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TÍBET Y EL BOICOT A LOS JUEGOS OLÍMPICOS

Los recientes disturbios en Tíbet han ocasionado una llamada por parte de organizaciones humanitarias para boicotear los Juegos Olímpicos de Beijing. Es sorprendente que estas organizaciones, a las cuales ya se han unido políticos de muchos países, opusieron pocos reparos a la adjudicación de los Juegos a los chinos en su momento cuando el gobierno chino era todavía más autoritario y represivo que en el presente. Da la impresión que los disturbios fueron organizados a propósito pocos meses antes de la inauguración de los Juegos para poner en apuros a los chinos y fastidiar a aquellos de forma indirecta. Claro que hay antecedentes para un boicot; ya lo hicieron 31 países en los Juegos de Montreal (1976) cuando retiraron sus equipos de los Juegos en solidaridad con los países africanos por haber permitido Nueva Zelanda que su equipo de rugby jugara en Suráfrica en contra de la política de sanciones que la comunidad internacional había establecido contra el gobierno surafricano por su política de apartheid. Más conocidos son el boicot de Estados Unidos y otros 64 países de los Juegos de Moscú (1980) en protesta por la invasión soviética de Afganistán y el de los Juegos de Los Ángeles (1984) por parte de la URSS y 15 países más. Estos boicots políticos traicionaron el espíritu olímpico de los Juegos de la Antigüedad que los modernos pretenden emular, ya que durante la celebración de aquellos se cumplía la denominada tregua olímpica que implicaba la paralización temporal de los conflictos políticos y bélicos. 

La sugerencia del parlamento europeo de boicotear no los Juegos como tales sino simplemente la Ceremonia de Apertura por parte de sus lideres políticos parece más indicada para expresar la reprobación de los países democráticos a la falta de respeto del Gobierno Chino por los derechos humanos. Es posible que alguien sacase la conclusión de que para no tener problemas habría que limitar la organización de los Juegos a países democráticos y mientras más pequeñas, mejor. Se equivocaría ya que si por ejemplo los Juegos de este año hubieron sido adjudicadas a Dinamarca, la mayoría de los países musulmanes los hubieran boicoteado por la publicación de los famosas, más bien infames, caricaturas de Mahoma por parte de un periódico danés. Cada uno puede encontrar otros ejemplos por el estilo sin gran esfuerzo. Es curioso que los campeonatos mundiales de cualquier deporte - deportivamente más importantes en cada caso que los Juegos-, nunca han sufrido la misma amenaza de boicot por parte de los países participantes. Ni siquiera la Copa del Mundo de fútbol, considerado el acontecimiento deportivo más popular en el mundo, ha tenido este problema. Nadie nunca pensó en boicotear la de Argentina en 1978, no obstante que un año antes la Comisión Argentina de Derechos Humanos había denunciado ante la ONU al régimen militar del general Videla, acusándolo de cometer 2.300 asesinatos políticos, unos 10.000 arrestos por causas políticas y la desaparición de entre 20.000 y 30.000 personas, muchas de las cuales fueron asesinadas y sepultadas en tumbas anónimas. Unos hechos infinitamente más importantes que la actual represión china de los rebeldes tibetanos. 

La situación de Tíbet ha llamada mucho la atención en los últimos años por la incesante labor del Dalai Lama, que se ha convertido en una especie de Santón universal de los progres del mundo. Gracias a él existe la impresión de que antes de la invasión por parte del régimen comunista chino en 1950, el Tíbet había sido independiente por los siglos de los siglos y que el Dalai Lama siempre había sido su líder temporal y espiritual. La verdad es bastante diferente. Para empezar  Tíbet fue durante muchos siglos del pasado milenio territorio tributario de los mongoles y a partir de 1720 vasallo del emperador chino. Hubo varios periodos de una autonomía nominal con el Dalai Lama funcionando como gobernador temporal y espiritual; una especie de virrey. A partir del derrocamiento revolucionario de la dinastía Manchú en 1912, Tíbet obtuvo temporalmente una independencia nominal tutelada primero por Gran Bretaña y después durante dos años por la India.
Por otra parte, el lamaísmo es una religión sincrética, resultado de la fusión de una forma única y muy desarrollada de budismo esotérico y de la  religión tibetana ancestral, anterior a la introducción del budismo, llamada bon, una forma de chamanismo. Hasta el siglo XVI los monasterios rivalizaban entre si por el control espiritual por parte de sus lamas. A partir de entonces la rivalidad se cristalizaba en dos grandes sectas: lo Gorros Amarillos y los Gorros Rojos.  En 1578 el tercer jefe de la secta de los Gorros Amarillos  recibió el título de Dalai Lama (‘monje con un océano de sabiduría’) por parte de Altan Kan, el  entonces jefe mongol. Cincuenta años después los mongoles impusieron un virreinato tibetano unificado bajo el Dalai Lama. Ya habrán intuido que el segundo líder espiritual tibetano, el Panchen Lama, era originalmente el líder de la secta de los Gorros Rojos. O sea, el Tíbet solamente ha sido ocasionalmente independiente, y entre 1912 y 1950 básicamente por las luchas internas en China, mientras que el Dalai Lama debe su posición gracias a que uno de sus antecesores fue nombrado como tal por un soberano mongol. 

