estaba limitado a homosexuales y conventos que se convirtieron en auténticos nidos de Lesbos, refugios para mujeres que escapaban de esta forma al machismo reinante y/o para evitar matrimonios impuestos. 

Con la llegada del medievo alto los papas "absolutistas" intervinieron decididamente en el asunto. Gregorio VII decidió que ningún sacerdote podía ser ordenado sin antes obligarse al celibato. Usó el poder secular activamente para echar las esposas de los sacerdotes de sus casas, resultando en el suicidio de muchas de ellas. Como siempre, las mujeres sufrieron de estos arrebatos papales más que los sacerdotes que al fin y al cabo remplazaron la esposa por una concubina, y tan tranquilos. San (¿?) Gregorio, tan revolucionario él, cambió considerablemente el razonamiento detrás del concepto de celibato. Ya no eran principalmente razones patrimoniales y económicas  (los papas posteriores, todos célibes, no regalaban el patrimonio de la Iglesia a sus hijos legítimos sino a sus familiares y bastardos) sino autoritarias: asegurar la independencia del clero de cualquier influencia e interferencia laica. Dijo Gregorio: " La Iglesia no puede liberarse de las garras de la laicidad sin antes liberar a los sacerdotes de las garras de sus esposas". Encantador. Claro, el mismo Papa ya había proclamado antes la superioridad del sacerdote más humilde sobre cualquier lego, incluyendo emperadores y reyes. Con todo esto Gregorio VII trazó el camino para convertir la clerecía en una casta superior con los legos como villanos obedientes. 
Hubo mucha resistencia; algunos obispos excomulgaron al Papa como hereje por dar preferencia a queridas sobre esposas, por forzar sacerdotes a abandonar sus hijos legítimos. Por otra parte, obispos que trataban de imponer los deseos de Gregorio fueron expulsados de sus diócesis por laicos furiosos, temerosos por la seguridad de sus mujeres e hijas a manos de clérigos célibes.
No obstante la cerrada oposición tanto del clero como de los laicos, Urbano II organizó en 1095 una especie de concilio mixto con gran participación  laica (todos nombrados a dedo) el cual condenó, según Urbano de una vez para siempre, el matrimonio clerical. Sin duda para demostrar que estaba inspirado por el propio Espíritu Santo, ordenaba el arresto de las esposas y hijos del clero y su venta como esclavos. Encantadoramente cristiano.
Como la efectividad de estas medidas se limitaba, groso modo, a los estados pontificios, Calixto II avanzaba un paso más y durante el Primer Concilio de Letrán (el primer concilio no ecuménico sino general; el primero convocado por un Papa y no por la autoridad civil; el primero en latín y no en griego; 1123) lograba que se aprobaba la tesis de que " matrimonios clericales contraídos antes o después de la ordenación son inválidos" , o sea se negaba la validez de la ley natural que se había aplicado desde el principio mismo del cristianismo. (No es sorprendente que desde entonces la Iglesia siempre ha interpretado el derecho natural de forma pragmática y con vista a sus propias conveniencias). Como tampoco esta "decisión" tuvo mucho efecto, tenía que ser repetido en el Segundo Concilio de Letrán (1139), y en el Concilio de Reims (1148). Con el tiempo el celibato se impuso poco a poco con efectos nefastos para la moral sexual. La razón principal para imponerlo había sido la consideración de que el matrimonio, la esposa y los hijos, impidieron la plena dedicación, en cuerpo y alma, del clero a la Iglesia. De una forma extraña la institución estaba invocando, por lo menos para el clero, la advertencia de Jesús de que quien no estaba dispuesta a abandonar o renunciar a sus padres y familia para seguirle no fuera merecedor de ÉL. 
Antes de seguir podríamos plantearnos la pregunta porque la Iglesia, o mejor dicho el papado, en vez de manipular el derecho natural no impuso simplemente que un hombre solamente podía aspirar al sacerdocio haciendo votos voluntarios de celibato y de castidad. La respuesta es simple; no confiaba en que hubiera bastantes hombres sanos y cuerdos dispuestos a aceptar voluntariamente tal sacrificio, y tenía miedo a que los candidatos dispuestos se limitarían a impotentes, asexuales, malhechos e incasables por falta de atractivo y, peor todavía, homosexuales. Candidatos inaceptables por la prohibición divina reflejado en Lev. 21:16-23:

       "Porque ningún varón en el cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o sobrado, o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano, o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sarna, o empeine, o testículo magullado".  

