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ABORTO Y ANTICONCEPCIÓN
Para la cambiante postura de la Iglesia sobre el aborto a partir de la segunda parte del siglo XIX vea: Aborto. Aquí solamente quiero añadir algunas observaciones. La posición actual de la Iglesia - la excomunión automática de un creyente por cometer un aborto en cualquier momento de la gestación- se remonta solamente a 1869 y tuvo mucho que ver con dos hechos, por una parte el descubrimiento del óvulo en 1827 y por otra el dogma de la Inmaculada Concepción. Si el dogma solamente hubiera establecido el alma inmaculada de Maria no hubiera pasado nada, pero adelantarlo a la concepción misma, por mor del Pecado original, terminó al instante la vieja y tradicional doctrina de la Iglesia sobre la distinción entre el "Inanimatus" (el embrión, todavía sin alma hasta finales del tercer mes) " abortable" y el "Animatus" (el feto ya dotado de alma). De repente, el término "Animatus" debiera ser adelantado no ya al embrión y al zigoto, sino al momento mismo de la concepción. Con estos antecedentes no fue sorprendente que la Iglesia cambió radicalmente su hasta entonces actitud tolerante frente al aborto en 1869 e, invirtiendo una tradición de 1500 años, lo prohibió de forma fulminante por cualquier razón y baja cualquier circunstancia, hasta tal extremo que estaba prohibido abortar para salvar a la madre y, peor todavía, hasta en el caso de que no abortar significaba la muerte segura tanto de la madre como del feto, como ocurre en los embarazos ectópicos o extrauterinos, en los cuales el óvulo fecundado se implanta fuera del útero, ya sea en el abdomen o en una trompa de Falopio. Esta posición fue reforzada por Pío XI en su encíclica Casti connubii (1930) en la que proclamó que "las vidas de la madre y el inocente (el feto en su útero) son igualmente sagradas". La encíclica provocó una auténtica rebelión entre los moralistas católicos, porque una cosa es aplicar ésta tesis a un feto ya formado con posibilidad de autonomía, en cuyo caso las vidas de madre y feto pueden ser salvadas por medio de una cesárea, y otra bien distinta es considerar que la vida de un embrión todavía poco diferenciado es igual a la de su madre, una madre que además podía tener ya otros hijos a que cuidar. Tal fue la rebelión que Pío XII no tuvo más remedio (1951) que autorizar al menos abortos indirectos, si la intención no fuese matar al embrión sino solamente salvar la vida de la madre. De todas formas, el Vaticano II (después de la muerte de Juan XXIII) empeoró la situación más todavía equiparando aborto e infanticidio.
La Iglesia ha estado siempre en contra del uso de cualquier método de impedir la concepción, ya que para ella ésta fue la única justificación para cometer el vil acto sexual. Durante siglos se suponía oficialmente que la única forma posible era la abstinencia durante el periodo fértil propagada por el maniqueísmo (vea: Pecado Original), aborrecedores de la carne, imitada más tarde por sectas cristianas herejes como cátaros y albigenses y totalmente prohibida por la Iglesia. Pero no hay duda de que había otras formas usadas por las curanderas, herederas de generación en generación de los antiguos conocimientos herbolarios de las religiones matriarcales. En las excavaciones de asentamientos prehistóricos los antropólogos han descubierto la existencia de amplios herbolarios de plantas medicinales, incluyendo algunas con fuertes efectos abortivos y anticonceptivos. En este contexto es interesante el hecho de que durante más de mil años la Iglesia consideraba todas las enfermedades como obra del diablo, y que el único remedio era la oración. Ésta doctrina no solamente atrasó el desarrollo de la medicina moderna en Occidente en más de mil años - hasta el punto de que la atención sanitaria hace diez mil años parece haber sido superior a la existente durante el medievo cristiano - sino llevó directamente a la caza de brujas, cuando la Iglesia se daba cuenta de que el éxito de las curanderas en la curación de muchas enfermedades refutaba directamente la posición oficial. Para disfrazar el asunto fueron acusados de satanismo, de ser acólitos del mismo Diablo, lo que llevó a la paradoja de que, aparentemente, el Diablo no solamente era el culpable de las enfermedades, sino, indirectamente, también de su curación.