Igual que ocurrió en la Unión Soviética, la China comunista se consideraba heredera de todos los antiguos territorios del Imperio y, además, estaba preocupada que una región tan estratégica pudiera caer en manos de India que ya controlaba las líneas telefónicas, los telégrafos y el servicio postal de Tíbet. La abolición de la monarquía nepalesa y la instalación de una república pro-comunista es un hecho mucho más preocupante para la India que la represión de los rebeldes in Tíbet. La actitud de los tibetanos después de la ocupación recuerda mucho a la de zelotes en Judea durante el siglo I. Y ya sabemos como estos terminaron. Igual como los romanos en Judea (vea: Mesianismo) los chinos hicieron todo lo posible para tener la fiesta en paz. Se firmó un tratado que disponía el mantenimiento del poder del Dalai Lama en asuntos interiores, mientras que los asuntos exteriores y militares quedaban bajo el control chino. Se implantó un programa de mejora de las comunicaciones con la construcción de aeropuertos y carreteras. El Dalai Lama fue elegido vicepresidente de la Asamblea Nacional Popular, la cámara legislativa china. No obstante, a partir de 1956 hubo continuos levantamientos y actividad guerrillera contra el régimen chino. En marzo de 1959 estalló un motín a gran escala en la capital, Lhasa. El Dalai Lama huyó a la India y posteriormente estableció una comunidad tibetana en aquel país. Los chinos lógicamente aplastaron la revuelta y en 1965 Tíbet perdió su estatus autonómico y fue convertido formalmente en una región de la República Popular China, y Beijing anunció que el territorio tendría que sufrir una firme transformación socialista. Tíbet sufrió como el resto de China las convulsiones de la Revolución Cultural y los guardias rojos maoístas instalaron una fuerte persecución religiosa dando lugar a la destrucción de centenares de monasterios y monumentos budistas. 

Tras el final de la Revolución Cultural, China mitigó gradualmente su política hacia el Tíbet. En repetidas ocasiones pidió al Dalai Lama su regreso y anunció reformas en la región incluyendo el reestablecimiento de la autonomía y las actividades religiosas. Se reconstruyeron un importante número de monasterios destruidos por los guardias rojos en un esfuerzo por mejorar sus relaciones con el pueblo tibetano. Todo en vano. Cada tantos años se repetían las violentas manifestaciones de protesta contra el gobierno chino que respondía con más represiones violentas de la disidencia, más recortes de la actividad religiosa y más inmigración de colonos chinos que ya comienzan a superar en número a la población nativa. 

El Dalai Lama recibió en 1989 el Premio Nobel de la Paz por su oposición pacífica al gobierno chino en Tíbet. Ya estamos acostumbrados al sinsentido de este premio en general, y en esta ocasión en particular, porque hay que reseñar que toda la actitud del Dalai Lama ha sido bastante nefasto para el pueblo tibetano. Pensar en oponerse a los chinos cuyo ejercito es más del doble de toda la población tibetano (2,5 millones) es de locos. Si hubiera usado su enorme poder espiritual para concienciar a su gente durante los años cincuenta a aceptar la soberanía formal de China, como había sido la norma durante siglos, la presencia de China se hubiera probablemente limitada a algunas guarniciones en las fronteras con India, Nepal y Bután. Podemos excusar su falta de liderazgo entonces porque en 1959 solamente tenía 24 años, pero no haber aceptado en los últimos 25 las peticiones de China de volver y hacerse cargo de la presidencia de una restaurada autonomía demostró una enorme falta de sentido político y una huida hacia delante que solamente puede terminar en las próximas décadas con la progresiva pérdida de identidad nacional y religiosa del pueblo tibetano resultando en su asimilación total en China. 

Los que pensaban que fomentar la rebelión en este momento - con la esperanza de que la represión china iba a provocar el boicot a los Juegos Olímpicos, o que los ataques a la llama olímpica en Londres, Paris o San Francisco iban a cambiar la actitud china-, se equivocaron de par en par. Solamente han logrado provocar un fuerte resentimiento en la población china cuya mayoría hasta entonces solamente tenía vagas nociones sobre Tíbet. 

De todas formas esperamos que China empieze a respetar  más y más los derechos de sus ciudadanos sin llegar a convertirse en una democracia formal. ¿Porqué digo una cosa tan poco democrática? En una democracia, China no podría mantener su política de limitar las familias chinas a tener un único hijo. Esta política ha logrado un importante descenso en la fertilidad  gracias a los esfuerzos gubernamentales para promocionar  amplia información sobre el control de la natalidad y métodos anticonceptivos. El aborto es legal y hay presiones sociales hacia las mujeres que tienen ya un hijo o más y se quedan embarazadas en el sentido de que no continúen adelante con ese embarazo. Gracias a las numerosas medidas aplicadas, se ha conseguido una tasa de fertilidad de tan sólo 1,80 hijos por mujer (1998) que todavía parece alto pero no tanto si tomamos en cuenta que las familias favorecen enormemente - por antiguas razones sociales y culturales - el nacimiento de hijos varones con lo que ya hay 3 o 4 hombres jóvenes por cada mujer joven con el resultado de que el país está en el camino de legalizar la poliandria. Con esta política se ha logrado que la población de 1000 millones en 1982 solamente haya aumentado un 30% en gran parte por el incremento de la esperanza de vida. Todas las medidas en cuestión solamente pudieran haber sido aplicadas por un régimen totalitario. Sin esta imposición la población china hubiera crecido probablemente al 4% anual como en los años 60 con lo que la población actual hubiera sido del orden de los 3500 millones, muy superior a lo que su territorio hubiera podido sostener. Hace ya más de una década que China no hubiera tenido más remedio que involucrarse en un fuerte expansionismo territorial a la búsqueda del "lebensraum" (espacio vital) alemán que como  recordaran provocó la II Guerra Mundial.  Cuidado con desear una China demasiado "democrática".  

 

 

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ã 4/2008