Claro, no se entiende muy bien como Gregorio VII hubiera pasado la prueba; era apodado el "homonisculo" ,medía  un metro cuarenta y era lo más feo nunca visto. Podemos especular sobre un posible complejo de inferioridad como explicación de su absolutismo megalómano, su misoginia y su negación del matrimonio clerical, matrimonio del cual el no había podido disfrutar nunca. El hombre por muy halagado que fue por sus sucesores fue un auténtico desastre para la Iglesia ya que el celibato clerical fue, junto al añadido del filioque al Credo (1014) y el concepto del poder absoluto del Papa - tanto religioso como secular, introducido por él - una de las principales razones del Cisma de la cristiandad en 1054.

Finalmente en el siglo XIII el celibato se hizo más o menos la norma, pero si en siglos anteriores la minoría de sacerdotes célibes ya había dado una mala reputación a la Iglesia por su conducta sexual, ahora, cuando los célibes poco a poco se convirtieron en  gran mayoría, su conducta se hizo abominable. Críticos de la época dijeron cosas como: "la Curia romana es el mejor ejemplo de todo lo vicioso e infame en el mundo" , "la profesión de sacerdote es el camino más corto hacia el infierno", "Roma no es la Santa Sede sino la Sede Impía".  Los cardenales fueron llamados carnales, las monjas rameras  y en los monasterios abundaban los gayas. 

La homosexualidad siempre ha creado un grave problema para la Iglesia; siempre lo ha condenado y nunca ha comprendido que el cristianismo romano con su misoginia, su anti(hetero)sexualidad, y su "hembrafobia" atribuyendo la culpa del pecado original a la pérfida Eva, tenía, y tiene, todos los atributos para germinar una psicología homosexual pasiva, combinado en general con un excesivo compañerismo masculino. No hay duda de que para la mayoría del clero, incluyendo muchos papas, su misoginia era más teórica que practica y no restringía  para nada su apetito heterosexual, pero para una minoría bastante importante - más entre el clero regular que entre el secular - la misoginia era tan obsesiva que llevó al total rechazo de la mujer y a la homosexualidad como único escape para su libido. Ya hemos visto que en el medievo la homosexualidad en ciertos monasterios y conventos era habitual; en tiempos más recientes la práctica se ha desplazado a seminarios y escuelas confesionales. En los últimos cuarenta años nada menos que 30 arzobispos y obispos han sido destituidos por escándalos sexuales, en su mayoría relacionados con pederastia y pedofília, y en la última década ha habido miles de acusaciones similares contra sacerdotes y frailes en los EE.UU. y las habrá también en Europa.     