En tiempos más modernos, un médico inglés inventó un preservativo hecho de tripas de cordero en el siglo XVII. Pero fue necesario el perfeccionamiento de los procesos de producción del caucho en 1844, para que el uso del condón, tanto como el del diafragma moderno (inventado en 1838 por un médico alemán), se extendieron como métodos de control de natalidad. En términos humanos estos inventos llegaban en el momento oportuno. Hasta el siglo XIX la anticoncepción no era, por lo menos en términos globales, un concepto apremiante. El crecimiento de la población mundial era todavía muy lento - se había apenas triplicado en los últimos 1500 años, un crecimiento del 0,07% anual - gracias a, o por culpa de, una alta mortandad infantil (todavía en 1900, en España el 50% de los niños murieron antes de cumplir los 5 años) y una considerable mortandad de mujeres fértiles en el parto (en 1900 la esperanza de vida de las mujeres era 15 años inferior a la de los hombres, ¡cómo ha cambiado el mundo!) - pero la revolución industrial, con su aumento de prosperidad y sus avances médicos, daba lugar a un acelerado incremento de la población en los países más prósperos de Occidente con tasas del 3% anual. Este aumento era todavía manejable gracias a la emigración de las masas más pobres a las Américas, Australia etc. De todas formas, justo cuando los métodos anticonceptivos podrían haber ayudado a evitar futuros desastres, la Iglesia en su infinita misericordia empezaba a apretar cada vez más la tuerca inquisitiva de la prohibición. Cada vez que se levantaron voces criticando el desenfrenado aumento de la población, el Vaticano fastidiaba un poco más. Primero en 1930 (Casti connubii ,Pío XI) y después en 1951 y 1958 (Pío XII) la anticoncepción fue convertida en un abuso criminal. No obstante, en 1951 Pío XII introdujo un concepto novedoso en la tradición católica; por primera vez un Papa aceptaba (nil obstat) la validez moral del uso del método rítmico o sea la abstención sexual durante el periodo fértil (por este hecho, todos los papas anteriores le hubieron condenados por hereje, por maniqueo).Por primera vez un Papa aceptaba de forma indirecta que las relaciones sexuales no tenían la procreación como único y exclusivo fin, y que podía existir algo como paternidad responsable. Bien es verdad que el método en cuestión es tan difícil de calcular y tan inseguro que los chistosos dijeron que el Papa solamente lo había aprobado porque sabía que no funcionaba. Al principio del Vaticano II, Juan XXII nombró una comisión papal mixta (con más de dos tercios de laicos) para estudiar el control de natalidad. Pablo IV nombró una segunda dentro de la Curia que solamente tenía que informarle a él de forma privada. Cuando Pablo IV se entero que el informe de la comisión conciliar adoptaba posiciones muy liberales y avanzadas y propuso cambios radicales en la doctrina sobre la anticoncepción, prohibió la presentación de su informe al Concilio, y comunicó que apartaba el Concilio de las competencias sobre este tema. Esta decisión traicionaba completamente el espíritu del Vaticano II y devolvió la Iglesia otra vez al nivel del Vaticano I: "el Papa decide y los obispos se limitan a obedecer". También éstos en aceptar sumisamente la imposición papal cometieron traición por no protestar públicamente y por no imponer su colectiva voluntad, por tradición por encima de la del Papa. El informe razonaba que ya que Pío XII en 1951 había aceptado "la validez moral del uso del método rítmico, que al fin y al cabo no era nada menos que un sistema anticonceptivo biológico, no había ninguna razón para prohibir otros sistemas que perseguían el mismo fin: la paternidad responsable, o sea, desvincular el acto sexual de una procreación obligatoria que no hacía nada más que equiparar los seres humanos con los animales". El informe de la otra comisión, la curial, compuesto por prelados ultra conservadores decía, lógicamente, justamente lo contrario: "el acto conyugal esta destinado por la naturaleza para la procreación y los que deliberadamente frustran este propósito pecan contra natura y cometen un acto vergonzante e intrínsicamente vicioso". De esta forma rechazaban también implícitamente el uso del método rítmico autorizado por Pío XII, que para ellos no era nada menos que maniqueísmo puro.
Pablo IV se hizo un lío con todo esto y tardó todavía varios años después del Vaticano II en decidirse, pero finalmente ganaron los reaccionarios de la Curia y el Papa escogió la peor solución imaginable. En su encíclica Humanae Vitae (1968) reiteró de forma tajante la prohibición total de los métodos artificiales de control de natalidad. El documento levantó enormes objeciones en círculos teológicos y episcopales, como el Papa sin duda había previsto. Su dilema había sido: si prohibía la anticoncepción artificial provocaba una enorme oposición contra el papado en el seno de la propia Iglesia, si la autorizaba terminaba con el papado, o por lo menos con el concepto autoritario que él tenía del mismo. No había aprendido nada de Juan XXIII y se había dejado convencer por la Curia que ceder en el asunto de la anticoncepción terminaría por abrir una especie de caja de Pandora con peticiones para legalizar el sexo prematrimonial, la masturbación, el divorcio, la infidelidad con preservativo y hasta el aborto.
Ya hemos visto que hasta el siglo XIX la desenfrenada capacidad del ser humano para procrear no había creado grandes problemas. Las hambrunas, las guerras, las plagas y la actitud de la Iglesia sobre el origen diabólico de las enfermedades, y por lo tanto en contra de la medicina, con su resultantes altos niveles de mortandad infantil, aseguraba una tasa de crecimiento de la población de tan solamente el 0,07% anual, equivalente a una descendencia viva de poco más de 2 hijos por mujer. No es que no hubo familias muy grandes, pero estas en general estaban limitadas a la nobleza gracias a sus superiores medios económicos y condiciones de vida. Hasta tal punto, que es factible que el surgir de la burguesía a partir del siglo XIII no era tanto por una movilidad social desde abajo sino desde arriba.
No obstante la opinión oficial de la Iglesia sobre la medicina, esta se había estado practicando a través de los siglos en enfermerías monásticas, especialmente benedictinas, donde se salvaron muchos textos médicos antiguos del olvido. A partir del siglo XII surgió ya una medicina laica, más o menos tolerada por las autoridades eclesiásticas, con lentas pero puntuales avances durante los próximos 5 siglos. A partir del siglo XVII la Iglesia se rindió a la evidencia de que la medicina era un remedio bastante más eficaz contra las enfermedades que la oración, de tal manera que en la actualidad se ha obsesionada en usar la medicina moderna y sus adelantes tecnológicos para negar la muerte natural (vea: El culto a los muertos vivientes), totalmente discrepante con su actitud sobre el aborto donde la prohibición de intervenir, hasta cuando haya peligro de muerte para la madre, se base en el criterio de no intervenir en "la naturaleza". La mezcla de la aceptación de la medicina moderna por parte de la Iglesia y su doctrina de la prohibición de la anticoncepción artificial ha creada un cóctel tan explosivo que pueda hasta amenazar la supervivencia de la especie humana. Tenemos la suerte, por lo menos en Occidente, que la mayoría de la población católica es bastante más inteligente que el papado y se ha dado cuenta del inmenso peligro que significa la combinación medicina y sexualidad incontrolada para la paternidad responsable, el futuro de sus hijos y de la sociedad en que viven. Se ha calculado que si la sociedad francesa, a partir de los años treinta, se hubiera tomado en serio y a corazón las prohibiciones de los célibes y, se presume, castos prelados del Vaticano, la población francesa se hubiera duplicado cada 25 años y ya hubiera alcanzado los 500 millones, o mejor dicho, Francia ya se hubiera colapsado en los años setenta; por otra parte, si no hubiera sido por los, más o menos, 300.000 abortos anuales durante las décadas de los sesenta y setenta en España, está hubiera llegada a tener, ya a finales de los ochenta, una población de de más de 50 millones. Podemos decir, en términos generales, que en Europa Occidental la gran mayoría de las parejas ha echado mano de los anticonceptivos, hasta tal punto que en los últimos 20 años la tasa de natalidad ha sido tan baja que la población autóctona ha contraído. Bien diferente ha sido la situación en Sudamérica donde gobiernos democristianos prohibieron la fabricación e importación de cualquier tipo de productos anticonceptivos, convirtiendo el aborto ilegal en la única forma "anticonceptiva" posible. Se ha calculado que en los años sesenta en Chile una de cada dos embarazos terminaba en aborto, en Uruguay tres de cada cuatro - los números son parecidos para todos los países del subcontinente; se calcula que actualmente hay casi dos millones de abortos al año en Brasil - dando lugar a altos índices de mortandad entre las mujeres. No obstante tanto aborto, el crecimiento de la población sudamericana fue imparable. Entre 1965 y 1990 aumentó más del doble; de 150 a 300 millones. En casi todos los países en cuestión la mitad de la población tenía en el año 2000 menos de 15 años y - no obstante el actual descenso de la tasa de natalidad - el gran aumento de la población en edad reproductiva y el descenso en la tasa de defunciones doblará la población otra vez antes del año 2015. El hacinamiento, el aumento del crimen, el agotamiento de los recursos, la degradación del medio ambiente, y la falta de alimentación por la escasez de recursos económicos, empobrecen la región cada vez más. Son los pobres, que más que ninguna otra clase social debieron limitar sus números para mejorar su nivel de vida - la pobreza crea más pobreza - los más afectados por la prohibición curial de los métodos anticonceptivos.
Tenemos suerte que los países más poblados del mundo, China e India, no son católicos, y que tratan -China más, India menos - de prevenir el aumento desenfrenado de sus poblaciones. Hace cuarenta años uno de cada cuatro personas en el mundo era chino y uno de cada seis, indio. Las cifras han cambiado a respectivamente uno de cada seis y uno de cada siete, lo que demuestra que estos dos países han tenido mucho más éxito que los países sudamericanos y africanos en sus políticas de control de natalidad. En el Forum Internacional sobre Población en el siglo XXI, celebrado en 1989, se constató que "si las previsiones actuales de crecimiento de la población son correctas y las pautas de actividad humana en el planeta no cambian, la ciencia y la tecnología no van a poder impedir la degradación irreversible del medio ambiente ni la creciente pobreza de gran parte del mundo". Pero la Iglesia no se limitó a prohibir, sino también trataba de sabotear los esfuerzos de la sociedad laica para aviar el desastre que se avisaba. En 1994 Juan Pablo II se reunió con autoridades musulmanes conservadores para intentar menguar los efectos de las declaraciones efectuadas en El Cairo por la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de las Naciones Unidas a favor de aumentar las campañas mundiales para el control de natalidad.
Juan Pablo II reafirmó durante su papado, una vez sí y otra también, la posición más reaccionaria a favor del celibato sacerdotal y contra el aborto, los métodos artificiales de reproducción humana y el control de natalidad. A estas alturas la oposición dentro de la Iglesia de los años sesenta contra Humanae Vitae sería virtualmente imposible. Todos los moralistas, teólogos, cardenales y obispos implicados han muerto o han sido destituidos y silenciados, y han sido sustituidos por ultramontanos de la plena confianza tanto de Juan Pablo II como de su alter ego Ratzinger, el actual Papa Benedicto XVI. De esta forma la postura ultra conservadora del papado esta asegurada durante las próximas dos generaciones, para mal del catolicismo y de la humanidad. Como Benedicto XVI es todavía más reaccionario que su predecesor no sería demasiado sorprendente si aumentara la presión todavía más - echando mano del último desarrollo anticonceptivo, una braga impregnada de productos químicos que reaccionan con el cambio hormonal que ocurra algunos días antes de la ovulación - para (cambiando el criterio sorprendente y antitradicional de Pío XII sobre "la validez moral del uso del método rítmico" ),insistir que el acto sexual es solamente aceptable dentro de la moral cristiana si se limita al periodo fértil. Pero ya sabemos que el ser humano es el único ser vivo capaz de convertir la evolución en involución.
Hablando en plata: sin una estricta política anticonceptiva los seres humanos terminaremos por joder no solamente el bienestar de las próximas generaciones, sino la supervivencia misma de nuestra especie. Una exageración dirán, pero no olviden que más del 90% de todas las especies que han existido en la tierra ya se han extinguido.
© 9/2005
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