La Iglesia logró finalmente imponer el celibato, después de tantos siglos, en el Concilio de Trento, no obstante la declarada oposición tanto del Emperador Fernando como de muchos otros soberanos. Estos defendieron la necesidad de abolir el celibato clerical por el bien de los laicos; en muchas parroquias los creyentes se negaron a aceptar sacerdotes sin esposa (o por lo menos concubina) en defensa del honor de sus mujeres e hijas. Pero, erre que erre, el Concilio insistió. El razonamiento fue el siguiente: como la Iglesia es una institución absolutista y jerárquica, necesita operarios ciegamente entregados a la institución y solamente el celibato - sin la distracción de problemas familiares - podía garantizar tal entrega absoluta; el sacerdocio dejaría de ser la libre entrega a Díos y se convertiría en un servicio coaccionado al papado, con el sacerdote como prisionero del sistema. No hay vida fuera de la Iglesia.
El Concilio logró este propósito de dos maneras. Por un lado, siguiendo los pasos de Calixto II, proclamó - tanto contra  la tradición de la Iglesia de casi 1500 años como contra el derecho natural - que era en contra de la fe, y por lo tanto razón de anatema, mantener que el clero podía validamente contraer matrimonio. A esto añadió otra "herejía", diciendo que el estado célibe era superior en bendición al matrimonio, y esto en un Concilio que 10 años antes había por primera vez proclamado el matrimonio canónico como sacramento de la Iglesia. O sea, el Concilio en su tercera etapa, declaró una disciplina, antinatural e impuesta, superior en bendición al sacramento del matrimonio. Incongruencias de la Iglesia. Por el otro lado acordó las condiciones para el reclutamiento sacerdotal (edad, ciencia adquirida, independencia material) además de establecerse la creación de seminarios episcopales para la formación sacerdotal. No hay duda de que se echaba en falta hace ya siglos alguna educación y preparación para el clero, en su mayoría poco más que analfabeto, pero aparte de esto, para la Iglesia el principal fin de los seminarios era poder indoctrinar adolescentes para un futuro célibe a base de un entrenamiento riguroso, apartado de cualquier contacto con la sociedad laico, con las mujeres y hasta con sus familiares. En algunos seminarios se iba hasta el extremo de prohibir a los seminaristas de asistir al entierro de sus padres. Como durante su estancia en el seminario se suprimía la libido con añadidos de preparados de alcanfor a la comida - como hasta hace poco se hacía con los reclutas en los ejércitos - los seminaristas se ordenaban sacerdotes sin ninguna idea del sexo y menos todavía de la privación que significaba el celibato. El celibato se impuso pero desde luego la castidad no. Como dice el proverbio: " la privación es causa del apetito".

Ya hemos visto como esta privación daba entre los jóvenes sacerdotes -tanto tiempo privado de cualquier contacto con el sexo opuesto - lugar a prácticas homosexuales y pederastas que solamente han salido a la luz en los últimos cuarenta años con la pérdida del miedo cerval al clero de las victimas. De todas formas hay claros indicios de que la inmensa mayoría de los sacerdotes, no obstante los impedimentos habidos, se volcaron en el sexo heterosexual. En el siglo XVII había que inventar el confesionario para asegurar el anonimato de las penitentes y para evitar, en el caso de la confesión de pecadillos sexuales, la exigencia de favores sexuales por parte de confesores chantajistas, un pecado conocido como "solicitar", muy común antes, y después, de la existencia de los confesionarios. Considerando que al denunciar estas prácticas las mujeres estaban virtualmente admitiendo sus otros pecadillos, hay que presumir que el porcentaje de denuncias habrá sido muy bajo y siendo así llama la atención las decenas de miles de denuncias de que haya constancia a través de los últimos siglos.   

  Por otra parte hay mucha literatura sobre las relaciones voluntarias entre curas y mujeres casadas, muy difíciles de detectar ya que había un interés mutuo para mantener una discreción total. Además, el posible embarazo de la amante casada no se convertiría en un escándalo desastroso. En el ambiente rural se hizo muy popular el ama de llaves del párroco, supuesta hermana o prima, con un "marido", viajante o marinero, que de vez en cuando aparecía para justificar los sucesivos embarazos. El conocido chiste del párroco a quién todo el mundo llamaba padre menos sus hijos que le llamaban "tío", viene de muy antiguo y no es más que una adaptación del aforismo atribuido al Papa Alejandro III (que, por cierto, estuvo a punto de eliminar el celibato): "El Papa despojaba al clero de sus hijos y el diablo les enviaba sobrinos" .   

La coincidencia de que en el IV Concilio de Letrán, presidido por Inocencia III, se aprobó por un lado la obligación para los fieles (como mandamiento de la Iglesia) de confesar y comulgar al menos una vez al año, y, por otro, la reconfirmación del celibato clerical, parece casi un sarcasmo diabólico. Un sarcasmo que llevó con los años, todavía más, (especialmente después de Trento) a la corrupción sexual del clero. Antes de Trento los sacerdotes no eran exactamente unos inocentes pero esto cambio mucho con los seminarios. Jóvenes párrocos  recién ordenados se encontraban repentinamente como confesores de penitentes féminas que les confesaban con todo clase de detalles las descripciones más lujuriosas de sus actuaciones y desvíos sexuales. Poco importaba si las confesiones fueran verdaderas o simplemente palabrería de mujeres frustradas que usaban el confesionario para representar sus obsesiones, frustraciones  y pesadillas sexuales más íntimas. Sea lo que fuere, escuchar estas confesiones deben de haber sido experiencias muy traumáticas para los jóvenes y sexualmente virginales confesores. Las respuestas subconscientes a estas traumas psíquicos habrán sido de toda índole, desde graves problemas mentales hasta la adicción sexual más desenfrenada. 

A partir de la mitad del siglo XIX la moralidad sexual se hizo más "victoriana" en todo Occidente. O sea, seguía más o menos como antes pero se hizo más subterránea. Hubo más comportamiento puritano para la galería y más hipocresía; mucha discreción para evitar escándalos que estaban muy mal vistos. El clero no tuvo más remedio que adaptarse a esta nueva moralidad. No obstante, si hasta entonces el clero no había tenido ninguna posibilidad de abandonar el sacerdocio voluntariamente ya que este abandono no era considerado solamente como delito eclesiástico sino también civil - probablemente porque las autoridades civiles consideraban un cura suelto como un auténtico peligro público, una especie de violador en potencia - con la separación de estado e iglesia que se impuso en las  democracias, junto con el posterior matrimonio civil, la situación cambio completamente. A partir de principios del siglo XX más y más clérigos, incapaces de seguir con una vida célibe, abandonaron el sacerdocio para casarse, sacrificando al mismo tiempo, con gran pena y sufrimiento, los sacramentos de la fe a los que se habían dedicado buena parte de su vida. Para remediar la situación de estos hombres y dar salida, al mismo tiempo, a la petición de miles y miles de sacerdotes,  Pablo IV demostró su generosidad  - en concordancia con el espíritu del Vaticano II - otorgando dispensas papales con sorprendente facilidad. No que estas dispensas eran moco de pavo; además de la obligación de confesar todos sus pecados sexuales, tenía que aceptar la prohibición de celebrar misa, predicar y administrar los sacramentos. Más que dispensa había desordenación. Pero por lo menos estos ex-sacerdotes podían contraer matrimonio canónico ( no tanto de forma discreto sino en secreto), regularizar su situación y ser recibida otra vez en el seno de la Iglesia.

Después de la muerte de Pablo IV, Juan Pablo II abandonó esta posición humanitaria y democrático (la capacidad de contraer matrimonio se considera un derecho de la persona y está recogido como tal en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre), y volvió a la posición anterior al Vaticano II: a los sacerdotes débiles ni agua. 

El mantenimiento del celibato sacerdotal contra viento y mareo es totalmente autodestructivo para la Iglesia; la matriculación en los seminarios ha bajada de forma alarmante en las últimos décadas - ya hay pocos jóvenes dispuestos a aceptar su auto-inmolación, su castración no tanto anatómica como fisiológica y psíquica. El resultado es que la edad media del clero es de 57 años, lo que demuestra que la Iglesia se mantiene con sacerdotes que en su mayoría ya han pasado ampliamente la edad de jubilación. En menos de 20 años el clero no llegará ni a la cuarta parte del número actual; y todo esto por mantener una disciplina en contra de los Evangelios, contra natura y antihumana. Algunos historiadores católicos  mantienen que el celibato ha hecho mas daño a la fibra moral de Occidente que ninguna otra institución, incluyendo la prostitución.       

                  

Bibliografía histórica:

 

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ã 6/2005